los descendientes (Los descencientes, Alexander Payne, 2011)

Sabor local al margen de los tópicos. Encuadrar la vida real en uno de los últimos estados de la Unión, siempre relegado a la condición de paraíso natural del turismo, excepto cuando se habla de Pearl Harbour o de la biografía de Obama. ¿Los ricos también lloran? Lo sabíamos, gracias. Como también sabíamos que en Hawai la gente vive y muere como en cualquier parte, puede tener cáncer y no pasarse la semana subida a una tabla de surf.

Aparte del típico rencor intelectual hacia cualquier producto americano de éxito, había razones adicionales para sentirse un poco marxista durante los primeros minutos, siguiendo las peripecias de un acomodado abogado que tiene a su mujer en coma y ha de hacerse cargo, por fin, de sus dos hijas. Es posible que un drama así, en principio, no impresione mucho a los que en Rumanía, en Cuba o en España bregan a diario para salir del agujero, sin hospitales de primera a mano ni latifundios en fideicomiso. Sin embargo, pronto un cierto materialismo entró en escena, reconciliándonos con el empuje de la narración. Poco a poco Los descendientes se convierte en una historia común, creíble y humana, que encuentra en el rostro desencajado de Clooney su suelo y su continuo referente. En el papel de Matt King, olvidamos que Clooney es una estrella, devuelto a la humanidad por el desconcierto que una y otra vez le cruza la cara.

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