Nos pasamos la vida fingiendo
Nos pasamos la vida fingiendo
Lluvia oblicua. Cuestionario de Esther Peñas para Ignacio Castro.
Publicado en "Solidaridad digital" (Servimedia, 13/2/20).
. “Nos pasamos el día eligiendo”… ¿lo intrascendente, lo mortífero, lo banal?
Nos pasamos el día eligiendo cualquier cosa (a ser posible secundaria: ¿azúcar o sacarina?) que nos libre de la obligación moral de elegir fuera del menú de la oferta consumista, que hace tiempo que incluye también la ideología política. Nos pasamos la vida eligiendo para huir de la escena natal de la que venimos, fuera de cuya escucha no puede haber ninguna autonomía, libertad ni salud.
· ¿En qué momento perdimos la “obligación moral de dialogar con el claroscuro que somos”?
Hace mucho tiempo. El hombre siempre ha tenido esta tentación; la mujer, menos. Pero la Ilustración y la Revolución Industrial le dieron un giro de tuerca al viejo sueño de la especie de encontrar una prisión confortable que nos libre del peso de vivir, único para cada uno. Desde entonces creemos haber superado la porción de noche de la que venimos. Es nuestra forma universal de racismo, que incluye despreciar el pasado y a tres cuartas partes de la humanidad. Por supuesto, es una ilusión adolescente propia de una sociedad senil, pero una ilusión poderosa que nos ha hecho muy infelices.
A punto de ser libres para siempre
Queridos J. y K.,
Antes de nada, perdonad el tono un poco irónico de esta carta. El artículo de Yasnaya en El País (curioso medio para buscar la liberación) no lo pude leer entero. Solo la puntita: exigían no sé qué clave que no pude introducir. Mi torpeza tecnológica me salva de la fluidez global, de la pesadilla monocorde que es el mundo mundial.
Pero lo poco que leí ya prometía lo mejor. Para empezar, el título: "Escribir ante la catástrofe". Si lo que le rodea a una es la catástrofe, sin más matices, una se convierte casi automáticamente en portavoz de la redención, en adalid de otro mundo por venir. Si lo que queda atrás es solo o básicamente la catástrofe, además, el mundo es el mismo en todas partes (Nueva York y una aldea perdida zapoteca), con lo cual valen los mismo remedios. Se trata de una premisa de la ideología global que yo no puedo aceptar, pero funciona.
Lo que arde
O que arde (Oliver Laxe, 2019) es una película que hay que ver. Aunque solo sea porque tiene "poco que ver" con las facilidades que corren por estos pagos, tanto de factura nacional como extranjera. Se podría decir casi, como ocurre en Paterson y algunas otras obras, sean de Guerín, Lois Patiño o Mercedes Álvarez, pero muy distinta a todas ellas, que la de Laxe es una película sobre nada, acerca de la niebla lenta que es la vida humana. Esto obliga a una atención constante para no perderse ningún detalle, aspectos a veces insignificantes en los que se juega el conjunto de la historia. Si es que se puede hablar de historia en este caso, dado que lo narrado roza de continuo lo inane, el ser lento de la especie humana y de la tierra.
Al diablo con las buenas intenciones
Discurso de Ivan Illich frente al CIASP (Conference on InterAmerican Student Projects) en Cuernavaca, Morelos, México.20 de Abril de 1968.
En las conversaciones sostenidas hoy me impresionaron dos cosas que quiero comentarles antes de presentarles mi discurso. Me impresionó que reconocieran que la motivación de los voluntarios estadounidenses en otros países proviene en su mayor parte de sentimientos y conceptos muy alienados. De igual manera, me impresionó lo que llamo un paso hacia adelante entre los que quieren ser voluntarios como ustedes: están abiertos a la idea de que lo único por lo que se puede ser voluntario en America Latina es la falta de poder voluntaria, presencia voluntaria como receptores, y como tales esperamos que estén amados o adoptados, sin ninguna posibilidad de devolver el regalo.
Tedio de hazañas bélicas (1917, Sam Mendes, 2019)
Uno escribió hace poco algo así: "Solamente dura lo que se atreve a romper con la cárcel de la fama" (Lluvia oblicua). De maneras tan distintas, Pasolini, Lennon y Lispector estaban en esto, sin abandonar nunca la humilde ley de la gravedad y una comunidad elemental de la supervivencia que nos permite seguir, como creadores y como humanos. Es más una decisión ética (casi animal) que estética, dicho sea de paso. La creación artística no es un resultado de la alta cultura, sino de la más baja necesidad. Uno escribe, decía hace poco una escritora, "porque de otro modo me vería obligada a matar". A su vez, Rilke sugiere: No pregunte a nadie por la calidad de sus versos, pregúntese si podría vivir sin ellos.
Es una maldita suerte que enseguida tengamos confirmación de esta fatalidad, la que opone tenazmente los focos del éxito a la clandestinidad de la creación, a través de nuestro otrora admirado Sam Mendes. Su último trabajo, 1917, que le hará todavía más millonario (recordemos que, entre otras, tanto American Beauty como Revolutionary road fueron un éxito rotundo de taquilla), es simplemente un inteligente paquete de consumo destinado de antemano a arrasar, con una inversión millonaria y unos beneficios, ya a la vista, más que multimillonarios.
La película de Mendes, tan rodeado por el éxito que ya no puede tocar el suelo (aunque ahora pretenda recrearse en el lodo), no tiene nada que contar, absolutamente nada distinto a lo que vemos todos los días en las pantallas: lo malos que son los malos y lo buenos que son las víctimas. Pero esta nulidad del contenido, sumada al ingenio narrativo, será la condición masiva de su éxito. Estamos otra vez ante la redundancia onanista de la información, aunque esta vez adornada con una fina sentimentalidad y una policromía escénica lograda.
