Una encuesta inesperada

Dedicado a Juan Carlos, Coti, Sonia, Álvaro, Sonia, Leticia, Rebeca, Ainhoa, Bryan, Ana, Javier, Gregorio, Irene y Verónica. Gracias por soportar este carácter cambiante.

1. Si la personalidad está constituida en torno a un trauma (Freud), ¿cuál es el tuyo, la escena o hecho traumático que crees te ha marcado?
Los mimos, su ternura. Crecer entre siete mujeres y carecer de hermanos varones que me presionasen, que discutiesen mi terreno. Mi padre, un santo varón de por sí bastante reservado, se inhibió demasiado, fue demasiado liberal conmigo, poco “autoritario”. Con lo cual yo crecí entre nubes: soñaba continuamente porque no podía con el mundo real. Como no tenía, digamos, esa columna vertebral de la parcialización, la única forma de ser alguien entre mis amigos era ser el más bruto. En medio de una oscilación perpetua entre extremos, tuve muchos problemas con la necesidad natural del no, con esa dureza. Después de la adolescencia y una juventud difícil -solitaria, compleja, rebelde, demasiado intelectual-, cuando me di cuenta tenía la portería llena de goles. Por reacción, me costó un poco no convertirme en un “asesino en serie”. ¿Recordáis a Nietzsche?: aún ahora tengo problemas para pasar del León al Niño…

2. Explica si ten dan miedo los otros, y en qué sentido.
En general, hace tiempo –tal vez desde los 22 años- que no. Incluso, aunque parezca increíble, me producen curiosidad. De pequeño era muy tímido, me ponía de color ultravioleta a la mínima. Me daban pánico el público, las reuniones, las aglomeraciones, eso de tener que ver cien caras juntas. Aquello me marcó; tanto, que poco a poco adquirí el “descaro” de los tímidos. Finalmente tuve que hacerme osado, descarado, tan audaz como profundo era mi anterior temblor por cualquier cosa. El tímido no tiene nada que perder: de perdidos, al río. Todavía puedo ser muy tímido en ciertas circunstancias. Y como siempre me meto en camisa de once varas… en fin, no puedo ahora contar más, pero os podéis imaginar lo mejor.

3. ¿Te producen ansiedad las relaciones sexuales, te produce temor o vergüenza la intimidad
física con otros?
Nunca he tenido vergüenza en las relaciones sexuales, no me da ningún pudor ni el desnudo, ni el sexo, ni las “barbaridades” que se puedan comentar sobre el particular. Pertenezco a una generación que fue sencillamente libre en ese punto. El sexo es fácil, el problema está en la relación. Lo cual no quita para que uno haya pasado mucha vergüenza cuando no pintaba nada en tal o cual situación “sexual” que debía haber quedado en un café cortado. Incluso la “primera vez” fui ya extremadamente desinhibido, sorprendiendo a mi novia de entonces, teóricamente más experta. ¿Ansiedad? Sí, gracias. Soy ansioso por naturaleza. Pasé la típica “fiebre” adolescente y después diversas fiebres –aún no me he recuperado de la última- cuando se juntan los factores pertinentes: situación, atractivo físico, abstinencia prolongada.

4. ¿Crees que es posible encontrar, a partir de cierta edad, una pareja estable para siempre?
Siempre me han dado envidia las parejas estables, tal vez porque el matrimonio de mis padres duró eternamente. Además, siempre –hasta ayer- he intentado ser “normal”, o al menos parecerlo. Y la pareja es el sello de la normalidad, la persona que te presenta ante los otros, la que “traduce” tu rareza y te pone en el mundo. Es más, tengo amigos y enemigos que sé que han nacido para eso, para estar establemente enlazados. Me dan un disgusto cada vez que me comunican sus desavenencias o su hipotética separación. En ese caso siempre les digo, más o menos sinceramente: “¿Qué os creéis? Afuera no hay nada”. De todas formas, después de unas cuantas experiencias he comprobado que la pareja no es para mí. No es que sea infiel, todo lo contrario, soy tan fiel que las agoto. Después de dos o tres meses, como media, ninguno de los dos quiere saber nada más del asunto. ¿Demasiada pasión? Probablemente, y sustitutiva de una relación intuida muy frágil en su raíz. A veces he pensado que padezco la ansiosa promiscuidad del “casto”, del que en el fondo sabe que quiere estar solo, que tiene  que estarlo, pues está casado con la apertura del mundo y sus mil nombres. A veces he pensado: mi mayor virtud –mi independencia, mi fortaleza- es mi mayor defecto. Eso quiere decir que hoy por hoy no creo para mí en nada parecido a la “media naranja”. ¿Cómo vas a creer en la mujer de tu vida si tu vida es tan compleja que tienes varias vidas? Y por otra parte, como el sexo no me obsesiona, ya que he tenido mi dosis -y a veces la de otros- no siento la necesidad de correr detrás de nadie, de hacer cola ante ninguna estrella.

5. La soledad, ¿es una vivencia frecuente en ti, te inquieta?
Sí, la soledad es una vivencia fuerte en mí desde la infancia. He llegado a hacer de ella un lugar al que siempre vuelvo, del cual parto para retomar los temas, las personas, las situaciones de otra manera, arrancándoles esquirlas, dándoles otra oportunidad. La escritura es eso, el pensamiento es eso, la enseñanza es eso. Ya sabéis que la palabra “soledad” es particularmente ambigua, pues uno puede sentirse solo en medio de la multitud. Por un lado es el bendito cruce del que parten todos los caminos; por eso el que es muy sociable es también muy solitario, necesita su desierto. Por otro, la soledad puede ser una atormentada ausencia de mundo, de caminos, de pasos. Dios nos dosifique este veneno, que también es necesario.

6. Describe una situación típica que te produzca temor.
Tener que hacer el ridículo en público, “desdorar” mi imagen.

7. ¿Tienes terrores nocturnos? ¿Hay una pesadilla que sea recurrente en ti?
No, no suelo tener pesadillas y terrores nocturnos. Dentro de un sueño ligero, duermo bastante bien. Me acuesto agotado, procuro agotarme durante el día. En todo caso, mi filosofía es: si tienes problemas de sueño, no pienses en el sueño, no leas sobre el sueño; haz tu vida, a fondo, y el sueño vendrá, por añadidura. Y esto vale para todo, sexo y dinero incluidos. En nada vital tiene sentido “especializarse”. Pero sí, hubo una pesadilla que se repitió bastante en la infancia. Me encontraba a veces bajo una esfera gigantesca, abstracta, una sensación de impotencia que me impedía salir, moverme, respirar. Mi padre me despertó una vez que me sintió llorar bajo esa angustia. ¿El peso incipiente del mundo? Pobrecito, no sabía lo que tendría que llegar a comprender, a aceptar.

8. ¿Crees que la gente piensa con cierta frecuencia en el suicidio?
Sí, creo que la gente lo piensa y no lo dice. Es una idea bastante constante en la humanidad, un fenómeno cubierto incluso por una liturgia, una tradición. Pensar en el suicidio es, por ejemplo, una forma de “vengarnos” del mundo que no nos comprende. Después de pensar –aunque no sea muy seriamenteen ese final, todo se ajusta ante el límite de la muerte, todos tus problemas se relativizan. La idea del suicidio es una muestra de que la muerte es algo esencialmente afirmativo, la posibilidad más alta, una tarea extrema que en todo caso tenemos que hacer.

9. Y los mayores, ¿qué crees que te separa de ellos, cómo te sientes frente a ellos?
Ya soy “mayor”. Sin embargo, como tengo un problema patológico con el crecimiento y el hacerse mayor, como padezco una “inmadurez” congénita, puedo reconocer que tengo una relación inestable, un poco desesperada, con los mayores. Con frecuencia me parecen patéticos, falsos, escondidos. Por decirlo brevemente, creo que casi siempre han traicionado el sueño de la infancia, el que se prolonga como suelo de la juventud. Por eso tal vez tengo mejor relación con la juventud y la vejez, esa ancianidad  en la que se produce un regreso de la infancia, una sabiduría que está “de vuelta” de los compromisos.

10. ¿Te preocupa madurar, hacerte mayor? ¿Temes perder tu integridad, tu inocencia, tu generosidad, ese algo propio de la juventud?
Sí, sí, sí, sí, sí y sí.

11. Describe cuál es para ti la situación perfecta de felicidad.
Cualquiera donde pueda ocurrir algo, algún accidente que nos ponga en juego, donde alguien se tenga que arriesgar. Incluso en medio de la más tediosa situación -¡hasta en la tele!- puede ocurrir algo. En general, la seguridad me hastía y el peligro me anima. Por eso la telecomunicación me deprime y la presencia real me fascina.

12. ¿Sientes que estás haciendo tu vida o, por el contrario, sueñas con una vida distinta?
Algunas personas que me quieren creen que “hago lo que quiero”. Incluso a veces lo dicen con un punto de envidia. Sin embargo, yo sueño continuamente con una vida distinta, aunque momentáneamente consiga algo así en esta vida. Cada vez que suena el teléfono sueño con algo o alguien que va a salvarme -¿de qué?-, que va a cambiar mi vida. Y esto ocurre, curiosamente, cuando no tengo envidia de nadie y puedo decir que soy libre, cuando en el fondo estoy contento con lo que tengo y la vida que me ha tocado. ¿Una contradicción más, otra muestra de inmadurez? Vale.

13. ¿Existe algo íntimo, una idea o sueño por los cuales te sientas diferente, raro frente a los otros?
Sí, desde siempre. Me temo que nos pasa a todos. Yo además estoy convencido de que he sido elegido, aunque todavía no sepa para qué.

14. ¿Temes al fracaso, quiero decir, vives con ese temor?
Continuamente. Vivo con un continuo temor al fracaso social, profesional, personal. Incluso me escandaliza esta ausencia generalizada de “complejo de culpa” que hoy nos rodea. El temor al fracaso no me impide moverme y arriesgarme, todo lo contrario. Como le temo más al aburrimiento y a la seguridad, continuamente arriesgo lo que tengo, lo poco o mucho que he “conquistado” con tanto esfuerzo.

15. ¿Piensas en la muerte alguna vez, te obsesiona, te parece algo “natural”?
La muerte siempre es violenta, me parece un escándalo. Pienso tan continuamente en ella que a veces creo que es eso lo que me mantiene a salvo, lo que me libra del temor a morir, como si ya hubiera “muerto”. De joven el pensamiento de la muerte me hacía grave, reflexivo, demasiado serio. De mayor me ha hecho despreocupado, irónico, “provocador”.

16. Si ahora tuvieras que morir -no será debido a esta encuesta-, ¿qué escena crees que te gustaría fijar como resumen de tu vida?
Cuesta elegir, ¡son tantas! Aquella chica nicaragüense que me acarició la cabeza en el coche, delante de los amigos, un atardecer de verano en el que yo desfallecía… Son demasiadas. Sólo puedo elegir bajo  presión, por ejemplo, ésta. Esta presión y esta escena: Subo a saltos las escaleras de la casa familiar de Sandra en Canarias –mi mujer está seriamente enferma, retirada a su lugar natal con nuestra hija mientras Laura, con cinco años, me espera arriba emocionada, nerviosa, radiante al ver que su padre sube corriendo para cogerla en brazos tras una larga ausencia.

Boadilla del Monte, 6 de noviembre de 2008.