tecnología y monstruosidad
"Cazan sin hambre", dice un padre desesperado hablando de su hijo. El chico es bueno, educado y obediente, pero completamente apático, indolente e incapaz de esfuerzo sostenido, como si a sus 14 años ya estuviera de vuelta de todo. Éste es uno de los signos de la época, la función de llenado que ejercen la información, las facilidades técnicas y las pantallas portátiles donde todo parece servido a la mano. Si uno está lleno, sin hambre, ¿qué puede aprender todavía? Si los alumnos están colmados, casi de vuelta de todo, ¿qué puede enseñar una madre o un profesor? Se dice, y hay razones para tomarlo en serio, que hay jóvenes (no solo en Japón) que ya están devuelta del sexo, antes casi de haberlo experimentado, por saturación de imágenes y conexiones.
Se mire como se mire, es más bien dudoso que la penetración tecnológica sea neutral o solo divertida. Fijémonos en que las clásicas tecnologías corporales deconcentración (mirar, escuchar, leer, pensar, recordar, amar; incluso preocuparse o sufrir) están en entredicho, como en suspenso, al retroceder ante las tecnologías sociales de dispersión: chatear, enviar Whatsapp, cambiar de canal, divertirse y deslizarse sin parar. La deslocalización parece haber llegado al cuerpo, que ha externalizado buena parte de sus potencias. Si la tarifa es plana, los efectos personales también lo son: atención distraída, miradas abstractas, silencio ensimismado... Y también, hay que decirlo, precariedad en los afectos y las relaciones. ¿A qué vamos a serle fiel si estamos educados en el movimiento perpetuo? El surf, dice el humor negro de Deleuze, contamina todas las actividades.
liquidación emocional y esperanzas marcianas
Una emoción es "un estado afectivo intenso que aparece de forma súbita y que va acompañado de cambios conductuales, fisiológicos y hormonales pasajeros". Podemos decir que las emociones y los sentimientos son equiparables, aunque algunos estudiosos definen estos últimos como estados anímicos menos intensos y con una duración a largo plazo. Pero no, tal como está de enfriado el patio de nuestra relaciones -nothing personal!-, la ira, el terror, el llanto o el amor son a la vez ejemplos anómalos, de emoción y de sentimiento, en la planicie de nuestra inmanencia socialmente bendita.
"Por delante la emoción; por detrás la inteligencia, cojeando" es una afirmación de Nietzsche que psicólogos o filósofos muy distintos, de Unamuno a Wittgenstein, podrían suscribir. Sentimientos y emociones son hoy equivalentes en el efecto de perturbación que tienen en el plano intelectual, desequilibrando el control que siempre pretende una cabeza y que hoy, con la penetración neuronal de la macroeconomía, se ha elevado a estrategia global del Yo. La emociones, los sentimientos nos pueden a arrastrar. De ahí que, aunque seamos "sentimentales" de carácter, tomemos distancias e intentemos controlarnos; al menos fingir, manteniendo a raya las emociones. Por decirlo del todo, este control de lo personal llega al extremo de que hoy hemos proscrito la mirada. Se mira en Marruecos o en Colombia; no en EEUU o Francia, donde solo se reconoce, más o menos militarmente, lo ya tipificado.
francofonía
Desgraciadamente, este título no alude a la película de Sokurov, sino a algo bastante más modesto y dudoso, el largometraje Solo el fin del mundo, del canadiense X. Dolan. Uno fue allí con el mejor ánimo del mundo, atraído por un elegante cartel, por un pasado teatral de la obra y por algún comentario cercano. Y he de decir que, de alguna manera más que formal, la película de Dolan, es impecable. Por ejemplo, con unos lentos y sostenidos primeros planos de A. Turpin que casi cortan la respiración.
Desde el comienzo, aunque con la banda sonora excesivamente subida de volumen, la tensión de la historia que se nos narra, entre poética y dramática, pone a la sala en estado de alerta... si es que había algún espectador despistado. Un poco como en una cinta vista en estos días, Animales nocturnos, es evidente desde el principio que no se nos va a contar nada fácil. Uno tiene derecho a dudar, entonces, si no está un poco sobreactuada la música de G. Yared, cuando la historia que se va a contar ya está, de antemano, suficientemente cargada de intensidad.
Romanticismo empotrado
San Valentín encarna un estado de excepción efusivo, acompañado de sonrisas y lágrimas. Es una ocasión ideal, venida del Norte, que sella entre dos nuestra separación individualista del resto del mundo. Cada uno, casado con su imagen, tiene además un amante más o menos oficial para las fiestas, los polvos extra y el postureo. Y esta tierna ternura, que de vez en cuando no hace daño, complementa de perlas la ferocidad de toda la semana. Entre proyecto y proyecto, de lunes a viernes, ella o él estimulan la inteligencia emocional que permiten sentirnos todavía humanos.
La obsesión occidental por el cerebro, ese gran ordenador central que corona una exitosa evolución -ya no somos monos, ni colombianos; tampoco rusos o árabes-, encuentra así su corazoncito una vez al año. Tenemos un cuerpo, incluso con órganos. La división mundial del trabajo culmina entonces una musculatura bien organizada que actualiza sus fluidos y sentidos. De mañana, la estrategia implacable de la cabeza; en la tarde, daremos el resto con las emociones y el cuerpo, hasta llegar a los riñones.
notas sobre la intuición
1) En principio "intuición" es una palabra común, de uso casi popular. Intuyo que esta calle es peligrosa; intuyo que mi amigo no me es fiel; intuyo que mi hermano no me cree, etc. Intuir quiere decir mirar dentro: entrar en algo, asomarse a una esencia, ver un espíritu. La intuición posee la veracidad, la autoridad de lo que es simple: "directo e inmediato", dice Wikipedia. Tal vez casi nada importante en la vida, sea en el arte o en el conocimiento común de las personas, está muy lejos de esa fuerza repentina.
2) La discusión está en el alcance que se le otorga en el conocimiento, sea ciencia o filosofía, a esa súbita iluminación que llega. Es obvio que la idea de una intuición directa e inmediata se enfrenta a toda nuestra actual cultura de la mediación, al culto contemporáneo de lo consensual, la información y la complejidad. En filosofía, por ejemplo, Kant no le concede a la intuición un rango intelectual, sino solamente sensible. Hay otra línea de pensamiento -Platón y San Agustín en la antigüedad; Descartes, Leibniz y Nietzsche en la modernidad- que sí le conceden a las intuiciones un alcance intelectual, como base del conocimiento.