Después de la fiebre del oro

Querida C.,

No sé si esperabas de mí alguna respuesta o ya te habías olvidado, al estilo de una adorable velocidad comunicativa que no tiene memoria de nada. Lo cierto es que he hecho varios intentos con tu poemario: lo siento, no voy a seguir. Es muy posible que sea injusto, pero ¿qué más da? No te conozco de nada, ni siquiera entendí por qué me escribiste a mí, a mí precisamente; nunca aportaste ninguna razón. Y además, por encima de todo, las impresiones reiteradas que tengo de tu «poemario» son similares: brillantes frases, brillantes imágenes, poderosas metáforas, a veces… ¿Y qué? Falta un hilo conductor, algo sencillo y real que propongas vivir, algo verdadero que tengas que contar; imperiosamente, sin que sea posible eludirlo. Lo que me enviaste es una impresionante proliferación sin tronco, con continuos saltos que pasan de una cosa a otra, al estilo de tantas cosas que se ven por doquier. ¡Y por en medio, comom las chicas de 15 años, varias «q» en vez de «que»! Cuidado, no estamos en casa, ni en un chat. No debemos estarlo.

            Pareces seguir aproximadamente, perdona, esta teología de la diversidad que nos tiene tan entretenidos. Entretener a los que esperan, ¿no es eso? ¿A los que esperan qué? Lo siento, pero estoy en contra: la cultura es un asco si no está al servicio de otra cosa, de algo que no sea para nada «cultural». Disculpa, querida C., si soy más bien desabrido y agrio. Pero la verdad es que estoy agriado. Vivo así. Y lo que es peor, no me arrepiento del todo: no soportaría, en medio del asco que me rodea, ser además feliz.

            Sigo con tu poemario. La simple proliferación de puntos suspensivos indica que has enviado esto, pero muy bien podría haber sido otra cosa. Y como uno es muy rilkeano, la pregunta es: ¿podrías vivir sin ello? Y la respuesta, me temo, parece ser que otra vez que podrías: enviaste esto, pero podrías no haberlo enviado, o haber enviado otra cosa. Lo que importa, al parecer, es estar «en el candelabro»: sentirse visible, salir de la impotencia que nos cerca, emitir algo, dar «me gusta» desde el baño o el sofá favorito; escribir, hacerse notar, empoderarse… En suma, montar una empresita con los restos del mundo y de uno mismo, como tanta gente hace aprovechando incluso la desgracia de Palestina.

            No soy quién para decir si unos versos o una novela valen la pena o no. Sólo puedo decir, y perdona si soy injusto, que si se puede vivir sin ellas, si se pueden no hacer, la literatura o la poesía son perfectamente prescindibles…. Y lo más honesto, lo más literario incluso, sería no escribir. Mejor hacer otra cosa: crítica, filosofía académica, novelas de moda como todo el mundo… No te tomes esto como un juicio categórico: no soy nadie, tampoco para ti.

            A veces la poesía, precisamente cuando no se siente al borde del ridículo, no cuesta nada. Sólo se trata de ser un poco culta y encadenar palabras, frases, versos. Pero el resultado es con frecuencia, quizá es tu caso, un amasijo. Palabras y más palabras, imágenes y más imágenes. Grandilocuencia y más grandilocuencia. Además, para mí, hay en tus poemas demasiados años-luz, demasiados milenios y antepasados, demasiadas huellas hasta aquí: ¿qué importa Lucy? ¿Qué importan doscientos millones de años? Lo que importa es el presente, donde cada peldaño acumula racimos de siglos… y seguimos sin enterarnos. Lo que importa son estas vidas arrojadas a la obscenidad de unas matanzas que dejan indiferentes a todos y son compatibles con Eurovisión y «La isla de las tentaciones». ¿Cuál es tu resumen del presente? Por ejemplo, ¿somos patéticos o no? ¿Somos abominables o no? ¿Tienes alguna respuesta? También, por cierto, a esta pregunta: ¿estamos a la altura de nuestros padres y de nuestros abuelos? O sencillamente somos una vergüenza… aunque quizá profundamente deconstruida. O sea, una vergüenza que ya no siente vergüenza.

            Además, estoy en contra del mito del «bipedismo»: todo lo importante, de follar a cagar, lo hacemos encorvados. Me importa un carajo la bipedestación y la historia gloriosa de la humanidad y de nuestros ancestros. Todo eso son banalidades propias del espectáculo televisivo que nos entretiene.

            El pensamiento no son flores, de acuerdo. Pero hay flores y flores: las amapolas, por ejemplo, crecen de los escombros. No está tan mal, pues eso significa que tal vez en sus corolas levanten algo de un fondo umbrío y sucio que conviene atender… para ser un poco más humanos.

            ¿Genes heroicos? Todo eso, como buena parte de lo que hoy llamamos «ciencia», es mitología. Mitología al servicio del espectáculo y de la obediencia ciudadana. Ya digo, estoy en contra.

            Dicho esto, tengo que reconocer que ha sido gracioso tu envío. Y de agradecer, por lo que tiene de provocativo. Me ha obligado a repensar algunas cosas sobre nuestro extraño presente.

            No me hagas ni caso, querida, y sigue escribiendo y enviando lo que te venga en gana. Aquí me tienes. Un abrazo y feliz verano,

Ignacio


Verano indio. Sobre un bloqueo de origen estadounidense (I). Ignacio Castro Rey

Verano indio. Sobre un bloqueo de origen estadounidense (II)

Publicado en Brownstone España
Ignacio Castro Rey
16 de Julio 2025

EE.UU. es el racismo occidental, su platonismo, sin ningún complejo de culpa. Con América el odio occidental puede ser incluso sonriente y adoptar un aire indie.

Republicanos y demócratas coinciden en la misma metafísica, un solo espíritu que —quizá hasta Vietnam o el 11-S— parecía haber encontrado en un capitalismo imparable su realización «planetaria». Ahora no es lo mismo, pero persiste la idea central, aunque redoblada en el capitalismo woke: nada de fines, que quedan para la otra vida, todo son medios. Incluso, dicho sea de paso, algún día habría que estudiar la saña de nuestras conexiones, también de nuestro Sexo Rey, en relación con la crueldad de este nuevo nihilismo desenfadado. ¿Es este, igual o más dogmático que otras religiones, el continuador cuasi natural del cristianismo protestante? Aproximadamente, Todd, en La derrota de Occidente, piensa que así es. Mientras tanto, el color y el sabor incomparables del dólar sólo es una expresión externa y despiadada de esta tétrica espiritualidad, de una profunda y arraigada usura dirigida contra el alma; común por singular.

Estamos entonces ante una enérgica «inmanencia» diurna para la que es dudoso que el resto de los mortales estemos preparados. Es otra vez Baudrillard, en paralelo a Steiner y otros, quien se ha tomado la molestia de buscar este reverso fúnebre de la fiesta estadounidense. Tierra de promisión, antorcha de la libertad: virus de las conquistas. No es tan extraño que dentro de cualquier inmigrante ambicioso haya un nuevo «americano» intentando salir del armario de la pobreza; del armario de todos los armarios, en realidad, para escaparse de un contacto directo y cristiano viejo con la tierra. Es posible que Todd tenga razón y que, primero con evangelismo fundamentalista y después con el grado cero de religión, incluso con judaísmo cero, el dogma sea el mismo: sepárate del mundo para conquistarlo. Nada de hermandad franciscana con animalitos y seres humanos. A cambio, un archipiélago de furiosas sectas opacas o, en «Israel», Kibutz expansivos.

Si el sueño americano incluye además, al menos incluía, la posibilidad mítica de que cualquiera que se esfuerce y tenga suerte –también para ocultar la hilera de cadáveres que deja atrás– pueda llegar a lo más alto, es por este previo vaciado de una existencia a la que sólo le queda el éxito social y monetario para ser algo, visible y contable. En el fondo, contable sólo por un Dios que es el fondo calculador de las interioridades, que selecciona a sus predestinados: como en otros campos, aquí protestantismo y judaísmo se dan la mano. Es imposible separar el prestigio cuasi ontológico de la popularidad estadounidense de un mecanismo teológico de confirmación. Si eres visible y bien conocido, porque tus negocios terrenales van bien, es porque Dios también te ha elegido. In God we trust. ¿Quién es el Dios de los nuevos elegidos? El éxito, la salida de los elegidos sobre la masa indistinta de los perdedores. En definitiva, la confianza y el temor que generas: Israel y USA se dan de nuevo la mano. No es tan difícil adivinar por qué millones de latinos –aunque quizá la teatral y emprendedora Italia es otra historia– abominan de la velocidad de esta usura inmisericorde. Qué significativo que un poeta como Pound, el autor de Francesca, haya tenido que ser literalmente enjaulado como nostálgico fascista.

Curiosamente, a diferencia de Hitler, el propio Stalin manifiesta más de una vez su admiración por esta sencilla fluidez que puede romper todas las barreras y abrir el pasaje a una nueva era. Una época que rompa, hay que decirlo así, con todos los viejos vínculos del afecto. Algún día veremos si en la actual Rusia postsoviética continúa esa complicidad de fondo entre el colectivismo comunista y capitalista o, por el contrario, la nación de los zares ha regresado a un cristianismo comunitario incompatible con nuestra velocidad de huida y de rapiña.

En resumidas cuentas, de tal mutilación existencial en las almas vendría una no menos proverbial infantilización. De los actuales USA, y del mundo que tiene bajo su paraguas –nuclear porque ha roto el núcleo común de las viejas vidas mortales– proviene este infantilismo gradual de las sociedades sometidas a su metafísica superficial: violar lo común, aislar y federar. La fisión como condición de la fusión. Tanto en España como en Italia, en México o en Holanda, es fácil pasar bastante vergüenza en distintos escenarios influidos por este recorte estadounidense de la existencia, visible tanto en cualquier acto de graduación académica como en una excursión estudiantil a un yacimiento arqueológico. Allí donde prima la comunicación, una diversión desenvuelta que tapa un furioso esquematismo de los contenidos, allí está lo que ellos –ignorando un multitudinario sur americano– llaman sin complejos America.

Sería casi divertido estudiar todo lo que esta simplificación binaria –por no decir inquisitorial– del periodismo progresista y de los cultural studies le debe a este bravo espíritu natal que funda un Nuevo Israel. Es ya un tópico decirlo, pero la veloz anorexia anímica que, después de la Guerra Fría, sigue enfrentando a Occidente con la mayoría de las culturas exteriores no se daría sin ese influjo paranoico de la dirección estadounidense. Una influencia, insistimos, antes cultural que económica y militar; antes incluso religiosa, también con el actual y fiero nihilismo, que cultural. Finalmente, tal influjo tampoco se daría sin la desembarazada actualización de un puritanismo cada día más fun que, con su resuelta voluntad de aislar y comunicar –de destruir y reconstruir–, nunca ha sido el defecto del sur europeo o americano. Sería también instructivo estudiar algún día el efecto en Europa de una neutralización alemana que, a raíz del III Reich, ha dejado a los súbditos de Úrsula von de Leyen, de Mark Rutte y Kaja Kallas, huérfanos de todo pasado que no sea museístico.

Media Europa y parte de los EEUU demócratas se ríen, se escandalizan y se asombran con Trump, que es el payaso oficial de estos últimos años. Pero Él y sus ocurrencias, en torno a las cuales gira hoy media escena mundial, son sólo una caricatura eficacísima del entero espíritu cultural estadounidense. Y un epítome difícil de separar del humus nacional, demócrata y republicano, del que se nutre. De ahí su impunidad, igual que la de Biden, que se manifiesta también en que todos le hagan la cama: Daddy, susurra con emoción un derretido Rutte. Quedan, sin embargo, otras preguntas. ¿Está el propio Trump, que nació para ser ultra-liberal, irreverente y grosero, atrapado en esta seriedad fúnebre de la lógica natal estadounidense? Tiempo al tiempo.

Primero violar y después asociar los restos. Policía malo y policía bueno. Ni Trump ni Biden, ni Bush ni Obama, tampoco Kamala Harris, Camile Paglia o quizá –Dios nos perdone– la mismísima Judith Butler, se apartan seriamente de un acento u otro en este guión profundamente «anti-comunista», aunque por lo demás entrañable. Naturalmente, hay mil honrosas excepciones, pero viven como plantas exóticas en unos márgenes que, sobre todo actualmente, son de consumo más bien «europeo». Con tal deconstrucción cultural, anterior y posterior al domino económico y militar, el idioma inglés ha penetrado el mundo occidental al prometer salvarnos, con una fluidez insular sin culpa, de la pesadez tradicional del pasado moral, comunitario y sentimental. USA impone un multiculturalismo de término medio que, como un anuncio que no anuncia nada en particular –sólo la nueva salvación del nihilismo veloz–, liquida cualquier cultura que no esté nuclearmente armada: es decir, armada desde sus raíces, aliando tradiciones milenarias con una tecnología punta. China, Rusia e India son odiadas, pero intocables. Claramente, no es el caso de Irak, de Yemen, de Libia o Palestina.

En Los Ángeles, lo sabemos, se miman y protegen mil restos de viejas culturas y lenguas americanas. Aunque con la condición de que sean sólo eso, lenguas: vale decir, culturas que adornan el triunfo, también californiano, de la economía como religión verdadera. Con la metafísica del aislamiento vital y la conexión social, igual las naciones que los individuos, todos serán reconocidos en el escenario mundial con tal de que sean inofensivos y reserven su diferencia para el mercado del espectáculo. Si hacen otra cosa se convierten en la disculpa maléfica para una intervención de la alianza internacional de los elegidos. Una lección escénica y política que parecen haber aprendido muy bien, no sólo Rusia y China, sino también la Corea de Kim Jong-un. O un Irán que se resiste, primeramente por razones antropológicas de supervivencia, a desactivar su programa nuclear. Hacen bien, pues su única posibilidad es ser temibles.

La disuasión nuclear entre nosotros, se dice con razón, nos ahorra la guerra. Pero sólo entre nosotros, en el Primer Mundo y sus barrios periféricos, despóticos pero armados hasta los dientes. No para los otros, de Serbia a Colombia, de Yemen a Gaza y otras zonas secundarias. Hemos cambiado, en parte, las viejas guerras de religión y de dominio nacional por una guerra civil perpetua donde cada ciudadano debe lidiar día a día con el resto del orbe, con una sociedad que por mil caminos –hasta el de la duda, y lo que quede del complejo de culpa– se ha infiltrado en sus venas. Aparte de Gaza y Ucrania, no suele haber grandes matanzas en masa al estilo de las dos contiendas, pero la vida languidece en unos márgenes bélico-pacifistas que se confunden con la más iluminada de las escenas. ¿Es insignificante que los verdes alemanes apoyen, casi sin fisuras, las políticas genocidas del Estado de Israel? También en este sentido, quizá el afuera ha pasado adentro… ¿También en este sentido el Anticristo es el nuevo Cristo del nihilismo? Recordemos, sin una especial saña ni mala fe, que en los funerales del reciente papa Francisco sólo faltaba Netanyahu… A diferencia de las certezas estudiantiles del Mayo Francés, ¿seguro que hoy las estructuras, de origen americano, no bajan a la calle? Todo indica que la alianza del actual Occidente con este demente Israel que arrasa Palestina se debe a la fascinación ontológica con la posibilidad de separarse –en medio del mundo: Medio Oriente– de los hijos del atraso y de las criaturas de la tinieblas. Recordemos que, con una puntería impune, se dispara a la infancia de esa estirpe para yugular de raíz la vieja tentación palestina y semita de descender.

A fin de cuentas, nuestra adorable comedia imperial, que para nada –a pesar de los reveses militares– está en decadencia, es este doble dispositivo: simplificador del lado real; complicado y enredante del lado social y tecnológico. Caído como el maná del cielo de lo que se llama América, nuestro poder es tétrico en lo existencial y optimista en lo espectacular. La soledad inenarrable de las almas se alía con la histeria del contacto. De un lado, el conductismo masivo de las poblaciones bajo la economía de la imagen y la acción empresarial; empezando, hay que repetirlo, por la pequeña u mediana empresa de  mismo. Del otro, como suplemento, una libertad de expresión que –no sólo en las salvajes despedidas de soltera inglesas en la dulce costa española–, a la fuerza, ha de rozar lo obsceno. En el límite, la abyección nos salva de la depresión.


Verano indio. Sobre un bloqueo de origen estadounidense (I). Ignacio Castro Rey

Verano indio. Sobre un bloqueo de origen estadounidense (I)

Publicado en Brownstone España
Ignacio Castro Rey
9 de Julio 2025

EE.UU. es el racismo occidental, su platonismo, sin ningún complejo de culpa. Con América el odio occidental puede ser incluso sonriente y adoptar un aire indie.

El siguiente esbozo de una arqueología palestina de los USA no está motivado tanto por la ignominia de los múltiples países —de «nombre impronunciable»— que la nación de Obama ha bombardeado en los últimos cincuenta años, cuanto por el poder de preocupante infiltración que, en la medianía progresista europea, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, ha mostrado la propuesta de «salvación americana». Salvación de qué, se podría argüir, en medio de un planeta tan laico que ni siquiera necesita ortodoxia. Salvación del alma común y singular, en las cosas y en las personas. De Kamala Harris a Trump, de Thatcher a Mark Fisher, un común denominador de odio y aversión a la indefinición común, al afuera de las almas, caracteriza a la penetración americana. Esta espiritualidad bastarda articula la legendaria usura de los amos de la globalización, antes que una eficacia meramente económica. Si entramos en algún local de Lavapiés donde esta onda ligera y actual se haya empoderado, reina una elitista uniformidad antropológica tras la apariencia cool y personalizada. El signo monolítico de los cabellos de moda, de la sexualidad exhibida y normativa, del inglés fluido y las ropas de marca, calculadamente informales, sugiere sin palabras que la única prohibición atañe a la intensidad de existir. Todo lo demás, desde una sexualidad no normativa hasta cierto aire zen compatible con las finanzas, está permitido y es parte de la fiesta de la diversidad. Entre otros, un libro llamado Los engreídos (Sahra Wagenknecht) se ha tomado la molestia de detallar este furioso complot político contra lo real que explica nuestra pésima relación con los pueblos, de adentro y de afuera. Pero justamente por eso, tal documento, como muchos otros libros y personas, permanecerá desconocido, silenciosa y definitivamente cancelado.

Esto es hoy el progresismo, hijo natural de la severidad protestante: una pasión multicolor y sexy que nos desarma ante el inevitable B/N de cualquier decisión moral, cualquier estado de ánimo intenso que tenga un referente en la existencia. Va a ser por tanto inevitable, en el fenómeno actual de la compleja y adorable «América», usar a fondo los lugares comunes. Los tópicos son una fatalidad turística y casi siempre xenófoba, pero a la vez –también con España o Italia– indican algo central que, de puro obvio, puede pasar desapercibido. Lo cual es especialmente relevante en una nación construida desde cero y trazada, por así decirlo, a tiralíneas. Ni que decir tiene que la brocha gorda de lo sistémico no vale para el ser humano, que siempre —literalmente siempre, incluso en el peor de los casos— es un milagro. Basta con recordar ahora la inteligencia y el candor de una persona como Marilyn —y esto es otro tópico y a la vez no lo es— para que las presentes aproximaciones a la estructura metafísica de los EE.UU. se pongan en sordina. Que conste, pues, que lo que sigue es una reflexión sobre cierto registro ontológico de los Estados Unidos de América que para nada supone un juicio moral o antropológico sobre la humanidad que vive en esa nación. Naturalmente, a pesar de todo, también allí hay dioses.

Vayamos entonces a un primer índice escénico. El western, la comedia y el musical son románticos travellings, harto complejos y dudosos, a través de un pasado plagado de escenas sentimentales, de aventuras y cabalgadas, de indios buenos y forajidos malos. Recordamos, no obstante, y esto no ha dejado de acentuarse conforme la nación tropieza con dificultades, que los Estados Unidos se criaron bajo un constante efecto túnel de pánico ante la abigarrada amplitud de la vida en la tierra. No hablamos del miedo ante una u otra situación estresante, razonablemente peligrosa, sino de un pánico insular ante la ancestral finitud que gobierna casi todos los parámetros de una existencia humana rodeada, desde siempre y para siempre, por otras vidas que no son exactamente humanas. El fenómeno de este pánico en los nuevos pobladores es hasta tal punto relevante que la ecuánime Hannah Arendt, la pensadora de la «banalidad del mal» a propósito de Eichmann y el nazismo, lo reconoce desde el comienzo mismo de La condición humana.

Del clásico fundamentalismo Wasp al nihilismo multicolor actual, también fundamentalista, hay una línea de continuidad: la de un integrismo del vacío, justo por ello mucho más implacable. Podríamos decir, sin temor a exagerar demasiado, que tal integrismo incluye la salvación a través del poder del espectáculo y de las armas, del tamaño de los proyectos y del estruendo de las escalas. Pongamos otro ejemplo mínimo, casi ridículo. En el parque de secuoyas de Muir Woods, al lado de San Francisco, es prácticamente imposible –igual que en cualquier bar español– conseguir que los turistas estadounidenses guarden un relativo silencio que respete la supuesta vida natural del entorno. Sólo queda la esperanza de que las ardillas y los osos –como en las historias de Disney– fuesen también yankees y, por tanto, habituados al ruido y amantes de la diversión.

De origen violentamente protestante –separación de la comunidad terrenal y relación interior con Dios– la metafísica fundacional estadounidense ha tenido un doble efecto muy sencillo que explica su éxito «popular» en los territorios que invade; no sin antes, con frecuencia, destruirlos militarmente. Se puede resumir así esa eficaz pragmática de dos caras, tétricamente «espiritual» en el peor sentido de la palabra. Por una parte, una simplificación adolescente de los contenidos reales y de sus significados, esquematismo del que no se han librado siquiera sus humanidades. Por otra parte, una complicación artificial y espectacular de los escenarios de ficción social, judicial y política; a ser posible, plagados de focos. El cine de acción estadounidense —en cierto modo, ya que la modernidad adelgaza la vida, el propio cine es un invento «americano»— no deja de conectar con la violencia incesante de unos átomos sueltos, desarraigados y perdidos en un fondo desértico. Desterrados, tales individuos no tienen mucho más que la acción violenta para hacerse visibles y sentirse vivos. No hay mucho que contemplar para un fundamentalista inmigrante que quiere dejar atrás el pecado común de ser mortales y vivir en la tierra. Por eso es tan normal en la literatura y la cinematografía estadounidense que se haya de dar una situación excepcional –guerra justa, escena hilarante, juicio espectacular y estresante, catástrofe natural– para que se pueda producir algún tipo de encuentro, de eventual y emotiva comunidad humana.

En dirección exactamente contraria a la inicial metafísica paleocristiana, adelgazar insularmente la existencia y engrosar continentalmente la economía y el poder civil es la regla estadounidense. Aislar las vidas mortales, desarraigarlas de su alma antigua, común y a la vez singular, y conectar su reanimación posterior. Que esta resurrección civil sea bélica, sentimental, extremista, agresiva o cómica, es completamente secundario. Lo importante es que lo natal sea arrasado, en suma, que la fusión vaya después de la fisión. La propia comedia, un género con amplísimo recorrido estadounidense, debe incluso convertir el infortunio en una industria cultural. Si todo va fatal, por favor, nada de tragedias o de perder mucho tiempo en la queja y el llanto: intentemos montar una empresa y crear algo, a ser posible haciendo reír a los demás. Cuando hace unos años se tacha masivamente a Detachment de «pesimista», pasando inmediatamente a la categoría R (Restricted), es para orillarla y que no contamine, en el año de gracia de 2011, al empuje americano. Es significativa también, en esta misma línea, la anécdota del actor Tom Cruise que, visitando una sala hospitalaria de niños con cáncer, les anima enérgicamente: «Venga, alegría, a moverse, a saltar… ¡A bailar!». Si nuestras estrellas y comedias son casi siempre por completo insulsas, cuando no siniestras, es por esa expulsión de lo trágico de una «escena americana» que ha inundado todas las esquinas. Lo apartado como mortal regresa como un conductismo tedioso, letal. Hasta en la pornografía.

A pesar del militarismo israelí y de los peores USA, conviene no engañarse. A ser posible, nuestra violencia es por goteo –american way of death–, con unos dispositivos lentos de desgaste, e intimidación por redundancia, donde el papel represivo de la diversidad informativa es clave. Ya no estamos encerrados, sino personal y mentalmente endeudados. Personalización en masa. Esto explica el alcance de la censura actual y también el nuevo papel de la juventud y la mujer en el descaro del reciente poder ondulatorio. Efectivamente, más parecido a una tabla de surf que a un rompeolas. La evolución de la izquierda hacia el orgullo gay, especialmente patético en la versión española, ha tenido efectos funestos, pues dejó sumida a la heterosexualidad obrera –que era el motor de las luchas, también contra la censura – en el miedo, la tristeza y el complejo de culpa.

Que conste que algunos, frente al aburrimiento europeo, adoramos cierto registro de la creatividad estadounidense y tenemos la casa llena de algunas de joyas escondidas. Y no sólo Coltrane, Cage y Foster Wallace… Pero no se debe olvidar que un piélago social de soledad e íntima desesperanza es el trasfondo –en los propios Beatles– de la creatividad angloamericana. No se nos puede quitar de la cabeza que la viveza del espectáculo estadounidense, de la comedia y las aventuras al music hall, proviene de un autismo de fondo que alimenta una increíble agilidad escénica. Si ellos, la nación en la que Dios confía, son además una cantera de excelentes actores es, aparte de la tradición teatral inglesa, porque llevan años actuando ante los demás y se han arrancado —esa es la primera Gran Migración— cualquier nostalgia atávica de aquel resto llamado corazón. No les queda, apenas, nada realmente vernáculo que les frene. Así pues, no basta con estar, con habitar: hay que actuar. Se ha comentado mil veces que parte de la población afroamericana —no digamos ahora los latinos, republicanos o demócratas— es víctima de tal autoodio, de una esquizofrenia escénica en la que el espectáculo deportivo o musical es la única forma de escapar a la marginación y la pobreza.

Y esto es quizá lo que en el fondo tienen contra el Viejo Mundo comunitario, desde Europa y Rusia hasta el orbe musulmán o latinoamericano. No hablemos de Palestina, que para ellos nunca existió. Es preciso romper con el «comunismo» sin programa de la vieja vida terrenal practicando un Time is gold que ya está en los inicios protestantes del capitalismo. Intentemos recordar, en los últimos cincuenta años, una sola nación comunitaria que no hayan intentado bombardear o no hayan hostigado hasta el límite. Barras y estrellas. Destruir y después reconstruir geométricamente; balcanizar y después federar: este es el mensaje, convertido hace tiempo en enérgico medio imperial. Si enseguida son «el primer estado-delincuente del mundo», han dicho casi al unísono Chomsky y Michael Moore, es por esta furia puritana anterior. E interior. Ante todo, son el mayor disolvente cultural de Occidente, una fuerza insular de desarraigo, de ahí también sus eternas tensiones internas entre el Estado federal y la vida local, entre federados y confederados, entre la nación y las mil sectas emergentes.

El éxito de la quizá mal llamada americanización es que el mundo que ellos invaden logre practicar, con una nueva e ingenua fluidez —que puede tener incluso toques orientalistas— el desprecio del exterior que, en los propios territorios que se conquista, los occidentales hemos conseguido ignorar. EE.UU. es el racismo occidental, su platonismo, sin ningún complejo de culpa. Con America el odio occidental puede ser incluso sonriente y adoptar un aire indie: el movimiento MAGA no es del todo ajeno a esto… La vocación de limpieza que caracteriza a los gringos no es esencialmente étnica —el toque demócrata multicolor lo ha aprendido hasta la Pepsi—, sino antropológica y cultural, por no decir espiritual. Todo lo exterior sirve como materia prima —también las etnias, las lenguas minoritarias y la cocina exótica— para la trituradora turística; es decir, con tal de que se conserve en modo vibración, como un resto terrenal que no pase de una leve turbación numérica. En cuanto a esta aversión estadounidense a lo común a la humanidad es muy valiente —quizá sólo un judío podía atreverse a hacerlo— el texto de George Steiner «Los archivos del Edén», en Pasión intacta. Steiner vincula ahí la actividad ordenadora y archivadora de la cultura imperial norteamericana a un sectarismo puritano que quiere a toda costa fundar un presente limpio, que guarde el dédalo del viejo mundo momificado, libre de sangre en las venas. El propio historiador y antropólogo Emmanuel Todd, con una amplia y seria carrera académica detrás, vincula en La derrota de Occidente la increíble ceguera occidental ante Rusia, que todavía sigue al borde del ridículo y la tragedia, con esta sordera de origen genuinamente rigorista y protestante.

Enérgicamente liberado de ancestros, de indígenas y elementos contaminantes, el emergente Edén debe pasar cuanto antes a una ordenación compatible con la limpieza cristalina del registro digital. Los números, es una vieja tentación, son como el dedo de Dios. Antes y después de la actividad militar y de los aparatos de vigilancia, se trata de facilitar la labor austera de congelar el fondo ancestral de la Tierra. Se busca así un pasado disponible, empaquetado para el tránsito fluido que debe ser el presente. Tal vez esa es la usura de fondo que, antes incluso que la rapiña capitalista, tanto incomodaba a Pound. Todas las formas de ligereza y velocidad a las que desde hace tiempo cedemos, gracias a America, necesitan un presente libre de la lentitud sentimental de los espectros, que se dejan para el encanto turístico local o para el universo de las sectas. Poco después lo «analógico» será signo de antiguo, vale decir, demasiado análogo de nuestros abuelos.

Los Estados Unidos de América no siempre fueron así, ciertamente, ni hoy son del todo así. La hoy ignorada corriente trascendentalista estadounidense —Emerson y Thoreau, pero quizá ante todo Whitman— siempre alertó de que la libertad civil, incluso en el espacio de una nación, debe subordinase a la libertad natural. Es posible que esta cuestión del peso institucional y estatal, y no la cuestión de una esclavitud negra que en realidad continuó por otros medios en el progresismo capitalista, sea central en una guerra civil norteamericana que no parece haber terminado. Como tampoco han terminado, ni terminarán, las tensiones de la Inglaterra insular con el Continente que durante siglos, antes de esta aberrante americanización, fue realmente continental. Lo gracioso es que, aunque Francia y Alemania se clonen cada vez más según el modelo triunfal de las barras y estrellas, nunca será suficiente para el ansia aisladora de los penúltimos amos del mundo. America es como el superyó: como no puede arraigarse ni parar, nunca tiene suficiente en su huida hacia delante.

En un punto crucial que atañe a nuestra tradición materialista, sería importante no seguirse engañando. Más aún que en el resto del capitalismo, la pujanza «americana» proviene de una metafísica, no del simple peso gigantesco de una economía muy dinámica. Además, la economía y el fetichismo de sus mercancías —lo dice más de una vez el propio Marx— siempre ha sido resultado de un secularización, la forma más depurada e «inmanente» de cierto espíritu occidental convenientemente depurado. Si EE.UU. fascina, incluso en las mejores cabezas europeas, es por la posibilidad, por la promesa de una revolución civil e ilustrada que cale hasta los huesos, rescatando a la vida de sus atavismos sentimentales y llevándola a un doble público, a una insólita transparencia mundana. En eso están, y no menos el New York Times que cualquier periódico conservador del sur profundo: el progresismo sólo le ha puesto un color inclusivo a esta vieja furia. La ferocidad inmisericorde con la que los elegidos de «América» han tratado y tratan a sus propias minorías —oscuras, opacas y atrasadas—, sean inmigrantes latinos, población indígena india o afroamericanos, proviene de un rigor fúnebre que entiende que existir es ser transparente por medio de la actividad incesante. El Nuevo Israel es un archipiélago trepidante de puntos, almas aisladas y desarraigadas —desalmadas— de su raíz común y conectadas imperiosamente al espectáculo de la supervivencia. En algunas ocasiones se ha visto con detalle el papel de las sectas protestantes de Gran Bretaña y Europa en toda esta limpieza anímica.

Barras y estrellas. Estrellas de insularidad y líneas rápidas de contacto. Hasta la proverbial sencillez, el candor y la espontaneidad estadounidenses —tiene algo de ficción escénica y tiene algo de cierto— es la de una humanidad que ha logrado expulsar al demonio común, la noche terrenal que anidaba en nuestros corazones, para conectarlo a un cerebro diurno perpetuamente encendido. La fuerza civil angloamericana es la de una existencia mortal que huye de la esencia de la existencia. Todd lo dice de otro modo: al huir de lo trágico, del sentido de la muerte, al nihilismo de cuño estadounidense sólo le quedan las matanzas. De ahí quizá la alianza creciente y perversa, desde el asesinato de Kennedy, con un judaísmo que, como efigie congelada de las víctimas, se erige en la privilegiada coartada «espiritual» de un pragmatismo bestial. Exactamente igual que en el actual «Israel»: con una orgía de impunidad envidiable para los nazis, Dios como coartada de los elegidos. Sería muy instructivo estudiar cómo la versión sureña y la norteña de los Estados Unidos, con una guerra civil que acaso todavía continua —igual que en tantas partes—, se enfrentan y de alían también en ese punto. ¿No tenemos a veces la intuición de que en el sur conservador, a pesar de un racismo tan tópico como real, se escucha mejor a la «vieja humanidad» que en el norte progresista? En este punto, como en tantos, el progresismo medio no hace más que repetir rancios mantras ilustrados. Repasemos con cuidado la pobreza de la Texas de Malick en The tree of life. Un niño pregunta, con una antigua zozobra cristiana: «Mamá, ¿esa desgracia puede pasarnos a nosotros?». La madre calla.


No es para tanto de Ignacio Castro Rey - Sirat de Oliver Laxe

No es para tanto

Frente al espanto de aburrimiento, de censura y matanzas que es la actual Europa, el premiado filme Sirat, de Oliver Laxe, es en principio un alivio, pues desnuda la violencia nihilista que nos rodea.

Brownstone España
Ignacio Castro Rey
29 de junio 2025

Volviendo una y otra vez a la polvareda de la desolación, no es seguro que Oliver Laxe sea ahora hospitalario con la nación norteafricana que le acogió tantos años. Al margen de esto, Laxe parece haber logrado una película invasiva como una rave, provocando una intensa controversia que no es indiferente a nadie. Es quizá lo mejor y lo peor de SiratTrance en el desierto, pues quizá esta polarización del público se produce en parte con métodos espurios, a los que no se recurría en Lo que arde.

Lo primero que tal vez hay que decir es que, frente a nuestro tedio urbanita y progresista, de derechas y de izquierda, una facción del público de Laxe desea hace tiempo fugarse de la violencia nihilista que nos rodea, escapar de la banalidad del espectáculo para volver a un trance que nos acerque a la droga del silencio, del vacío y los eriales despoblados. Laxe parte de este dato constatable, la hartura que produce la cultura del llenado y su diversidad de pacotilla. De ahí su preferencia por paisajes yermos, personajes de bajo perfil, frases intranscendentes y a medio decir… Sobre todo, en este caso, su apuesta por una magnífica procesión de perroflautas, renegados occidentales que, tullidos y feos, en Sirat cruzan los páramos en busca de un delirio (rave) en el vacío, libre de nuestro policial orden pactado.

De lo mejor de la película es este grupo de desertores, hoscos y sin peinar, que se acaban haciendo querer. Viva el arenal y vivan sus monstruos. Porque además, ¿lo otro qué es? Variaciones del apartheid climatizado y nuestra muerte a plazos, al estilo de Alemania, Francia o Inglaterra. Variaciones de nuestro holocausto a cámara lenta, se alíe o no con el genocidio y la limpieza étnica propias del terrorismo primermundista. Frente a este espanto de aburrimiento, de censura y matanzas que es la actual Europa, la película de Laxe es en principio un alivio. No hay más que soportar estos días al narcinismo de un personaje siniestro como Mark Rutte, sonriendo sin parar mientras trafica con el miedo a un enemigo inventado, para simpatizar con casi todos los marginales y traidores a nuestros «valores», incluyendo algunos delincuentes que no sean de guante blanco.

Con los defectos que sean, pero más cercano a Erice que a los hermanos Almodóvar, Laxe no deja de acariciar en toda esta larga y a veces tediosa historia una posible realidad antropológica ajena a nuestro autismo climatizado. Como autor espiritual de inspiración indie, Laxe cultiva la posibilidad de que lo real se escape absolutamente de nosotros, los progresistas del capitalismo. Acaba entonces por resultar simpática, igual que podría ocurrir antes con los hippies de otras épocas, esta épica del afuera, con sus paisajes grandiosos y sus pistas de tierra polvorienta. Sin la droga romántica de ese posible Exterior seríamos todavía más patéticos, quizá directamente neonazis.

Otra cosa es que esta tentativa ética y épica de Laxe cometa unas cuantas incongruencias. No parece mal que apenas haya diálogos o que estos sean intranscendentes, tipo «Pásame el martillo». Rodeados como estamos de aburridos expertos, además completamente inoperantes, resulta hasta entrañable que los actores sean gente corriente, adorablemente feos e incapaces de vocalizar bien.

Precisamente parecen menos logrados los personajes de Sergi López («Luis»), el niño Bruno («Esteban») y su perrita. Son elementos torpes, redundantes, típicamente urbanos y occidentales: bonachones, hipocondríacos, poco creíbles, etc. Mascotas de la inmensa cárcel a cielo abierto que es hoy la Democracia, los dos intrusos en busca de la chica perdida (que tal vez se haya ido harta) son virus que acaban por reblandecer a la tribu. Hay por en medio alguna frase buena, aunque pronunciada por los disidentes: «El fin del mundo es algo que ha comenzado hace mucho». Pero esos dos personajes tediosos, Luis y Esteban, aunque ponen un contrapunto a los magníficos cinco raveros, introducen un factor blando de sentimentalismo.

Sobre todo, como si Laxe tuviera poca fe en el trance del desierto, en esta narración parecen falsas casi todas las muertes. Y no exigidas por el guión, pues la muerte viva ya estaba en la travesía de la búsqueda baldía, en la religión insinuada de las afueras, en la música techno y los escenarios asolados de un fin del mundo. La muerte de Esteban y su perrita es un capricho, una crueldad que atrapa emocionalmente, pero amenaza con falsear la historia. Es un accidente artificial, caprichoso e impostado. Introduce además una aflicción en los vagabundos del yermo («Necesitamos ayuda») que está a punto de acabar con su brutalidad y con su épica. Tampoco se entiende, la verdad, la necesidad de aquel campo de minas final que pulveriza a tres de los cinco peregrinos musicales de los páramos. Todas estas muertes violentas son cromos del calcomanía pegados a la fuerza, unos efectos especiales que la historia de Laxe, en principio, no necesitaba. ¿Es sólo para atrapar todavía más al espectador? A algunos nos alejó. Y además, tales recursos narrativos convencionales (la muerte violenta ya es una convención) tienen el efecto de domar y estresar a lo mejor de la historia, ese grupo de salvajes que cruza las extensiones baldías con sus altavoces.

A pesar de todo, también de un patético Luis que simula convertirse a la música rave en medio de un duelo que nunca resulta creíble, la película acaba bien. O sea, mal, con esas tomas finales de los supervivientes subidos al techo de un tren de carga. Unos vagones atestados de polizontes, en migración incierta por el desierto marroquí, nos devuelve a los interrogantes de los que nunca debimos salir. Al misterio de una tierra extraña, donde todos somos extranjeros, y al trance que la incertidumbre y un peligro sin rostro generan.

Los que somos simpatizantes de la humanidad atrasada que Laxe parece cultivar querríamos pensar que esa imagen continua de unas periferias africanas arrasadas, muy alejadas del confort turístico, es otro atentado más a nuestra abyecta ansia de geometría y seguridad. No se sabe por qué, algo de esta historia podría recordar al desamparo de L’America, de Gianni Amelio. En medio del desastre que hemos creado en el extrarradio, donde las multitudes azotadas por la arena y la pobreza apenas tienen interés en identificar al enemigo, sigue existiendo una posibilidad rítmica, precisamente en medio del asolamiento, la sed y el silencio.

Un poco a la manera de esa música rave que invade los sitios abandonados, donde la melodía sin letra se compone en la combinación de lo repetitivo y los estallidos, con bruscos loops que apenas tienen término medio entre la reiteración y el sobresalto. Esa música envolvente, obsesiva y sin lirismo, es quizá hermana de la aridez desértica. Creando una atmósfera de hipnosis para nuestros cuerpos y mentes fragmentadas, logra también la sustancia de un delirio in crescendo. Y es esta energía del ritmo rápido, con secuencias reiteradas y ráfagas que vuelven, la que está a punto de naufragar por la intrusión de elementos narrativos propios de las series de éxito.


Fíos da alma. Teatriños de lo imposible. Jorge Naval. Arranca ed., Madrid, 2025*

ALEACIONES PROHIDIDAS

Fíos da alma. Teatriños de lo imposible. Jorge Naval. Arranca ed., Madrid, 2025*

La existencia clandestina de Jorge Naval como pensador, lector y erudito, dice mucho del bucle cultural en el que vivimos, allí donde la miseria académica y la obscenidad televisiva se alían para cerrar el complot contra lo real que nos hace globalmente autistas. Que Naval apenas sea conocido en la filosofía española indica que casi todo lo que conocemos de ella debía de ser harto sospechoso.

Seguir las corrientes subterráneas requiere una conspiración casi nocturna. Este libro es eso. También es el diario de alguien que no renuncia a la humilde, a la terca fidelidad de tener un alma. Con la minuciosidad propia de un relojero, Jorge Naval se propone en estas trescientas páginas atender a lo impersonal y anónimo, al cualsea de los seres escondidos en nuestra perpetua iluminación, secretamente poblada de hilos. Fíos invisibles en los que todo conspira y se relaciona, aunque sea a distancia. La más inconcebible lejanía alienta en cada ser, y esto es de lo que se ocupan nuestros Teatriños, donde la fragilidad del saltimbanqui es una figura central.

En medio de nuestro estruendo social, una orfebrería de lo ínfimo y cambiante sólo pudo ensayarse con un trabajo en el silencio de las noches. Sí, como si fuera necesario sorprender a la impiedad del día desde un huso horario donde los vínculos reales sean otra vez posibles. Quizá una de las primeras tareas políticas, en este mundo sometido a una despiadada radiación, es no dormir muy bien. En principio, en medio del despotismo de la visibilidad es fácil liberarse, pues bastaría con dar un paso al margen. El único problema es que los nuevos apóstatas, conspirando bajo un complot contra el alma que está consensuado hasta el último hilo, conocerán una soledad que apenas rozó a nuestros abuelos. Hoy Naval nos recuerda, citando a Vallejo, que hay gente tan desgraciada que ni siquiera puede tener un cuerpo, yaciendo así casi invisibles. Pero es preciso recordar que en este libro el «casi» lo decide todo.

Hay que estar muy preparados, sin embargo, para la conversión a lo inmediato que se propone en Fíos da alma, un libro que se demora en aleaciones prohibidas y es completamente ajeno al miedo atávico que guía nuestra velocidad de escape. Es constante el retorno de estas páginas a vivir y pensar la sustancia de las gotas, aquello que apenas es un punto de vibración. Heredera de Benjamin y Agamben, la apuesta de Jorge Naval por lo necesariamente contingente nos invita a atender una existencia que no necesita cables ni coberturas, pues mantiene toda clase de vínculos en su más escondida intimidad. Esto quiere decir que en cualquiera momento, en cualquier ser, hay una procesión que va por dentro.

En la fluidez de esta dureza optimista es posible que Naval está más cerca de Leibniz que de Kant. Lo importante, sin embargo, son las verdades que nos dona en este libro la literatura, de Rilke a Celan, de Cervantes a Kafka o Rimbaud.

No hay aislamiento sin vínculo, igual que no se da en Fíos da alma ninguna puntada sin hilo. La soledad es en nuestro libro una encrucijada de la que parten todos los caminos. A la manera de María Zambrano, Naval genera un público potencial en el acto mismo de crear y tender hilos imprevistos. Y ello con una obra inmensa y miniaturista, subdividida en escenas y pequeños teatros de encuentro. En cada uno de ellos la irreparable soledad de algunos pálpitos permite encontrar un abrigo, la morada propia de cada intemperie. Nuestras escasos santuarios actuales han de conseguir que el frío exterior se haga al fin habitable. Con estos hilos sentimos que la tarea mesiánica de los solitarios es forjar una especie de aristocracia del subsuelo, una vanguardia de lo abierto.

Como un orfebre nocturno, maestro de aleaciones imprevistas, Naval ensaya incansablemente la copia, una traducción que es a la vez variación. Reproduce colores, formas y sombras; calca palabras, susurros y silencios. Todo lo relevante es difícil, y todo resulta relevante en este inmenso retablo del corazón. Copiar una y otra vez es para Naval embeberse de lo extraño, del extranjero que habita en el centro. Algo así como aprender de memoria, par coeur, aquello que es común y a la vez subsiste enterrado. Copiar es al mismo tiempo calco y versión. De paso que se imita algo, se le empuja a una pequeña variación que lo hace comunicable. Y en esa pequeña diferencia de un casi continúa la llama, la pulsión humilde de una épica, aquello que siempre se debate en la tormenta y a un paso de la desaparición.

En la ausencia se posa el dios, escribe Jorge Naval, un mesías que puede venir cuando no se le necesita y sin perjudicar a nadie. Las criaturas viven administrando su éxtasis, nos recuerda en estas páginas Emily Dickinson, aunque solamente el verano debe saberlo. ¿El verano sería sólo la imagen de cualquier despertar, de un mediodía que reabsorbe las sombras?

Estos teatros de lo imposible son también un canto a los guijarros del camino, a aquellos humildes seres caídos en los que también se demoraba Machado. Desde una sensibilidad galaico-portuguesa, este libro intenta narrar el renacimiento latente de todo aquello que es poco más que un hilo. Eternamente corruptible y fugaz, cualquier criaturita encarna ahora una promesa humilde de felicidad. Estamos así ante una Summa de casi todo lo pendiente. Lo abandonado y sumergido, lo perdido y fracasado, albea de nuevo en umbrales. Es como si un Arca de Noé salvase otra vez la innumerable reproducción de las cosas, pero sólo muy cerca de su irremediable perdición.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 1 de junio de 2025

* Una versión más breve de esta reseña se publicó en la revista Zenda el pasado sábado 14 de junio.


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