ETIQUETAS DEL YO
Lo que sigue es un comentario levemente crítico sobre el exitoso "La imposible dedicatoria", de Paul B. Preciado (Revista de la Universidad de México, abril de 2020). Antes del coronavirus, Preciado nos cuenta que hablaba por videoconferencia con sus padres, residentes en Castilla, una vez cada dos meses. Ahora la llamada es diaria y, confiesa, una "bomba de oxígeno". Tal vez heredó de su madre lo que él llama talento para el melodrama: "Mi padre tiene noventa años, es un hombre dinámico que antes del encierro caminaba cada día ocho kilómetros. Es también un hombre frío: un niño abandonado por su propio padre que creció sin afecto, pensando que el trabajo es su única razón de existir". Sin embargo ahora Preciado, que confiesa que el afecto de su padre le desorientó en el último encuentro virtual, es fiel a la herencia paterna, pues también él parece creer que ser conocido gracias al "escándalo" de su cambio de sexo es su única razón de existir. Uno y otro parecen seguir una senda muy fija, aunque el padre (según el propio relato de Preciado) un poco más humana.
Envío
Querido L.,
Tiene gracia que le llames simplemente "envío" a las cosas que me mandas, como si fueran solo un paquete anónimo y sin sustancia. Y es todo lo contrario, por eso a veces tardo en contestar. Aunque ya sé que no hay nada que contestar.
Enfermos de eros, dices. Sí, algunos, algunos lo estamos. Pocos, los que llevamos mal la crudeza del día. El resto se dedican, como máximo, al sexo. Que tampoco creas que son muchos; siempre se miente, también en eso.
Mi libro se dedica al amor de la noche, es un canto al erotismo de todos los seres, tapado por esta ola de sexualidad vigoréxica. No sé, je, qué pensaste de mi trabajo actual.
Habitar allí donde no hay memoria (Deleuze). Qué envidia, sí, qué milagro. En mi libro, pero no quieres leerlo (y tal vez haces bien), las partes cruciales se dedican a ese milagro, ya asexual, donde la conciencia desaparece. Donde la memoria y la imaginación no son necesarias. Lo más lejano está allí, fundido con el aliento pueril de la cercanía.
Visto. Danke! Pero...
Querido M.,
Eres un tío cojonudo. Bueno y elemental. Pero si eres más vago... no sales del seno de tu madre.
Te odio. He tenido que rehacer tu texto de cabo a rabo. Por no haber, como siempre, no había ni puntos ni comas bien puestos.
Tienes un gran corazón. Para tu cabeza no lo sigue, en absoluto. Te contentas con quejarte todo el día y sentirte incomprendido, con el sentido del humor agónico de alguien que se encuentra cómodo en el papel de proletario espiritual.
Pero es igual, todo está bien. Tanto lo que me enviaste como tu modo de ser. Yo a tu edad estaba, creo recordar, mucho más verde.
Así pues, abrazos y gracias,
Ignacio
Madrid, 26 de abril de 2020
Uf
A., querido,
¿Por qué no lo dejamos? Como amigos o como conocidos, qué más da. Como lo que tú quieras, pero sin malos rollos.
Creo que perdí el correo donde me escribías sobre Lluvia oblicua, pero no importa, seguro que nos liábamos otra vez. Y acababas de nuevo ofendido, estérilmente: ¿para qué? Todo esto es un poco agotador. Y lo es desde hace años, querido. Prácticamente no hay nada que te diga, que te escriba o que pueda decirte, que no genere inmediatamente una ráfaga de ironías, quejas, protestas, impugnaciones a la totalidad, enfados y reproches.
De verdad, no vale la pena. Debe haber algo que me perdí allá atrás, hace años, pero así es siempre. El otro día, lo de A. era una completa tontería. Afortunada o no, de acuerdo, pero una tontería sin ninguna carga. Y casi desencadena la Quinta Guerra Mundial. Pero si no fuese eso sería otra cosa.
Recuerdo cuando hace cerca de diez años te envíe aquella "Una encuesta inesperada" (¿Recuerdas? Una encuesta de Psicología que me devolvieron mis alumnos y yo contesté y reenvié después). Bueno, pues de los cientos de correos enviados fuiste el único, creo recordar, el único con el que me enzarcé seria y abruptamente. El único. Y así ha ocurrido demasiadas veces.
Cuando te hago una recomendación de buena fe, o dos, lo mismo. Enseguida me contestas con cajas destempladas. Y a lo mejor tienes razón. Tenemos gustos muy diferentes, humores muy diferentes y tal vez estamos en un punto de nuestro recorrido vital muy diferente.
Entonces, ¿para qué continuar y seguirnos molestando? Te pido disculpas si te he molestado en algo. Nunca máis. El mundo es muy ancho y queda mucha gente, incluso para personas tan "especiales" como yo o como tú, para estar a gusto, de acuerdo o en desacuerdo.
Y no son los acuerdos o desacuerdos los que caracterizan nuestros desencuentros. Eso qué más da, ¿qué importaría? Es el tono mutuo, de duelo medieval, como si tuviéramos siempre que demostrar quién la tiene más larga.
Se acabó. Lo siento, será culpa mía, pero no me interesa, Ni me interesa remontarme a atrás, a no sé qué reunión de Microfisuras, etc.
No, prou. Vamos a dejarlo, querido. Sabes que, mientras tanto, te deseo lo mejor.
Dale un abrazo a A. y a tu hijo, otro para ti y ya nos encontraremos. Tal vez un poco más viejecitos y entonces (je) un poco más serenos.
Hasta entonces, por favor,
Ignacio
Madrid, 12 de abril de 2020
Que Dios no envíe todo lo que podemos aguantar
Querido M.,
Valga ese refrán, que siempre citaba mi madre, para encabezar por fin esta carta. Te escribo desde este Madrid sitiado por un enemigo invisible, pero que se nota en el miedo vivo en los ojos, en la preocupación palpable en los rostros.
Antes de ayer terminé tu poemario y ayer lo repasé. Es magnífico, digno de figurar en la mejor colección de poesía. No sé si me impresiona más la experiencia amorosa que trasluce o la precisión del lenguaje.
En muchos momentos encoje en el corazón. Por cierto, tendrás en mi carta "Ha sido un placer" (la encuentras en mi web, a través de internet) un desarrollo muy distinto de otro desengaño amoroso, también arrasador.