La dislocación de Occidente: las amenazas
Texto de Emmanuel Todd para Brownstone España
La dislocación de Occidente: las amenazas
Por Emmanuel Todd
20 de octubre, 2025
La crisis existe en todos los países completamente secularizados, pero es peor en aquellos cuya religión era el protestantismo o el judaísmo, religiones absolutistas en su búsqueda de lo trascendente, en lugar del catolicismo, más abierto a la belleza del mundo y a la vida terrenal. Es en Estados Unidos e Israel donde vemos el desarrollo de formas paródicas de religiones tradicionales, parodias de esencia nihilista, en mi opinión.
La perversidad de Trump se despliega en Oriente Medio, y el belicismo de la OTAN en Europa.
Acabo de escribir, a petición de mi editor esloveno, un nuevo prefacio para La derrota de Occidente, que considero necesario publicar en Substack de inmediato. La amenaza de una escalada de todos los conflictos se hace cada vez más evidente. Este texto ofrece una interpretación esquemática y provisional, aunque actualizada, del desarrollo de la crisis que vivimos. De hecho, este texto es la conclusión de mi última entrevista con Diane Lagrange en Fréquence Populaire: «Victoria de Rusia, confinamiento y fractura de Francia y Occidente».
Prefacio a la edición eslovena
De la derrota a la desintegración
Menos de dos años después de la publicación en Francia de La derrota de Occidente, en enero de 2024, se han confirmado las principales predicciones del libro. Rusia ha resistido el paso del tiempo, militar y económicamente. La industria militar estadounidense está agotada. Las economías y sociedades europeas están al borde de la implosión. Incluso antes del colapso del ejército ucraniano, se ha alcanzado la siguiente etapa de la desintegración de Occidente.
Siempre he sido hostil a las políticas rusófobas de Estados Unidos y Europa, pero como occidental comprometido con la democracia liberal, francés formado como investigador en Inglaterra e hijo de una madre refugiada en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, estoy devastado por las consecuencias que para nosotros, los occidentales, tiene la guerra sin sentido librada contra Rusia.
Estamos apenas al comienzo de la catástrofe. Se acerca un punto de inflexión, más allá del cual se desplegarán las consecuencias finales de la derrota.
El “Resto del Mundo“ (o Sur Global, o Mayoría Global), que se había conformado con apoyar a Rusia negándose a boicotear su economía, ahora muestra abiertamente su apoyo a Vladimir Putin. Los BRICS se expanden al aceptar nuevos miembros, lo que aumenta su cohesión. Obligada por Estados Unidos a elegir bando, India ha optado por la independencia: las fotos de Putin, Xi y Modi reunidos en la reunión de agosto de 2025 de la Organización de Cooperación de Shanghái seguirán siendo el símbolo de este momento clave. Sin embargo, los medios occidentales siguen presentando a Putin como un monstruo y a los rusos como siervos. Estos medios ya no podían imaginar que el resto del mundo los vería como líderes y seres humanos comunes, portadores de una cultura rusa específica y un anhelo de soberanía. Ahora temo que nuestros medios de comunicación agraven nuestra ceguera al no imaginar el renovado prestigio de Rusia en el resto del mundo, que ha sido explotada económicamente y tratada con arrogancia por Occidente durante siglos. Los rusos se atrevieron. Desafiaron al Imperio y ganaron.
La ironía de la historia es que los rusos, un pueblo blanco, europeo y de habla eslava, se convirtieron en el escudo militar del resto del mundo porque Occidente se negó a integrarlos tras la caída del comunismo. Imagino que los eslovenos están en una posición cultural particularmente favorable para apreciar esta ironía, aunque sé bien, como antropólogo especializado en familia y religión, que, a pesar de su lengua eslava, Eslovenia está mucho más cerca social e ideológicamente de Suiza que de Rusia.
Puedo esbozar aquí un modelo de la dislocación de Occidente, a pesar de las inconsistencias en la política de Donald Trump, el presidente estadounidense de la derrota. Estas inconsistencias no son resultado, creo, de una personalidad inestable y sin duda perversa, sino de un dilema insoluble para Estados Unidos. Por un lado, sus líderes, tanto en el Pentágono como en la Casa Blanca, saben que la guerra está perdida y que Ucrania tendrá que ser abandonada. Por lo tanto, el sentido común los lleva a querer salir de la guerra. Pero, por otro lado, ese mismo sentido común les hace percibir que la retirada de Ucrania tendrá consecuencias dramáticas para el Imperio que las de Vietnam, Irak o Afganistán no tuvieron. Esta es, de hecho, la primera derrota estratégica estadounidense a escala global, en un contexto de desindustrialización masiva de Estados Unidos y una difícil reindustrialización. China se ha convertido en el taller del mundo; su bajísima tasa de fertilidad sin duda le impedirá reemplazar a Estados Unidos, pero ya es demasiado tarde para competir con ella industrialmente.
La desdolarización de la economía global ha comenzado. Trump y sus asesores no pueden aceptarla porque significaría el fin del Imperio. Sin embargo, una era posimperial debería ser el objetivo del proyecto MAGA (Make America Great Again), que busca el retorno del Estado-nación estadounidense. Pero para un Estados Unidos cuya capacidad productiva de bienes reales es actualmente muy baja (véase el Capítulo 9 sobre la verdadera naturaleza de la economía estadounidense), es imposible dejar de vivir a crédito como lo hace produciendo dólares. Tal retirada imperial-monetaria implicaría una fuerte caída en su nivel de vida, incluso para los votantes de clase trabajadora de Trump. El primer presupuesto de la segunda presidencia de Trump, la “One Big Beautiful Bill Act“, sigue siendo imperial a pesar de las protecciones arancelarias que encarnan el proyecto o sueño proteccionista. La OBBBA impulsa el gasto militar y el déficit. Un déficit presupuestario en Estados Unidos inevitablemente significa producción de dólares y un déficit comercial. La dinámica imperial, o más bien la inercia imperial, continúa socavando el sueño de un retorno al Estado-nación productivo.
En Europa, la derrota militar sigue siendo poco comprendida por los líderes. No dirigieron las operaciones. Fue el Pentágono quien desarrolló los planes para la contraofensiva ucraniana en el verano de 2023 (durante el cual escribí La derrota de Occidente). El ejército estadounidense, aunque contó con la ayuda de su aliado ucraniano para liderar la guerra, sabe que fue derrotado por la defensa rusa, porque no pudo producir suficientes armas y porque el ejército ruso fue más astuto que él. Los líderes europeos solo suministraron sistemas de armas, y no los más importantes. Sin ser conscientes de la magnitud de la derrota militar, saben, sin embargo, que sus propias economías se han visto paralizadas por la política de sanciones, especialmente por la interrupción de su suministro de energía rusa barata. Dividir económicamente el continente europeo en dos fue un acto de locura suicida. La economía alemana está estancada. En Occidente, la pobreza y la desigualdad aumentan. El Reino Unido está al borde del colapso. Francia le sigue de cerca. Las sociedades y los sistemas políticos están bloqueados.
Las dinámicas económicas y sociales negativas precedieron a la guerra y ya presionaban a Occidente. Eran visibles, en distintos grados, en toda Europa Occidental. El libre comercio estaba socavando la base industrial local. La inmigración estaba desarrollando un síndrome de identidad, sobre todo entre las clases trabajadoras privadas de empleos seguros y bien remunerados.
En un nivel más profundo, la dinámica negativa de la fragmentación es cultural: la educación superior masiva crea sociedades estratificadas en las que los más cualificados —el 20%, el 30% o el 40% de la población— empiezan a convivir entre sí, a considerarse superiores, a despreciar a las clases trabajadoras y a rechazar el trabajo manual y la industria. La educación primaria para todos (alfabetización universal) había alimentado la democracia, creando una sociedad homogénea cuyo subconsciente era igualitario. La educación superior ha engendrado oligarquías, y en ocasiones plutocracias, sociedades estratificadas impregnadas de un subconsciente desigual. La paradoja definitiva: ¡el desarrollo de la educación superior ha acabado produciendo un declive en el nivel intelectual de estas oligarquías o plutocracias! Describí esta secuencia hace más de un cuarto de siglo en La ilusión económica, publicado en 1997. La industria occidental se ha trasladado al resto del mundo y también, por supuesto, a las antiguas democracias populares de Europa del Este que, liberadas de su subyugación a la Rusia soviética, han recuperado su condición secular de periferia dominada por Europa Occidental. Hablo en detalle en el capítulo 3 de este tipo de China interna donde los trabajadores industriales siguen siendo numerosos. Sin embargo, en toda Europa, el elitismo de los altamente cualificados ha engendrado el «populismo».
La guerra ha intensificado las tensiones europeas. Empobrece al continente. Pero, sobre todo, como un grave fracaso estratégico, deslegitima a líderes incapaces de conducir a sus países a la victoria. El desarrollo de movimientos populares conservadores (generalmente referidos por las élites periodísticas con términos como “populista”, “ultraderecha” o “nacionalista”) se está acelerando. Reform UK en el Reino Unido, AfD en Alemania, Agrupación Nacional en Francia… Irónicamente, las sanciones económicas que la OTAN esperaba que provocaran un “cambio de régimen” en Rusia están a punto de provocar una cascada de “cambios de régimen” en Europa Occidental. Las clases dominantes occidentales se ven deslegitimadas por la derrota justo cuando la democracia autoritaria rusa se relegitima con la victoria, o mejor dicho, se sobrelegitima, ya que el retorno de Rusia a la estabilidad bajo el liderazgo de Putin le aseguró inicialmente una legitimidad indiscutible.
Este es nuestro mundo al acercarnos a 2026.
La dislocación de Occidente se manifiesta en forma de una fractura jerárquica.
Estados Unidos está cediendo el control de Rusia y, cada vez más, creo que también de China. Bajo el bloqueo chino a sus importaciones de samario, esta tierra rara esencial para la aeronáutica militar, Estados Unidos ya no puede soñar con enfrentarse militarmente a China. El resto del mundo —India, Brasil, el mundo árabe, África— se beneficia y los elude. Pero Estados Unidos se está volviendo enérgicamente contra sus “aliados” europeos y del este asiático, en un último intento desesperado de sobreexplotación, y también, hay que admitirlo, por puro y simple despecho. Para escapar de su humillación, para ocultar su debilidad al mundo y a sí mismo, está castigando a Europa. El Imperio se está devorando a sí mismo. Este es el significado de los aranceles y las inversiones forzadas impuestas por Trump a los europeos, que se han convertido en súbditos coloniales de un imperio menguante, en lugar de socios. La era de las democracias liberales solidarias ha terminado.
El trumpismo es un “conservadurismo popular blanco”. Lo que emerge en Occidente no es una solidaridad de conservadurismos populares, sino una ruptura de las solidaridades internas. La rabia resultante de la derrota lleva a cada país, para acallar su resentimiento, a volverse contra aquellos más débiles. Estados Unidos se está volviendo contra Europa o Japón. Francia está reavivando su conflicto con Argelia, una antigua colonia. No cabe duda de que Alemania, que, desde Scholz hasta Merz, ha aceptado obedecer a Estados Unidos, volverá su humillación contra sus socios europeos más débiles. Mi propio país, Francia, me parece el más amenazado.
Uno de los conceptos fundamentales de La derrota de Occidente es el nihilismo. En mi libro analizo cómo el “estado cero” de la religión protestante —el fin de la secularización— no solo explica el colapso educativo e industrial estadounidense. Este estado cero también abre un vacío metafísico. Personalmente, no soy creyente ni abogo por el retorno de la religión (no lo creo posible), pero, como historiador, debo señalar que la desaparición de los valores sociales de origen religioso conduce a una crisis moral, a un impulso de destrucción de cosas y personas (guerra) y, en última instancia, a un intento de abolir la realidad (el fenómeno transgénero para los demócratas estadounidenses y la negación del calentamiento global para los republicanos, por ejemplo). La crisis existe en todos los países completamente secularizados, pero es peor en aquellos cuya religión era el protestantismo o el judaísmo, religiones absolutistas en su búsqueda de lo trascendente, en lugar del catolicismo, más abierto a la belleza del mundo y a la vida terrenal. Es en Estados Unidos e Israel donde vemos el desarrollo de formas paródicas de religiones tradicionales, parodias de esencia nihilista, en mi opinión.
Esta dimensión irracional está en el corazón de la derrota. Por lo tanto, no se trata solo de una pérdida de poder “técnica”, sino también de un agotamiento moral, una ausencia de un objetivo existencial positivo que conduce al nihilismo.
Este nihilismo está detrás del deseo de los líderes europeos, particularmente en las costas protestantes del Báltico, de expandir la guerra contra Rusia mediante provocaciones incesantes. Este nihilismo también está detrás de la desestabilización estadounidense en Oriente Medio, el lugar por excelencia para expresar la rabia resultante de la derrota estadounidense contra Rusia. Sobre todo, no nos dejemos llevar por la suposición demasiado fácil de la autonomía bélica del régimen de Netanyahu en Israel en el genocidio de Gaza o en el ataque contra Irán. El protestantismo cero y el judaísmo cero ciertamente combinan trágicamente sus efectos nihilistas en estos estallidos de violencia. Pero en todo Oriente Medio, es Estados Unidos quien, al suministrar las armas y, en ocasiones, al atacarse a sí mismo, es en última instancia quien decide el caos. Empuja a Israel a la acción, tal como empujó a los ucranianos.
El Imperio es vasto y se desmorona entre el ruido y la furia. Este Imperio ya es policéntrico, dividido en torno a sus objetivos, esquizofrénico. Pero ninguna de sus partes es independiente en absoluto. Trump es su “centro” actual; también es su mejor expresión ideológica y práctica, al combinar un deseo racional de replegarse en su esfera de dominación inmediata (Europa e Israel) con impulsos nihilistas que favorecen la guerra. Estas tendencias —retirada y violencia— también se expresan en el corazón estadounidense del Imperio, donde el principio de fractura jerárquica opera internamente. Un número creciente de autores angloamericanos hablan del advenimiento de una guerra civil.
La plutocracia estadounidense es pluralista. Está la de los financieros, la de los petroleros, la de Silicon Valley. Los plutócratas trumpistas, petroleros tejanos o recién llegados a Silicon Valley, desprecian a las élites demócratas cultas de la Costa Este, quienes a su vez desprecian a la gente blanca trumpista del corazón del país, quienes a su vez desprecian a los demócratas negros, etc.
Una de las características interesantes de Estados Unidos hoy en día es que a sus líderes les resulta cada vez más difícil distinguir entre lo interno y lo externo, a pesar del intento de MAGA de bloquear la inmigración desde el sur con un muro. El ejército dispara contra barcos que salen de Venezuela, bombardea Irán, penetra en el centro de ciudades demócratas de Estados Unidos y patrocina a la fuerza aérea israelí para un ataque a Catar, donde hay una enorme base estadounidense. Cualquier lector de ciencia ficción reconocerá en esta inquietante lista el inicio de una distopía, es decir, un mundo negativo donde se mezclan poder, fragmentación, jerarquía, violencia, pobreza y perversidad.
Así que sigamos siendo nosotros mismos, fuera de América. Conservemos nuestra percepción del interior y del exterior, nuestro sentido de la proporción, nuestro contacto con la realidad, nuestra concepción de lo justo y lo bello. No nos dejemos arrastrar por una huida guerrera ante nuestros propios líderes europeos, esos individuos privilegiados perdidos en la historia, desesperados por haber sido derrotados, aterrorizados ante la idea de ser juzgados algún día por su pueblo. Y sobre todo, sobre todo, sigamos reflexionando sobre el sentido de las cosas.
París, 28 de septiembre de 2025
La guerra más estúpida y peligrosa del mundo
Texto publicado en Brownstone España
28 de septiembre 2025
«Las élites europeas se han enfurecido, la hostilidad sigue aumentando. Sus raíces son profundas. No se trata sólo de una rusofobia secular, sino también de la esperanza de vengarse de las numerosas derrotas sufridas a manos de Rusia, desde los tiempos de la batalla de Poltava contra los suecos (1709) y de la invasión napoleónica, que afectó a casi toda Europa. Aún más países sufrieron la derrota en 1945, cuando la inmensa mayoría de los europeos marchaban bajo las banderas de Hitler o trabajaban para su ejército. Durante mucho tiempo mostramos una nobleza que resultó ser miope, enfatizamos el papel de los pequeños grupos partisanos antifascistas, en su mayoría comunistas, cerrando los ojos ante el hecho de que Hitler contaba con el apoyo de decenas, si no cientos, de veces más europeos». Sergei Karagánov, Una mala ruptura con Europa (https://rafaelpoch.com/2025/09/04/una-mala-ruptura-con-europa/).
Una guerra tan estúpida que hasta Trump parece a veces darse cuenta. Por el contrario, los europeos la manejamos para tapar nuestras vergüenzas, desde las políticas antipopulares de la UE –teñidas de inclusión minoritaria– a la miserable complicidad con la matanza de Gaza. El odio a Putin encubre las caricias a Netanyahu. Mientras el supremacismo israelí machaca sin piedad Palestina, en nombre de la democracia y la lucha contra las tinieblas, buscando además la escombrera sobre la que edificar un lujoso resort libre al fin de palestinos, cierto progresismo sigue usando la comparación entre Rusia e Israel como si se tratara de dos potencias maléficas similares, merecedoras del mismo repudio. Nos equivocamos de manera vergonzante, unos y otros.
En esta línea de apariencias fatales, la última es que Donald Trump, partidario acérrimo de una solución final en Palestina, acaba de decir que Ucrania puede recuperar todos los territorios perdidos –e incluso «más allá»– con la ayuda de la OTAN. Evidentemente, como tantas veces, no se pueden tomar en serio estas palabras del empresario neoyorquino. Es imposible que sea tan cretino quien se acaba de tomar la molestia de reunirse con Putin en Alaska. De hecho, desde Moscú parecen seguir como si nada, en su paciente campaña militar y cuidando la relativa comprensión del último gobierno estadounidense. Como dicen los rusos, Trump es un «gran negociante» y su frase es un anzuelo más para conseguir ventajas comerciales en el terreno del gas y la venta de armas. Pero los actuales dirigentes europeos son tan ineptos que se lo pueden volver a creer, albergando ilusiones de infringirle a Rusia una derrota estratégica. Parecen haber olvidado que los rusos, como ellos mismos han insistido por activa y por pasiva, viven el actual enfrentamiento como un conflicto existencial de supervivencia. Las risas continuas de Kaja Kallas, responsable de relaciones externas de la UE, sugieren más bien que nosotros sentimos que está en juego sólo a quién le compramos el petróleo. Más, por supuesto, el futuro inmediato de Eurovisión.
«Repito, si alguien tenía dudas sobre la amenaza a la que nos enfrentamos, el ataque de todo Occidente en junio contra Irán, que utilizó a Israel como utiliza a Ucrania, debería hacernos entrar en razón. Antes destruyeron Irak, que se interponía en el camino de la hegemonía en Oriente Medio, luego Libia, y en 1990, incluso antes de Irak, violaron de manera ejemplar Yugoslavia. Hay que detener la revancha de Occidente. Antes de que sea demasiado tarde». Una mala ruptura con Europa.
En Europa no sólo padecemos unas concepciones maniqueas heredadas del puritanismo y su ferocidad palurda. Además, nos impide conocer el mundo actual y tomar en serio a Rusia el hecho de que llevemos demasiado tiempo destrozando con total impunidad países exangües. Recordemos que Palestina es sólo el último eslabón de una larga cadena. Aunque parezca increíble, puede ser que las mediocres cabezas que dirigen la Europa actual no sepan hasta qué punto con Rusia nos enfrentamos a algo absolutamente distinto a Irak, Libia, Yemen o Siria. La invasión rusa de Ucrania es actualmente la disculpa de unos preparativos bélicos que –con la vista puesta en cinco o seis años– son ya indisimulables. La amarga verdad es que, dirigida por Obama, la perfidia europea hizo en Minsk y en el Maidán todo lo posible para acabar provocando esa invasión. Desde los tiempos de Yeltsin soñamos con la partición de Rusia en cómodos trocitos (K. Kallas), igual que hicimos con Yugoslavia.
«La ira viene dictada por el resentimiento por las ganancias perdidas. Tras exprimir a los europeos del este y perder la esperanza de hacerlo también a costa de Rusia, los europeos occidentales, especialmente los alemanes, contaban con aprovechar las ricas tierras, los recursos y la laboriosa población de Ucrania. Estos cálculos se están frustrando ante nuestros ojos (aunque varios millones de nuevos trabajadores migrantes —refugiados— se han incorporado a la economía europea en declive). La razón principal de esta hostilidad sin precedentes es más profunda. Se trata del fracaso generalizado de las élites europeas y el estancamiento del proyecto europeo. Sus problemas comenzaron ya en los años 70 y 80, pero quedaron temporalmente ocultos por el inesperado colapso de la URSS y del bloque socialista (que tuvo sus propias causas internas), lo que liberó a varios cientos de millones de trabajadores baratos y consumidores hambrientos. Al mismo tiempo, se abrieron los mercados de China. Pero desde finales de la década de 2000, la inyección externa de adrenalina económica y moral comenzó a agotarse. Llegó el momento de pagar por la codicia de la burguesía europea, que desde la década de 1960 había dado rienda suelta a las multitudes de inmigrantes para reducir el coste de la mano de obra y debilitar a los sindicatos. El resultado es una crisis migratoria creciente y, por ahora, sin salida. Desde hace casi dos décadas, la clase media europea se está reduciendo, la desigualdad va en aumento y los sistemas políticos son cada vez menos eficaces. El golpe de la revolución estudiantil de 1968 a la educación superior, el predominio de la nueva corrección política en las ciencias humanas y, lo que es más importante, el hecho de que la democracia en condiciones normales conduce a una selección antimeritocrática, han provocado una acelerada caída de la calidad de las élites políticas». Una mala ruptura con Europa.
Que nadie se ofenda, pero es difícil no avanzar otra incómoda hipótesis adicional. La entusiasta incorporación de mujeres que nunca han disparado una carabina de feria a estos aires de guerra –mucho después de las adorables M. Allbright y C. Rice, tardaremos en olvidar a la enérgica Victoria Nuland repartiendo bocadillos a los fascistas armados del Maidán–, ¿no confirma que la percepción de Rusia como un peligro mortal para Europa y, a la vez, la ilusión óptica de poder derrotar militarmente a la nación de Tolstoi, proviene de una inmersión fatal de Occidente en la endogamia doméstica? En verdad, el día entero ante el televisor, con o sin palomitas, deja poco margen para un pensamiento estratégico.
Esta es una de las líneas argumentales de Karagánov: «La situación se agrava aún más por el ‘parasitismo estratégico’ que se ha instalado gracias a la prolongada paz, la ausencia de miedo a la guerra, incluso nuclear, y la pérdida del instinto de supervivencia entre las élites europeas y la población. Tres cuartos de siglo a espaldas de Estados Unidos, que en su constante confrontación con la URSS garantizaba la paz en Europa y reprimía la eterna hostilidad mutua entre naciones europeas, han agotado su capacidad de pensamiento estratégico y han llevado a un embrutecimiento casi total de las élites. Los pocos europeos que entienden lo que está pasando no pueden decir casi nada». Que le pregunten a Todd, por mencionar un nombre.
Atendamos a cómo razona este miembro destacado de una intelligentzia que está detrás, muy atrás del Kremlin, incluso seriamente enfrentado a él en la estrategia a seguir para asegurar la pervivencia de la patria de Pushkin. ¿Es Putin lo peor, seguro? Escuchemos entonces el modo de pensar de esa gélida Rusia profunda que un día, con Solzhenitzyn y otros, quisimos poner de nuestro lado, liberándola de la melancolía de la tundra para abrazar los radiantes valores europeos: «Recuerdo lo obvio, pero a menudo ocultado a nosotros mismos: Europa es el centro de todos los males principales de la humanidad, dos guerras mundiales, innumerables genocidios, colonialismo, racismo y muchos otros ‘ismos’ repugnantes. En los últimos años, el totalitarismo liberal [sic], mezclado con el transhumanismo, el lgbtismo, la negación de la historia y, en esencia, la antihumanidad». Como buen ruso, y además judío, ¿Karagánov exagera, miente incluso descaradamente en este diagnóstico? Es posible. Para confirmarlo, preguntemos sobre valores europeos a algún gazatí que todavía puedan hablar.
Quizá pocos de nosotros se atreverán a recorrer esas casi veinte páginas, plagadas de sorpresas, de Una mala ruptura con Europa. Primero, se trata de un intelectual ruso que no es enemigo declarado de Putin –aunque discuta seriamente su orientación–, y Rusia ha caído hace tiempo del lado del mal. Segundo, porque creemos –con una arrogancia típicamente europea que Karagánov fustiga– conocer de sobra a esa supuesta nación de tercera. Sería una lástima tal ausencia de atención, pues el artículo de Sergei Karagánov, demasiado espiritual para ser un simple halcón, está lleno de anuncios que nos interesan. Sobre todo si vamos en serio, tras Mark Rutte, Merz y Úrsula von der Leyen, en la idea de que un enfrentamiento con la Federación Rusa es moralmente inevitable y, por tanto, obligatoriamente victorioso.
Una de las primeras notas desconcertantes de Una mala ruptura con Europa es que no nos habla a nosotros. Ni le interesamos especialmente ni intenta ya convencernos de nada. Al tanto de nuestra sordera, el intelectual ruso se dirige sólo a la élite de esa quinta parte de la tierra que despreciamos. Karagánov declara incluso como un craso error –que ha alimentado nuestro engreimiento– lo que él considera una tradicional eurofilia de Moscú. Lejos de ese mantra de las élites rusas, Karagánov plantea rotundamente un «retorno a casa», al santuario helado de una Siberia que permita hacerse más fuertes y afrontar una posible guerra termonuclear. La que estamos preparando, por lo que parece.
¿Querremos escuchar, sólo una vez? «Es necesario por fin renunciar, al menos a nivel de expertos, a la tontería heredada de la época de Gorvachov y Reagan: la afirmación de que ‘en una guerra nuclear no puede haber vencedores y por tanto no debe desencadenarse'». No se lo pierdan. Mientras las élites europeas gesticulan ante el espanto totalitario que encarnaría Putin, Karagánov considera que es la tibieza de Moscú con Europa la que ha agigantado nuestra vanidad hasta niveles de megalomanía autista. Aunque este investigador reconoce que el injerto europeo en el tronco de la cultura tradicional rusa ha producido la «mejor literatura del mundo» y un poder científico y militar sin precedentes, a la vez ha debilitado a Rusia con falsas esperanzas occidentales. Además, según él, alimentó el embrutecimiento europeo con una arrogancia suicida: «No voy a seguir con la agradable (teniendo en cuenta la hostilidad de Europa hacia Rusia) enumeración de los numerosos indicios de una crisis compleja y global del proyecto europeo y de Europa. No hay nada de lo que alegrarse. Desmoronándose por dentro, las élites europeas ya hace una década y media tomaron el rumbo de exagerar la imagen de Rusia como enemigo mortal. Luego, con entusiasmo, se dedicaron a intentar infligir una derrota estratégica a través de Ucrania. Y ahora se han embarcado abiertamente en la preparación para la guerra, alimentando la histeria militar».
Así pues, en nuestra descalificación global de Rusia olvidamos una cuestión crucial: la gravedad de una disensión interna –no necesariamente a favor de nuestros intereses– que podría estar pesando en las deliberaciones del Kremlin. Aunque es respetuoso y persuasivo, Karagánov parece muy enfrentado a la élite moscovita en una cuestión clave: la «moderación» de la Operación Militar Especial no ha hecho más que alimentar la infatuación militarista europea. Frente a ella, y la amenaza para Rusia de una guerra interminable de desgaste, la guerra nuclear, a diferencia de lo que piensa Putin, no debe ser excluida como una guerra en la que «no puede haber vencedores». Si Rusia es tan uniforme como nos gusta creer, ¿qué opinamos de esta crucial diferencia que podría estar tejiéndose en las altas esferas? Karagánov no nos amenaza a nosotros, los occidentales, está sólo advirtiendo a los suyos de una ingenuidad que considera funesta.
Es obvio que Rusia no es una nación santa. ¿Las hay? No obstante, lleva décadas intentando hacerse oír entre nosotros. De un viejo racismo, de una eslavofobia reactivada en los últimos veinte años, no reciben más que portazos en la cara. Sobre todo desde que gobierna Putin, que tiene la mala fama de ser un patriota ruso. Precedido del fiasco de Minsk y la agresión armada del Euromaidán, muy anterior a la invasión de Ucrania y con 30.000 muertos de cultura y habla rusa que hemos olvidado, fue uno de los penúltimos.
Dentro de la dureza de su decepción, dirigido sólo a los rusos, el artículo de Karagánov ayuda a entender el riesgo que enfrentamos en la beligerancia con esa quinta parte de la tierra –el equivalente en geografía a lo que China representa demográficamente– que hace décadas nos empeñamos en despreciar. La propia administración estadounidense, tan fóbicamente antirusa con Biden, justificó el esfuerzo –o el teatro– del reciente encuentro de Alaska argumentando que estaban intentando negociar con la primera potencia nuclear mundial en el plano táctico y la segunda en el terreno estratégico.
A pesar de su comprensible alianza, Rusia tiene poco que ver con la enigmática y prudente China. Aun así, fijémonos en el aire de Starmer. Como buenos provincianos posmodernos, no sabemos ya nada de la nación de Turgueniev; nada de hasta qué punto son parientes lejanos nuestros, nos conocen y nos siguen admirando. Contra esta admiración, en una situación para ellos casi límite, reacciona Karagánov. No podemos ya entender a Chéjov, a Dostoievski y Sokurov. ¿Podremos admitir al menos que el supuesto enemigo, usando de otro modo nuestro bagaje espiritual y científico, puede destruir Londres, Berlín y París en unas pocas horas?
«En términos operativos y tácticos, por ahora estamos ganando, aunque a un precio considerable. Pero estratégicamente podemos empezar a perder. El enemigo cruza una ‘línea roja’ tras otra. Hablamos de respuestas ‘espejo’, que son una táctica puramente defensiva (…) Entiendo perfectamente que el uso de armas nucleares, incluso limitado, no sólo es peligroso, sino también un gran pecado. Morirán masivamente personas inocentes, entre ellas niños. Me imagino las angustiosas reflexiones de nuestro comandante en jefe. Sé que el escenario descrito hiela la sangre en las venas y una vez más provocaré una oleada de indignación contra mí. Pero esta parece ser la única alternativa posible a verse envuelto en una guerra interminable, aunque sea con interrupciones, con la pérdida de decenas y cientos de miles de nuestros mejores hombres y luego, de todos modos, con el deslizamiento hacia el Argamedón nuclear y/o el colapso del país. Hay que hacer entrar en razón a los europeos enloquecidos, quebrantar su voluntad de confrontación y detener el deslizamiento hacia la Tercera Guerra Mundial; hacia la que, olvidando las anteriores y sin haber recibido el merecido castigo por ellas, vuelven a empujar». Una mala ruptura con Europa.
El hombre que habla así ya ni siquiera se dirige a nosotros. Quien firma estas líneas, sí. Aun temiendo predicar en el desierto, todavía se siente en la obligación moral de hacerlo.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 26 de septiembre de 2025
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Taller de cine y filosofía online
Queridos amigos,
tal vez el espanto que circula en la información hace más necesario que nunca propiciar espacios de encuentro donde las separaciones previas se suspendan y sea posible sentir y pensar de otro modo. Con esta intención hemos ideado el taller «De qué hablamos cuando hablamos de amor?». En cada sesión el calor de la palabra debe poder con la distancia de lo digital. ¿Nos ayudáis a intentar conseguirlo en común?
Un abrazo
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
Taller de cine y filosofía online.
Imparte Ignacio Castro.
Sesiones: Domingos consecutivos del 5 de octubre al 23 de noviembre del 2025. Entre las 18 y 20 horas (10 horas en México)
Más información e inscripción en: limo_producciones@hotmail.com
"Una mala ruptura con Europa". Un artículo del profesor ruso Sergei Karagánov
Queridos amigos,
Bienvenidos a un curso que promete resultar inolvidable. Mientras explosiones sin fin convierten Gaza en escombros, seguimos usando alegremente la comparación entre Rusia e Israel como dos potencias maléficas que merecen el mismo repudio.
Atendamos entonces a cómo razona un miembro destacado de la intelligentzia que está detrás, muy atrás del Kremlin, incluso seriamente enfrentado a él. ¿No es Putin lo peor? Escuchemos pues el modo de razonar de esa Rusia profunda que un día, con Solzhenitzyn y otros, quisimos poner de nuestro lado, liberándola de la melancolía de la tundra para que abrazase los traslúcidos valores occidentales.
Temo que pocos de vosotros se atreverán a recorrer esas casi veinte páginas, plagadas de sorpresas, de «Una mala ruptura con Europa». Primero porque se trata de un intelectual ruso, que además no es enemigo declarado de Putin –aunque discuta seriamente sus tesis–, y Rusia ha caído hace tiempo del lado del mal. En segundo lugar creemos, desde una arrogancia europea que Karanágov fustiga, conocer de sobra a esa nación de tercera. Es una lástima, pues el artículo de Sergei Karagánov, demasiado espiritual para ser un simple halcón, está lleno de anuncios.
La primera nota desconcertante de «Una mala ruptura con Europa» es que no nos habla a nosotros, ni le interesamos ni intenta convencernos de nada. Al contrario, declara como un craso error –que ha alimentado nuestro engreimiento– la tradicional eurofilia de Moscú. Lejos de ese supuesto mantra de las élites rusas, Karagánov plantea rotundamente un «retorno a casa», al santuario de una Siberia que permita hacerse más fuertes y afrontar una probable guerra termonuclear.
«Es necesario por fin renunciar, al menos a nivel de expertos, a la tontería heredada de la época de Gorvachov y Reagan: la afirmación de que ‘en una guerra nuclear no puede haber vencedores y por tanto no debe desencadenarse'» (p. 12).
No se lo pierdan. Mientras las élites europeas gesticulan ante el espanto totalitario que encarnaría Putin, Karagánov considera que la tibieza de Moscú con Europa ha agigantado nuestra vanidad hasta niveles de megalomanía autista. Aunque este investigador reconoce que el «injerto europeo» en el tronco de la cultura tradicional rusa ha producido la «mejor literatura del mundo» [sic], y un poder científico y militar sin precedentes, a la vez ha debilitado a Rusia con falsas esperanzas. Además, según él, alimentó el «embrutecimiento» europeo con una arrogancia suicida.
Ya me contaréis, en el caso improbable de que os decidáis a probar este amargo billete transiberiano. Un abrazo,
Ignacio Castro
Después de la fiebre del oro
Querida C.,
No sé si esperabas de mí alguna respuesta o ya te habías olvidado, al estilo de una adorable velocidad comunicativa que no tiene memoria de nada. Lo cierto es que he hecho varios intentos con tu poemario: lo siento, no voy a seguir. Es muy posible que sea injusto, pero ¿qué más da? No te conozco de nada, ni siquiera entendí por qué me escribiste a mí, a mí precisamente; nunca aportaste ninguna razón. Y además, por encima de todo, las impresiones reiteradas que tengo de tu «poemario» son similares: brillantes frases, brillantes imágenes, poderosas metáforas, a veces… ¿Y qué? Falta un hilo conductor, algo sencillo y real que propongas vivir, algo verdadero que tengas que contar; imperiosamente, sin que sea posible eludirlo. Lo que me enviaste es una impresionante proliferación sin tronco, con continuos saltos que pasan de una cosa a otra, al estilo de tantas cosas que se ven por doquier. ¡Y por en medio, comom las chicas de 15 años, varias «q» en vez de «que»! Cuidado, no estamos en casa, ni en un chat. No debemos estarlo.
Pareces seguir aproximadamente, perdona, esta teología de la diversidad que nos tiene tan entretenidos. Entretener a los que esperan, ¿no es eso? ¿A los que esperan qué? Lo siento, pero estoy en contra: la cultura es un asco si no está al servicio de otra cosa, de algo que no sea para nada «cultural». Disculpa, querida C., si soy más bien desabrido y agrio. Pero la verdad es que estoy agriado. Vivo así. Y lo que es peor, no me arrepiento del todo: no soportaría, en medio del asco que me rodea, ser además feliz.
Sigo con tu poemario. La simple proliferación de puntos suspensivos indica que has enviado esto, pero muy bien podría haber sido otra cosa. Y como uno es muy rilkeano, la pregunta es: ¿podrías vivir sin ello? Y la respuesta, me temo, parece ser que otra vez que sí, podrías: enviaste esto, pero podrías no haberlo enviado, o haber enviado otra cosa. Lo que importa, al parecer, es estar «en el candelabro»: sentirse visible, salir de la impotencia que nos cerca, emitir algo, dar «me gusta» desde el baño o el sofá favorito; escribir, hacerse notar, empoderarse… En suma, montar una empresita con los restos del mundo y de uno mismo, como tanta gente hace aprovechando incluso la desgracia de Palestina.
No soy quién para decir si unos versos o una novela valen la pena o no. Sólo puedo decir, y perdona si soy injusto, que si se puede vivir sin ellas, si se pueden no hacer, la literatura o la poesía son perfectamente prescindibles…. Y lo más honesto, lo más literario incluso, sería no escribir. Mejor hacer otra cosa: crítica, filosofía académica, novelas de moda como todo el mundo… No te tomes esto como un juicio categórico: no soy nadie, tampoco para ti.
A veces la poesía, precisamente cuando no se siente al borde del ridículo, no cuesta nada. Sólo se trata de ser un poco culta y encadenar palabras, frases, versos. Pero el resultado es con frecuencia, quizá es tu caso, un amasijo. Palabras y más palabras, imágenes y más imágenes. Grandilocuencia y más grandilocuencia. Además, para mí, hay en tus poemas demasiados años-luz, demasiados milenios y antepasados, demasiadas huellas hasta aquí: ¿qué importa Lucy? ¿Qué importan doscientos millones de años? Lo que importa es el presente, donde cada peldaño acumula racimos de siglos… y seguimos sin enterarnos. Lo que importa son estas vidas arrojadas a la obscenidad de unas matanzas que dejan indiferentes a todos y son compatibles con Eurovisión y «La isla de las tentaciones». ¿Cuál es tu resumen del presente? Por ejemplo, ¿somos patéticos o no? ¿Somos abominables o no? ¿Tienes alguna respuesta? También, por cierto, a esta pregunta: ¿estamos a la altura de nuestros padres y de nuestros abuelos? O sencillamente somos una vergüenza… aunque quizá profundamente deconstruida. O sea, una vergüenza que ya no siente vergüenza.
Además, estoy en contra del mito del «bipedismo»: todo lo importante, de follar a cagar, lo hacemos encorvados. Me importa un carajo la bipedestación y la historia gloriosa de la humanidad y de nuestros ancestros. Todo eso son banalidades propias del espectáculo televisivo que nos entretiene.
El pensamiento no son flores, de acuerdo. Pero hay flores y flores: las amapolas, por ejemplo, crecen de los escombros. No está tan mal, pues eso significa que tal vez en sus corolas levanten algo de un fondo umbrío y sucio que conviene atender… para ser un poco más humanos.
¿Genes heroicos? Todo eso, como buena parte de lo que hoy llamamos «ciencia», es mitología. Mitología al servicio del espectáculo y de la obediencia ciudadana. Ya digo, estoy en contra.
Dicho esto, tengo que reconocer que ha sido gracioso tu envío. Y de agradecer, por lo que tiene de provocativo. Me ha obligado a repensar algunas cosas sobre nuestro extraño presente.
No me hagas ni caso, querida, y sigue escribiendo y enviando lo que te venga en gana. Aquí me tienes. Un abrazo y feliz verano,
Ignacio



