tus inquietudes

Hola, querida alumna,

 

Bueno, F., como ves no olvidé el compromiso de escribirte y “pasar a limpio” algunas de las cosas que hablamos el jueves. Yo te decía solamente que siempre tenemos detrás una zona de sombra, siempre. Si no es el padre, es la madre; si no, una hermana, los amigos o uno mismo. Y las más problemáticas zonas de sombra están en uno mismo.

 

No le quito en absoluto importancia a lo que me contaste de tu padre, pero si algo así influye del modo que influye en ti, es que hay algo en ti que debes corregir, estudiar, modificar. Ya sé que es muy fácil hablar, pero hay bastantes casos entre mis alumnos de conflictos serios entre los padres, o ausencia de uno de ellos, o ausencia de los dos, y en cada caso tiene un efecto distinto en la estabilidad del hijo.

 

Como te decía, es una bendición que seas así de sensible, así de noble y franca. Pero para sobrevivir en este mundo, aunque tus dos padres fueran perfectos, creo que hay una especie de ley: cuanto más “baje” tu corazón a sentir, más debe “subir” tu cabeza a organizar, a ordenar y analizar. De otro modo, sean como sean los padres, uno está empujado a un conflicto difícil de resolver, porque entran por los poros de la piel muchas cosas, demasiadas como para colocarlas bien.

 

Ser sensible es un don, me temo que cada día más escaso, pero hay que armarse para conseguir que todo lo que entra por los sentimientos no pese demasiado en tu vida, no te paralice, no te haga demasiado lenta, sentimental, vulnerable. Para evitar eso, creo que es necesario aprender a analizar y a tomar distancias, a guardar alguna distancia. Lo cual significa actuar, disimular, ser capaz de desdoblarse y “mentir”. Quiero decir, aceptar que no cabes tú toda, con tu verdad entera, en cada escena, en cada una de las situaciones. Muchas de ellas te exigirán emplear a fondo sólo un parte de ti y guardar otras partes para otra situación, para mañana, para los íntimos o la gente en la que puedas confiar plenamente.

 

No puedes ser continuamente transparente para todo el mundo, porque siempre estamos rodeados, en la mejor de las situaciones, de gente que no nos comprende fácilmente, ni le gustamos mucho, ni está dispuesta a querernos. Y más vale estar prevenido, armado, guardar distancias con casi todas las escenas. Es posible que yo “me pase” en esta dirección, pero es posible que tú te quedes corta. No le pidas permiso a nadie para ser como eres.

 

Me da un poco de rabia hablar así porque parece que estoy defendiendo la “prostitución” anímica o algo por el estilo. Pero sabes que no es así. Me gusta como eres y me encanta que seas tan limpia. Sólo digo que hay que tener una verdad interior y una máscara exterior. No podemos ir siempre “con la verdad por delante” (suponiendo que sepamos en cada momento qué es la verdad), porque con frecuencia esa verdad no cabe en las situaciones.

 

Lo he dicho mil veces: la “hipocresía” y la actuación (la educación, etc.) es importantísima. Sin ella el mundo es imposible, tanto la vida social como las relaciones íntimas. En este sentido, no hay verdad que no tenga que usar la mentira de vez en cuando. No hablo de vivir en la mentira, pero sí de usar la actuación. Y no es tanto mentira como no decir continuamente toda la verdad, no tener siempre todas las cartas a la vista.

 

De otra manera, como te decía, creo que los que somos “buenos” estamos condenados a ser marginales, a conformarnos con los barrios, dejando que el centro de la ciudad y el poder lo ocupen los hijos de puta de siempre, las brujas de siempre. Y no es justo, no tenemos derecho a consentir eso.

 

Le digo siempre a mi hija: sé buena, sigue siendo buena, pero ármate, protege a los débiles y reta a los fuertes. Cuando era pequeña, después de que en varias ocasiones (en las fiestas de cumpleaños) se quedase arrollada en el momento de la piñata, sin poder coger los regalos en medio de aquella marabunta de niñas dando empujones, un día le dije: “No me peleo más por ti; coge tú los caramelos y regalos en la fiesta de tus amigos, aprende a dar patadas y empujones.

 

Creo que incluso para estudiar, para aprender a estudiar, hay que dar patadas y empujones. Disciplinarse a uno mismo, organizarse, tomar distancias, maltratarse a uno mismo. Tardé en aprender esto, me costó mucho. Ya te decía que era como tú, con el agravante además de que era chico.

 

¿Qué tú no te gustas a ti misma? ¿No te gusta tu cara, tu cuerpo, tu modo de ser? Eres estupenda, créeme. Está bien que una no esté “encantada de haberse conocido”. Pero pienso que si no te gustas más, si no te aceptas más es por lo mismo: no te has desdoblado lo suficiente. No has tomado suficiente distancia contigo misma, no te has sometido a tu propia disciplina y eso te deja demasiado cerca de ti, demasiado cerca como para verte de nuevo. “Maltrátate” un poco, endurécete un poco, y ya verás como te recuperas mejor a ti misma, te reencuentras. Sin por ello caer en el narcisismo de encantada de haberte conocido.

 

Te pasaré el contacto con la orientadora por lo de las “técnicas de estudio”, en las que no creo mucho, pero ese problema algo tendrá que ver también con tu capacidad para adquirir una disciplina, para violentar un poco tu imaginación y sujetarla. Todo aquel que no se manda a sí mismo, está condenado a obedecer a otros. Y eso dificulta también el estudio.

 

Aquí me tienes para lo que necesites, pero evita ese auto-desprecio, por favor. Te juro que no te lo mereces. Y no soy el único que lo dice, no soy el único que te aprecia.

 

Hasta el lunes,

 

Madrid. Domingo, 1 de diciembre de 2013