«¿Acaso el hacha se enorgullecerá de quien la usa? ¿O la sierra de quien la maneja? Como si la vara pudiera dirigir a quien la empuña, o el bastón pudiera levantar a quien no es de madera» (Isaías 10). Las palabras del profeta describen con exactitud lo que sucede hoy. Los dispositivos tecnológicos son la vara que pretende dirigir y, de hecho, dirige a quienes la empuñan —o, mejor dicho, a quienes creen hacerlo—. Y la inteligencia artificial surge en el momento en que la humanidad, incapaz ya de dominar las herramientas que ha creado, sucumbe a lo que Gunther Anders denominó la vergüenza prometeica y, renunciando al pensamiento, se somete a la vara que se le ha escapado de las manos.
La Vara y la Mano. G. Agamben, 16 de marzo de 2026
Aunque admiro a Agamben, no estoy seguro de que haya que verlo así. Nunca debemos disculpar a los asesinos que tienen un nombre propio. La inteligencia artificial, la de la barbarie en curso, es mucho menos sofisticada y maligna que las inteligencias naturales que la dirigen. El papel de lo personal sigue siendo la clave, y la más perversa, en todas partes. De ahí la significativa obsesión por el «magnicidio»; particularmente, la enfermiza e inútil manía israelí de acabar con los líderes iraníes. También por eso Joe Kent, director del Centro Nacional Antiterrorista recientemente dimitido en desacuerdo con la agresión a Irán, reconoce en una entrevista con Tucker Carlson que el asesinato de Charlie Kirk, que se ha prohibido investigar en EE.UU., ha sido probablemente inducido por el lobby israelí. El poder del nihilismo mundial, que ya estaba muy bien diagnosticado en Heidegger, no desdice una diabólica localización personal, geográfica y política. El anglosionismo no es una manía del escrito Prada, sino una nueva evidencia geopolítica en la perversión clásica del poder occidental. Por así decirlo, el «corazón» del actual Occidente es acéfalo: la furia genocida del nihilismo (E. Todd). Su inteligencia, sin embargo, no lo es, pues tiene la cabeza en el «Occidente global» dirigido por USA e Israhell. Sí la inteligencia sionista es temible es porque a esa sociedad no le queda ya nada de corazón ni de sentimientos. Y esto obedece a una abyecta mutación antropológica, no sólo a un dominio abstracto, a una ficción maquinal en la que toda la humanidad estaría implicada. Por el contrario, si nos queda alguna esperanza es desde los pueblos que no se sienten elegidos, todavía arraigados en los límites mortales, en el inconsciente y la pobreza que son la ley de la tierra.
Ignacio Castro Rey, 23 de marzo de 2026