¿Hay alguien ahí?
La ciudad de hoy apenas tiene lugares de referencia. Tiene, curiosamente, lugares de no referencia, aeropuertos, centros comerciales, estadios, áreas de circunvalación. Y estos no-lugares solamente se recorren, midiéndose en unidades de tiempo. En la actualidad urbana todo está empaquetado, como en el ordenador, con un programa que nos va dando "pasillos". Pero no hay por qué entregarse fascinados a este nueva y brillante ortodoxia, como si supusiera el fin espectacular de las jaulas de hierro de antaño. Este álgebra postmoderna de los espacios lanzados reproduce al menos dos claves profundamente reactivas que prolongan, a la vez, una voluntad de control político y una tradicional aversión occidental a la existencia desnuda. Por una parte, como ha recordado Foucault, el sistema de sujeción político moderno exige, más que el control del espacio, el control férreo del tiempo de los hombres[1]. En efecto, los nuevos espacios diseñados son tiempo, tiempo minuciosamente regulado, sin tiempos muertos. En segundo lugar, en este afán postmoderno de des-localización que tan certeramente ha dibujado Augé -y recordemos que la telefonía móvil, al localizarnos técnicamente, también nos deslocaliza terrenalmente, permitiéndonos no estar en ningún lugar- prolonga una vieja aversión a la lógica de la finitud, nuestra puritana voluntad de apartarnos de la sucia tierra. Y nada de esto es inocente. De paso que el sistema nos libra de la contaminación de la finitud, que es el aparente beneficio para el individuo, nos arranca del humus de nuestra existencia, el suelo trágico de cualquier posible soberanía, para fijarnos como átomos individuales del panóptico social.
En una gigantesca sociedad global de interiores como la nuestra, la continuidad infinita de los espacios diseñados, sea en la urbe o en la red, no supone una alegre y lúdica entrega al "espacio" sino una férrea socialización del tiempo, la cristalización triunfal de un tiempo social que ahora abarca la vida entera del individuo[2]. La gigantesca industria del ocio que se configura entre nosotros a partir de la Segunda Guerra representa justamente la extensión al ocio de los hombres de la disciplina del trabajo, una voluntad imperial de controlar al máximo el tiempo de la poblaciones, sin que haya "vacuolas de no comunicación" (Deleuze) desde las que pudiera surgir algo imprevisto.
Fijémonos en cómo crecen las urbes. Antes había un modelo: el plan Castro de Madrid, o el Cerdá de Barcelona, por ejemplo, son un modelo cuadrícula; la ciudad barroca tiene también su estructuración particular, igual que las ciudades jardín de Londres. Sin embargo, hoy la ciudad medra tendiéndose, extendiéndose sin modelo alguno. Lo único que hay es el vínculo de la comunicación a través del factor temporal, en suma, autopistas que acercan los polos de producción y el de consumo, facilitando la interactividad del aislamiento. El ser humano resulta así desalojado de su propia estructura residencial, de una existencia que siempre es local, por la velocidad de esta escenografía. Las ciudades actuales crecen como en el desierto, a la manera de un campamento que se va modificando según las necesidades. No tienen nada que ver con las ciudades clásicas de la modernidad, tampoco con las metrópolis legendarias de antaño, con sus cruces de culturas, transferencias y caminos sedimentándose con el paso de las eras. Lo que hoy tenemos es el modelo "americano", un territorio que invaden las caravanas del lejano Oeste: esas urbes desmesuradas como Los Ángeles donde los blancos no entreven a sus semejantes más que a través de los parabrisas de sus vehículos[3]. Son ciudades para ser gozadas velozmente y a distancia, en la perspectiva del avión, del rascacielos, del automóvil que las circunvala velozmente.
El celebrado despliegue postindustrial acaba en el infinito suburbio de un no man's land audiovisual poblado de fantasmas, imagen de una sociedad de comunicación que no comunica más que destellos, paquetes de envío fugaz para destinatarios inciertos. Tal modelo se impone porque la vieja ciudad europea ya no le sirve al colectivo inquieto del actual tardocapitalismo. El burgo tradicional, antes lugar de integración, se convierte hoy en la megápolis mundial, en un sitio de desintegración social acelerada. Se da una suerte de fenómeno de ghettización a golpe de sirena, con una yuxtaposición precaria y explosiva de individuos solitarios, de grupos difusos inestables, sea en las inner-cities británicas, las ciudades de tránsito francesas o los home-lands sudafricanos[4]. De paso que nos volvemos día a día más herméticos para lo cercano -la carcasa del automóvil, la música incrustada en los oídos, el casco de la moto, la pantalla del ordenador nos aíslan de la inmediatez-, se cultiva espectacularmente el culto por lo lejano. No es extraño que los viajes espaciales o incluso la vida extraterrestre aparezcan entonces como un horizonte de despegue ideal.
Ahora bien, decía Freud, no hay ganancia sin pérdida. Y Virilio recuerda después que, si cada avance técnico -el avión, el rascacielos- va acompañado de su accidente específico, una despegue global va acompañado de un accidente generalizado. Es así que lo mortal reprimido en la cercanía retorna de forma letal en diversos ámbitos: en el cuerpo, con un cuadro de patologías inquietantes; en la sociedad, con nuevas formas de crimen y violencia; en la naturaleza, con los desastres ecológicos; en el espacio geopolítico, con el actual "choque de civilizaciones" y el terrorismo.
Entremos otra vez en el escenario urbano. Al lado de las planicies del consumo, casi en el corazón de sus dársenas brillantes, brota otra vez la selva. Es esa plebe oscura de los subterráneos, con relámpagos de jeringuillas y navajas, vampiros que celebran sus aquelarres en torno a las hogueras, donde llamea lo aún irreciclable[5]. Pero toda esta ópera suburbial, así como el espectro de violencia latente que llamamos terrorismo, tiene el efecto de satanizar aún más el exterior de nuestro confort, reforzando la funcional dialéctica entre el tedio interno y el horror externo, apuntalando el atractivo del aislamiento. Y esta toma tecnológica de distancias incluye la huida desde el centro de las capitales a las limpias afueras. No está claro en este punto si la "vuelta al campo" en chalets aislados por un silencioso jardín y perfectamente conectados a la aldea global, supone una ruptura de la puritana línea deseparación norteña[6] o sólo una modulación verde de una permanente ideología de congelación y custodia. Para empezar, puede ser indicativo que sea cierta elite media la que se retira del polvoriento centro a las mudas urbanizaciones del extrarradio[7].
Con todo, no deja de darse un cambio significativo en el paso del apartamento o el rascacielos en el centro a la casita adosada de las afueras. En el estilo habitacional, ese cambio representa el paso del Estado concentrado, lento y colosal, propio de la era industrial, a lo múltiple de un más ligero dominio postindustrial -de la disciplina de espacios cerrados al control en espacios abiertos[8]. En correspondencia quizá con un carácter "femenino" del actual poder, del enorme mastodonte "fálico" pasamos al "uterino" chalet adosado. En los dos casos seguimos en la lógica de la separación. Pero el retiro, con su combinatoria de aislamiento y telecomunicación, es estático en el primer registro, y más ágil, más eficaz y disperso en el otro. Al respecto, es significativo recordar que, vista desde arriba, la "conurbación" reproduce en horizontal la misma lógica vertical del rascacielos, con una idéntica acumulación de seres anónimos que se pueden ignorar sin peligro de roce o de encuentro. Igual que en otros dominios, es como si ahora la dureza aislante de la vida productiva, que sigue teniendo una imprescindible expresión en los barrios financieros de rascacielos -pensemos en el madrileño barrio de Azca o en el complejo parisino de La Défense-, se rodease de una atmósfera suave que elimina la memoria de la vieja comunidad, toda posible culpa. Al moderno aislamiento de la vida industrial, lleno de humos y ruido, se le acopla el silenciador postmoderno del ecologismo y las tecnologías digitales. Eso es todo, pues la lógica aislativa sigue siendo la misma.
De cualquier modo, la urbanización ya no es el barrio, sino la dispersión telemática de las viviendas. Si la óptica geométrica ha producido el centro-ciudad y la periferia, la óptica ondulatoria es portadora de un tipo de señales digitales que organizan una relación teleobjetiva con el mundo, la de la conurbación de construcciones que permanecen aisladas de la cercanía e hiperconectadas con la lejanía. Las casitas adosadas están aisladas unas de otras. Cada una permanece aislada e interconectada. No hay vecinos arriba ni abajo, ni la protección física del descomunal edificio de pisos; pero esto porque el actual cibermundo cubre electrónicamente cielo y paredes, envolviendo a cada nicho con la garantía de la moqueta global. La urbanización de las afueras puede presentarse como alternativa creíble y tranquila después de que el espacio está cubierto informáticamente, dibujando de hechoun rascacielos virtual sobre cada vivienda. Bien mirado, ésta no vive tanto adosada a la siguiente, a la cercana, como a las múltiples autopistas de la Red que nos enlazan con la lejanía. Tal vez por eso los últimos materiales de construcción pueden ser escandalosamente endebles, dado que las casas están habitadas por la debilidad minimalista de la sangre postmoderna y protegidas por el aislamiento implícito a las redes de comunicación. Estas viviendas no se presentan hermanadas a ninguna proximidad, sino adosadas al aislamiento global, al planetario pacto tecnológico de la separación. De ahí el extraño silencio que reina en sus calles. Son zonas-dormitorio en más de un sentido, pues están pobladas por seres durmientes: día tras día, el autismo del nuevo prójimo alimenta la atracción del lejano interlocutor de las redes. A partir de esta estructura, las recientes afueras delimitan zonas, un espacio intermedio, de nadie, que ya no es ni ciudad ni campo[9]. No quisiéramos exagerar más de lo imprescindible, pero quizá las nuevas formas indetectables de crimen -¡Banninkof!- serían imposibles sin un habitante de las afueras que es un perfecto desconocido para sus más cercanos.
Virilio nos recordaba hace años que a comienzos de este milenio un porcentaje significativo de la población iría a resguardarse en las ciudades-refugio situadas a distancia de las megápolis en desgracia, suerte de campos atrincherados que amparan la vida elitista en un territorio distante y protegido. Las urbanizaciones son algo así como campos de concentración de lujo para proteger a los nuevos privilegiados. Ejerciendo su poder, el feudalismo conectaba los lugares sin alterarlos en su raíz agraria. Incluso se puede decir que la ganancia feudal estribaba en dejar los sitios intactos en su profundidad geográfica, comunitaria, simbólica. Mucho después, el capitalismo conecta los lugares al mismo tiempo que los lamina, convirtiéndolos en fugaces puntos abstractos de una vertiginosa equivalencia. Las filas de chalets adosados -vistos desde el aire parecen mausoleos de una vida en conserva-, serializando un terreno, recuerdan curiosamente a los viejos grabados ingleses de las villas de la Revolución Industrial -aunque ahora sin humo ni hollín, sin sombra tampoco de aquella pobreza y rabia del proletariado. La calle que cruza la urbanización o el callejón lateral no van a ningún sitio, sólo sirven a esas casas acorazadas donde los ciudadanos meten el coche y entran directamente al hogar desde el garaje. Por eso cualquier paseante anónimo es ahí casi inmediatamente sospechoso, pues se hace visible, aparece por fuera de las líneas de aislamiento.
El pequeño jardín facilita una separación clínica, impidiendo ver y ser visto por los vecinos de enfrente y de los lados. Los setos aíslan de los demás en una suerte de racismo suave, una violencia discreta, casi apacible[10]. Cuando se encienden las luces al compás, o los surtidores de riego automático, se refuerza la impresión de estar atravesando un poblado fantasma, que vive en el día posterior a alguna hecatombe. Efectivamente, una suerte de catástrofe ha ocurrido a nivel antropológico, con la ruptura de las viejas comunidades y la tradicional cultura de vecindario. Con estas casas como bunkers instaladas en pseudo-calles por las que nadie pasea -y en España aún no hemos visto nada de esta espectacular mutación-, ¿cómo va a producirse el pequeño acontecimiento del encuentro, cuándo va alguien a llamar a la puerta? Pero hay que insistir en la eficacia pragmática de este nihilismo: es en su marco de amurallamiento sordomudo, vital para el turbocapitalismo, donde puede florecer el gigantesco negocio de la telecomunicación.
Al igual que las tempestades de acero (Jünger) de antaño, quizá las tempestades electrónicas de hoy, esa fina lluvia de fibra óptica y silicio que cae sobre la existencia, cambie primero los espacios antes de hacerlo con los hombres. Gracias al nuevo blindaje del solipsismo privado facilitado por la telemática, los tres módulos espaciales clásicos -casa, calle, trabajo- se funden en uno, anclado en la fortaleza hogareña de un soberano consumidor para el que el exterior físico es, cada día más, peligroso territorio indio[11]. La calle es espacio simbólico de conocimiento y encuentro, el lugar indefinido del paseo, al menos del trayecto: del trabajo a casa, de casa al trabajo. Allí somos un poco libres, desconocidos, por el simple hecho de estar de paso, cruzando al menos entre una coerción y otra, entre un destino y otro. Como en el suburbano, donde las caras se relajan en un tiempo muerto, en la calle tenemos un pequeño espacio de respiro entre tarea y tarea. Aunque estemos caminando, la calle tiene -como el momento del cigarrillo- todo el encanto de la parada, de un alto en la fiebre productiva. La calle es el río natural de un pueblo, donde los hombres confluyen, por donde se pasa y se ve pasar. Por eso la revolución, la protesta, la lucha por las libertades comenzaban por "tomar la calle" -aún se habla de "la voz de la calle"; por el contrario, una tarea represiva profunda significa siempre "limpiar la calle". Como dice Bernhard, en la calle todo viene al encuentro. En ella siempre estamos en tránsito, pues nuestra identidad se ve sometida a un amplio abanico de influencias.
Frente a este peligro del encuentro, se ha puesto hace tiempo en pie un neoconservadurismo centrado en la privacidad blindada y en el hogar tecnológicamente armado, autosuficiente. Este lúdico conservadurismo, con frecuencia gestionado por la socialdemocracia, se contenta con asistir a la seguridad de lo servido, a algo que ya ha sido colocado, almacenado, preparado por los especialistas en informar. Gente que, en definitiva, sólo pisa la calle profesionalmente: como especialistas de espacios cerrados, armados por tanto de un guión, de cámaras y micrófonos. ¿Los jóvenes son "violentos", para esta hipocondríaca sociedad del pluralismo digital, porque precisamente están en la calle? ¿La escuela tiene su principal función en quitarlos de ahí, por eso se insiste tanto en la asistencia a clase y no en los contenidos? Eliminar la calle es efectivamente eliminar la Historia, su espacio de gestación. Supondría acabar con el espacio comunitario del encuentro, con la relación entre lo urbano y lo abierto. Y ese plan, por doquier, está en marcha: toda la industria de entretenimiento, así como una información volcada en satanizar el exterior, tiene la función de retenernos en casa, de facilitar un "toque de queda" democrático.
Existe como una clandestinidad de las vidas separadas en estos barrios-dormitorio donde se apiñan unas viviendas contra otras, acorazadas por su propio confort y por la autosuficiencia técnica que las enlaza a una audiovisual lejanía libre de la suciedad de lo físico. Se vive y se duerme ahí, en esas geometrías limpias donde no se trabaja, donde además la vida en común es imposible y ha de hacerse fuera. Desde aquí el ocio emigra hacia esas áreas comerciales donde encontramos todas las posibilidades acumuladas -bares, tiendas, cine-, confirmando cierto apartheid sobre la existencia si comparamos este estilo de vida con la comunidad que se puede dar todavía en la vida de barrio, en la coincidencia en los pequeños locales, en las tiendas y bares, en las calles. Cuando de la casa simplemente adosada se salta al chalet de lujo con jardín, lo que se paga precisamente es el aumento del confort de la distancia, la seguridad del aislamiento. En cualquier caso, no se vive ya ni en una ciudad ni en una aldea campesina. Existe incluso una especie de camuflaje de las casas en la serialidad adosada. ¿Así como hay una medicina preventiva, hay también una arquitectura preventiva? Podemos ver en ella una suerte de diáspora elegida, disimulada en el lujo y el confort, en la disposición serial. Solamente los caminantes transforman en espacio antropológico la calle geométricamente definida. Pero si ya no puede haber caminantes, porque no existen aceras y la urbanización ha sido formada con el aluvión de ciudadanos extraños entre sí, que quieren el retiro -también el retiro de una relación estrecha, una "jubilación anticipada" de la vecindad-, entonces impera la tranquilidad irreal de la geometría pura. Bajo ella han de esconderse monstruos, aunque sus actividades casi nunca lleguen a ser conocidas. Sólo la prensa se hace eco de vez en cuando, para aumentar el pánico al exterior de nadie, de la punta espectacular de esa metamorfosis antropológica.
Madrid, 26 de septiembre de 2004.
1. "(...) creo que es lícito oponer la sociedad moderna a la sociedad feudal. En la sociedad feudal y en muchas de esas sociedades que los etnólogos llaman primitivas, el control de los individuos se realiza fundamentalmente a partir de la inserción local, por el hecho de que pertenecen a un determinado lugar (...) Por el contrario, la sociedad moderna que se forma a comienzos del siglo XIX es, en el fondo, indiferente a la pertenencia espacial de los individuos (...) en tanto tiene necesidad de que los hombres coloquen su tiempo a disposición de ella. Es preciso que el tiempo de los hombres se ajuste al aparato de producción, que éste pueda utilizar el tiempo de vida, el tiempo de existencia de los hombres". Michel Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Gedisa, Barcelona, 1995, p. 130.
2. Toda la crítica de Adorno a la "industria cultural" desarrolla la idea de un control político del ocio a manos de la diversión organizada. M. Horkheimer y Th. W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, pp. 173 ss.
3. Entrevista con A. Fernández Alba. El País, 13 de abril de 1998.
4. "Anticipados a su tiempo, los más extremistas entre los afrikaners anhelan no sólo la creación de home-lands negros independientes sino también blancos, flotando unos y otros, como tantos mendrugos, en el caldo de cultivo de la 'nación' sudafricana". Paul Virilio, Un paisaje de acontecimientos, Paidós, Buenos Aires, 1997, p. 158.
5. Virilio recuerda que el "falso día de la tecnocultura" debió de haber nacido en esos vastos sitios peligrosos en que se convertían, durante la noche, las primeras grandes ciudades del planeta industrial. Infiernos sin fuego, con sus príncipes asesinos y sus princesas de las calles cenagosas, estas zonas eran tan temidas que la policía no se arriesgaba en esos paisajes extranjeros de los no man's landnocturnos, como ahora ocurre en áreas enteras de nuestras grandes capitales. Paul Virilio, Un paisaje de acontecimientos, op. cit., pp. 19 ss.
6. Acerca de la "doctrina de la separación" como motor del capitalismo moderno, y en particular de su vanguardia norteamérica, véase George Steiner, "Los archivos del Edén", Pasión intacta, Siruela, Madrid, 1997, pp. 295 ss.
7. "¡Oh, corte, quién te desea!... Día llegará -decía mi maestro- en que las personas distinguidas vivan todas, sin excepción, en el campo, dejando las grandes urbes para la humanidad de munición". Antonio Machado, Juan de Mairena, Espasa-Calpe, Madrid, 1986 (5ª ed.), p. 121.
8. Sobre el actual control político de "geometría variable, más parecido a una tabla de surf que a un rompeolas, es fundamental el "Postscriptum" de Deleuze. Gilles Deleuze, Conversaciones, Pre-Textos, Valencia, 1996 (2ª ed.), pp. 277-286.
9. Jean-François Lyotard, "Zona", Moralidades posmodernas, Tecnos, Madrid, 1996, pp. 21 ss.
10. De igual manera que antes lo era la industrialización a ultranza, el ecologismo (donde la antigua physis es un "medio ambiente" para solaz de un hombre que debe conservar su entorno) es la ideología natural de esta nueva clase de privilegiados que ocupa las afueras verdes, atareados en cuidar su jardín.
11. El culto a las armas en USA, como ha mostrado Moore en Bowling for Columbine, se alimenta de un profundo desarme moral, de ese pánico al exterior común, típicamente puritano, que está en las raíces de la brillante nación que dirige el "mundo libre", que quiere ser libre del dolor ancestral de vivir.
Ignacio Castro Rey. Madrid, septiembre 2004
Revista de Arte y Arquitectura, A Coruña, 2005
desactivar la finitud
Es más que probable que el cine no naciese en principio para representar a la inculta tierra silente, a la
vida en general, sino más bien a la vertiginosa acción moderna (¿es casual que uno de sus géneros
clásicos sea el western?). Glorificándola, el cine nace como un mecanismo para reforzar la endogamia
creciente de la sociedad industrial, el antropocentrismo que le es implícito. Es el invento propio de un
colectivo que cada vez más se mira y se interpreta a sí mismo, poniéndose enfrente la imagen especular
que hace las veces de paisaje[1]. De ahí que acaso el cine sea, en conjunto, algo inevitablemente
norteamericano, al fin y al cabo USA representa la versión más fluida (eso es el sueño del Nuevo Mundo)
de la empresa occidental de despegue de la tierra. Al menos, recuerda Deleuze, el cine se hace
norteamericano cuando toma como objeto el esquema sensomotor, esto es, la acción que establece la
continuidad entre interior y exterior; así como el neorrealismo italiano nos presenta personajes que se
hallan en situaciones que no pueden prolongarse en acciones[2].
Archipiélago, nº 60, mayo-junio 2004
Ignacio Castro Rey, Madrid, 9 de marzo de 2004.
las invasiones bárbaras, (Les invasions barbares, Dennis Arcand, 2003), revista electrónica Semanario serbio, 2004
Como en una rapsodia, en esta cinta pulula el horizonte completo de nuestros temas, todos los desfiladeros en los que han naufragado varias generaciones: el amor y la muerte, los hijos no reconocibles, el capitalismo, el declive de los viejos ideales, la pervivencia de la amistad en el paso implacable del tiempo, la revolución que fue imposible, la religión que también parece imposible, las drogas... Continuando la saga que Arcand comenzó en El declive del imperio americano (1986), ahora un acontecimiento irresoluble, la agonía del vitalista Rémy, reúne a los amigos dispersos en torno a una última fidelidad. Todos los "ismos" han muerto, incluso se han revelado parte del sistema, pero queda aún una última militancia posible en la cultura del afecto, en la fidelidad a los sentidos. Al menos, esto parece querer decirnos la piedad difícil de Arcand. Como en Goodbye Lenin, Las invasiones bárbaras cultiva particularmente la devoción de los hijos hacia los padres, incluso hasta el extremo de la mentira, de la corrupción. Sumando la rabia a su impotencia, los amigos de Rémy, también su hijo Sébastien, resisten en el borde mismo de lo tolerable.
elogio del secreto, Art.es, nº 6-7, Madrid, noviembre de 2004
Se habla con frecuencia en el medio artístico del retroceso de lo público, inundado por la potencia corporativa de la privacidad y por el estruendo del mercado. Aún así, ¿es posible un arte público, es posible crear desde y para el público? En todo caso, en muchos planteamientos iniciales del arte existe una cierta oscilación entre la apetencia de integración social y lo que pueda significar todavía la palabra resistencia. ¿El arte debe integrarse, fundir su obra con el público, o precisamente a lo que se debe resistir es a la actual tendencia totalizadora a la integración?
En un texto que jamás se cita, leemos esta atrevida frase: "Todo lo malo que le pueda ocurrir a la cultura me parece bien"[1]. Baudrillard se refiere a que el arte, mientras subsista, debe suscitar una operación poética con la forma, una emergencia matérica para la que no tenemos revestimiento, ningún equivalente social de signos. Frente a este enigma del objeto, dice, lo que hoy llamamos cultura representa un sistema de tránsito, de transparencia, de censura.
Y las cosas, se podía decir, no son en este punto más fáciles que hace décadas. El neoliberalismo ha reducido todo lo que queramos el espacio de lo comunitario en beneficio de la voracidad privada (se podría incluso decir que lo global de hoy es la privacidad expandida), pero el conjunto del arte contemporáneo no ha dejado de colaborar en esta tarea. Lejos de las anteriores formas de disciplina, severas y concentradas en espacios cerrados, los nuevos medios de poder han conseguido un estilo casi lúdico de régimen abierto, un orden que Deleuze llama de "geometría variable". Del cine a la televisión, de la cárcel a la pulsera electrónica, del cuartel a la escuela y la "cultura", el fresco poder interactivo se acopla a la carne del individuo y se parece más a una tabla de surf que el consumidor cabalga que a un severo rompeolas que frenase las ondulaciones de la vida.
Entretener es ocupar el ocio, ampliar el capitalismo terciario desde el trabajo hacia la división del ocio. De este modo, se logra que el espacio de retraso, esa "vacuola de no comunicación" que necesitaría la gente para poder decir algo[2], sea invadida. Como decía Adorno, la política de entretenimiento busca que en el tiempo de ocio no entre nada que altere el ciclo productivo. La diversión se constituye así en la prolongación del trabajo en el capitalismo tardío.
Tanto Guy Debord como Deleuze ligan este nuevo tipo de coacción a los que otros llaman el "concepto ampliado de arte": la salida de la obra desde las serias paredes del museo al circuito abierto de la banca, las ferias y la velocidad del actual mercado. Podíamos decir que el pragmatismo económico mundial se combina a la perfección con el espectáculo perverso, que ocupa como su ala izquierda. Naomi Klein ha ironizado audazmente sobre este efecto hipercapitalista de lo que ayer era alternativo[3]. La mayoría moral de la sociedad encuentra en el arte la minoría turbia que la complementa, rompiendo la monotonía de la superficie e inyectando la dosis de escándalo que se necesita para que la máquina consumista funcione.
Virilio insiste en que, en la sociedad dominada por los medios, el escándalo tiene un efecto cohesionador. De ahí la unidad global del pragmatismo económico y la cultura espectacular, de la mayoría conservadora y las minorías perversas (Deleuze ha distinguido entre las minorías y lo minoritario[4] , pero a esto nadie casi atiende). Los circuitos alternativos de integración lo son de homogeneización, pues producen una alianza perfecta de normalidad económica y excepción espectacular. De hecho, todo el sistema de los medios vive de la excepción, de crear en cada punto de experiencia posible un estado de excepción virtual que impide pensar por cuenta propia. Por tanto, la obsesión artística que desde los años 80 busca desesperadamente implicar al público, enlazar el arte con la interactividad social, una interactividad que además ha de ser tangible (optimizando el tiempo de respuesta), tiene en principio un aire sospechoso.
Repasemos unos cuantos lugares comunes donde la mayoría del arte que se siente "minoritario" se muestra en realidad cómplice del nuevo capitalismo informativo: a) primacía a toda costa de lo divertido (aunque con frecuencia sea muy aburrido), como si el arte fuera una parte más de la industria del entretenimiento; b) culto a una juventud ruidosa que complementa una sociedad senil, profundamente pesimista en cuanto a la vida; c) aversión al silencio, a la ambigüedad del mensaje, a las sombras del objeto: de ahí el privilegio sistemático de la instalación o acción chirriantes en detrimento de obras más sutiles y de efecto más retardado; d) monomanía de la propuesta, como si el mensaje del arte tuviera que ser contable, rápidamente convertible en resultados sociales; e) revestimiento y casi disolución de la obra en el texto (por supuesto, en inglés: el imperio es el imperio); f) aversión a lo simple, lo rotundo, lo acabado, como si el proceso de la obra "abierta" facilitara (en un verdadero abuso religioso del concepto civil de democracia) la participación del público, de un espectador que en realidad se quiere disponible y cautivo; g) desprecio de los materiales elementales del exterior en beneficio de los materiales ligeros de interiores.
Producción, distribución, impacto de las últimas tecnologías, canales de comunicación, circuitos internacionales, intervenciones urbanas. Hay una hipertrofia de lo técnico y social, un nuevo puritanismo de la integración (de origen tal vez básicamente norteamericano), que hoy inunda todos los conceptos que rodean al arte. La simple cercanía de éste a la información ya es harto dudosa, pues olvida que la información vive de la feroz endogamia de la sociedad occidental, del circuito cerrado de una globalidad que necesita exorcizarconstantemente el mal, el malestar que sentimos por dentro. ¿Qué sería del concepto de noticia sin este mecanismo de blanqueo? A los ciudadanos maniatados como consumidores, al dictado mundial de la acción por la economía, le sigue una excéntrica libertad de expresión que alivia nuestra frustración y nuestras conciencias. Casi nunca se repara, por ejemplo, en que la celebrada interactividad es sólo la cara externa de una previa interpasividad, de una pasividad global que ha cortado de hecho las relaciones directas con lo real. El exterior es constantemente satanizado por el sistema periodístico y raramente puede ser reconocido, aun a distancia, bajo formas que no sean terroristas.
La cultura de la tecnología punta está al servicio de una relación virtual con lo lejano, una lejanía más o menos manipulable, en detrimento de la relación con lo cercano. Esta cultura apuesta, no por el efecto incierto del tiempo, sino por un espacio inmediato más o menos escénico. Internet estimula efectivamente toda clase de iniciativas que escapan al control del poder estatal. Pero al mismo tiempo, buena parte de la población que se engancha a lo virtual, con frecuencia bajo el anonimato, deja a otros (a la información, a la empresa o a su brazo armado, el complejo militar) la exclusiva de la presencia real. En Internet todos los sueños resucitan, de acuerdo, pero creando un espacio público configurado como lo privado expandido, una publicidad que tiene en la explosión del individualismo su eje. Del aura del objeto hemos pasado a la apoteosis del sujeto-estrella, pero con ello ninguna porción de comunidad se ha ganado. El solipsismo narcisista es la base de un estruendo global del que no escapa la mayoría del arte contemporáneo, con su obsesión generalizada por el cuerpo. Éste, como "espacio de resistencia" y médula de nuestras obsesiones, es una parte crucial de este mundial narcisismo de un poder basado en la potencia blindada de la privacidad.
El espacio público no es sólo lo que pisamos, se sugiere con frecuencia, sino también el espacio virtual de los media. Sin embargo, Hannah Arendt tenía razón al insistir en que lo comunitario solamente subsiste en la inmediatez de la condición mortal[5] . El sentido imprevisible de la finitud es lo único que, bajo las culturas y la ideología, nos hace iguales. Así pues, todo el actual avance de la telepresencia, a caballo del consumo masivo de tecnología punta, no hace más que redoblar al modo postmoderno el viejo platonismo occidental, su aversión a la cultura de los sentidos. Y esto supone el sistemático privilegio de una azulada y lejana infinitud que, liderada por la última elite, nos libra de una sucia cercanía que dejamos a los nuevos esclavos, esa sumergida población inmigrante que nos envuelve en las afueras.
Vivimos bajo el imperialismo de una inmanencia postmoderna que odia todo lo que huela a dualidad, a exterior desnudo, a limitación. Lo correcto es que no haya resto. Frente a esta coacción digital, no debería molestarnos que el arte occidental siga recordando a un viejo humanismo, sea de corte norteamericano o europeo. Pues es difícil, ciertamente, no asociar el crecimiento del sector servicios y el éxito cultural de las nuevas tecnologías con la dialéctica planetaria del confort para unos y la miseria terrorífica para los otros, esa abigarrada muchedumbre del exterior. Y esto vale no sólo a nivel mundial, sino también personal, con la dicotomía entre la informatización de nuestras mentes y el retorno, por debajo, de un cuadro inquietante de insólitas patologías corporales.
En realidad, la lógica de la obra está al margen de esta dialéctica infernal. Primero, porque la comunidad (Gemeinschaft) que recrea el arte parte de un exterior asocial, del demonio de algo impolítico, ni privado ni público, que surge en la ambivalencia de una forma. Toda creación artística, dice Lacan, es creación ex-nihilo, pues ha atravesado, antes de volver con una aparición singular, el desierto central a la existencia[6]. Desde ahí, el acontecimiento de la obra sostiene una comunidad preconceptual que no exige acuerdos, pues el misterio del objeto es lo único que comparte una humanidad separada por precipicios de incomprensión en cuanto a sus pautas culturales. Y esta comunidad "inconfesable" (Blanchot) ya late en el solitario estar-ahí del objeto, en la alteridad que, incluso a pesar de los planes del artista, carga su espectral oscilación de ausencia a presencia.
El extraño acabamiento del objeto es lo que produce una participación imprevisible del público, no la invitación explícita a participar hecha desde el manual de instrucciones. Necesitamos justamente la independencia del autor, la dramática separación de la obra frente al discurrir democrático del público, para arrancar los sentidos de los subtítulos, una opinión pública hoy en día instalada en la ferocidad niveladora de la información. Si el capitalismo se basa ante todo en una profunda aversión a la comunidad de los sentidos, reproducir una y otra vez el misterio inaprensible del objeto es fundamental para liberar la sensación de la opinión, de la mediación infinita en la que está presa.
Sin duda, el arte debe atreverse a asaltar los nuevos medios, por experimentales que sean. Aunque para colocar ahí la operación poética de la forma, la apuesta por una irrupción singular que reviente lo meramente técnico del lenguaje, los compartimentos estancos y el poder de sus genios especialistas. La técnica puntera es una escalera que hay que usar y saber tirar a tiempo, para reventar cada metalenguaje, y el privilegio de sus expertos, con la ambigüedad del común afuera. El arte no puede evitar el reto de regresar una y otra vez a la inmediatez mortal. Un arte que no puede con la sombra real, no puede con la muerte. En este caso se convierte en la peor de las comedias, pues bajo el halo tradicional del arte mantiene una actividad que en nada se diferencia del espectáculo y sus efectos especiales.
1. Jean Baudrillard, "La comedia del arte", Lápiz, febrero de 1997, nº 128-129, pp. 56 ss.
2. Gilles Deleuze, Conversaciones, Pre-Textos, Valencia, 1996 (2ª ed.), p. 275.
3. Naomi Klein, No Logo. El poder de las marcas, Paidós, Barcelona, 2001, pp. 93 ss.
4. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-Textos, Valencia, 1988, pp. 260 ss.
5. Hannah Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona, 1993, p. 18.
6. Jacques Lacan, El seminario. Libro 7: La ética del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1988, pp. 143-157
Ignacio Castro Rey, octubre 2004
mutaciones en la ciudad descentrada, Salamandra, nº 13-14, Madrid, 2004
Por fuerza, una época que se presenta como fragmentada, sostenida con un poder multiforme, ha de mantener una cierta aversión a los viejos centros urbanos, intentando reducir la monumentalidad de su pasado a un escenario turístico. El imperialismo del fin de la historia también supone que los cascos antiguos son abandonados a la suerte de una lenta degradación, hasta que estén listos para ser convertidos en museos. Exactamente igual que el destino que aguarda a los países atrasados o exóticos. El precintado y conservación de los barrios viejos, de su lento laberinto sedimentado por las eras, es una exigencia de la ofensiva técnica de la desustancialización, que necesita rodear y fragmentar la antigua identidad, sin duda un engorroso obstáculo para la rapidez del consumo. La sociedad actual no tolera fácilmente lo terrenal, aquello que se presenta sin títulos sociales. Del mismo modo que se encierran los residuos de vida silvestre en "parques naturales protegidos", igual ha de hacerse con los residuos vivos del pasado. Es así que la velocidad periférica debe circunscribir el centro urbano, ceñirlo, cercar las emanaciones de su pasado con una suerte de cinta aislante que lo convierta en un lugar no antropológico ni contaminante, en un no lugar pintoresco que se limite a ilustrar nuestra carrera deslocalizadora.
De múltiples maneras, la presión de la celeridad y las vías de comunicación disloca los núcleos clásicos, el dédalo de plazas y callejas, imponiendo una dispersión que ha de penetrar todos los rincones. Como se puede ver en todo el ámbito del consumo, los emergentes ejes dinámicos convierten en esquirlas, aptas para el envasado y el consumo, los sectores del presente ahondados por la historia. La rapidez de los cinturones periféricos, anillos concéntricos de creciente radio y fluidez (es el caso de la fórmula M-30/M-40/M-50 en Madrid) constituye una permanente fuerza centrífuga que succiona el centro histórico, lo estira y adelgaza, organizándolo gradualmente según la metafísica ligera de la circulación. Esto se nota no sólo en el reciente decorado urbano, en la disposición publicitaria de los espacios que se instalan en el centro (adornos, señales, pantallas, museos de arte moderno), sino también en el estilo tantas veces castrado con el que se "restauran" por dentro o por fuera los edificios clásicos, con esa obsesión por alisar y limpiar las fachadas para que parezcan de ayer, libres de rugosidades y huellas del tiempo, de sombra, de hierbas, etc. Incluso en las villas declaradamente "históricas" se nota esta lenta penetración en la vieja monumentalidad de la retórica global de los nuevos espacios, la velocidad y el debilitamiento "nihilista" del extrarradio[1].
En general, el imperativo de la circulación acaba imponiendo sus reglas, la semántica aplastante y protectora de la gran escala. Cuando vemos letreros del tipo "Torrijos Este-Torrijos Oeste" podemos estar seguros de que se ha producido ya un desmembramiento. La mediación infinita de la comunicación secciona los pueblos, rompe su núcleo en torno al lar de la plaza, desperdigándolos, atomizando a la población según la dialéctica aislamiento-gregarismo del consumo acelerado. A partir de una veloz dirección, "este" u "oeste", polarizadas por la salida o la entrada en las vías rápidas, los pueblos crecen entonces de otro modo, desperdigándose en función del tránsito, impidiendo que se tengan vecinos al lado, enfrente, puerta con puerta. Sobre la pequeña casa familiar, el gran edificio de pisos acaba con la comunidad tradicional de vecinos. La distancia de una acera a otra aumenta. Ya no hay vecinos enfrente, sino al otro lado, en una orilla con frecuencia apartada por barreras, semáforos, el peligro del tráfico rodado... La ventaja que el edificio de pisos ofrece al campesino que se jubila, a la gente que poco a poco abandona las labores del campo, es un apartamiento tanto de la ancestral y dura tierra, que recuerda a una limitación de la que nada se quiere saber, como de la antigua comunidad en la lucha por la supervivencia. Una y otra vez, es la separación de la comunidad afectiva con la tierra la que permite que después tenga sentido la expectación ante los medios, la que alimenta el brillo tentador y fácil del consumo.
Rodar tiene en nuestra sociedad el objetivo supremo de la salida (exit) de todo objeto o punto fijo. En el fondo, se busca salir de cualquier sujeción, de toda existencia que pueda estar bajo la sombra de la antigua y denostada necesidad. Tras la coartada de la "conservación" lo que se hace es abandonar la savia del centro urbano igual que se abandona la vieja identidad, la mezcla afectiva con los otros y con la profundidad mítica de un territorio, el hábito intrincado de relaciones e influencias culturales que ha formado el burgo (añadiéndole capas superpuestas, como los círculos de crecimiento de un árbol, según se observa en los restos arqueológicos de las partes históricas). Las calles oscuras y tortuosas de las ciudades históricas, símbolo de los lentos meandros de un vida que duda, que se demora, que se esfuerza por surcar y persistir en la superficie, han de ser congeladas en un orden museístico por el imperio transparente que llega. Frente a las callejas, la emergente ambición geométrica de las avenidas, la claridad pulida del presente, hiperreal en su día continuo de fachadas refulgentes, instaura espacios de tránsito donde es cada vez más difícil el sosegado encuentro cara a cara de las respectivas fragilidades.
Si la antigüedad funda el prestigio de sus ciudades (Sidón, Samarkanda, Bagdad) sobre la aventura del comercio y el conocimiento, la promiscuidad de las razas y las lenguas, actualmente se trata de huir de ese dédalo sedimentado del centro, de su sombra religiosa y humana, con la expansión delirante de unas afueras llenas de destellos[2]. Por una parte se busca limitar el haz intrincado de entrañas urbanas, metáfora de una historia abigarrada de senderos cruzados, con todos los signos posibles de la imperiosa actualidad. Señales turísticas, museos, tiendas de souvenirs, automóviles aparcados y circulantes le dan la consistencia de la época a lo que de otro modo aparecería teñido de oscuro pasado. Por otra parte, en esas ciudades, en Praga o en Oporto, el turismo tiene por fin externo encarecer el casco viejo, estandarizarlo, rodearlo. Poco a poco, convertirlo en escenografía inocua, mera cita literaria o virtual de un pasado muerto y listo para la nevera informativa (quizás es significativo que la palabra "conservación" recuerde sin remedio a la forma de mantener alimentos congelados). Si antes, a intervalos semanales regulares, el centro "se animaba", pues el domingo era el día del mercado, ahora se habita cada vez menos allí, aunque se trabaje más que nunca. La relación con la historia que puebla nuestros paisajes tiende en general a "estetizarse" y, al mismo tiempo, a volverse artificiosa. De tal manera que las urbes se transforman en áreas de exposición: monumentos devastados, iluminados, sectores reservados y calles peatonales.
El propio ahuecado de los cascos viejos por aparcamientos e instalaciones técnicas de todo tipo, dejan a esas partes de la ciudad en la condición de decoradoscinematográficos, un lugar donde hacerse la fotografía que plasma reencuentros virtuales e inofensivos con el pasado muerto. En los museos o en la calle, nos encontramos en unplató donde se rueda una acción segura bajo un guión preescrito. El subsuelo minado del centro, poblado de pasadizos y tumbas, de huellas del pasado, es encofrado con nuevas alcantarillas, con el andamiaje de aparcamientos, con un sinfín de cables y conductos numerados... Hay, sin embargo, una suerte de clandestinidad de la detención bajo esta tramoya de conexiones, una parada que sólo se permite en aparcamientos, museos preparados, tabernas turísticas, fuentes tipificadas por las guías. Se entiende que se ha de facilitar el consumo superficial de todo eso, de un pasado que, en definitiva, si le permitiesen ejercer su peso, dejaría una impronta lenta y engorrosamente sentimental en el laminado presente. Incluso en los grandes conjuntos históricos de la importancia de París la geometría rápida del extrarradio coloniza paso a paso el interior, convirtiendo en escenografía plana su anterior profundidad de sentido, que ahora es clonado con la misma ortodoxia comunicacional que se enseñorea en los rascacielos de la periferia. De ahí la tendencia a hacer del centro histórico un espacio más o menos virtual, invivible como tal ciudad[3]. En conjunto, es necesario que el casco histórico pierda su sangre, se quede sin vida propia (decrezca poblacionalmente, envejezca), reafirmando la idea de que la expansión es cosa del brillante territorio autista de las afueras, ese Nuevo Mundo sin pasado ni vecindad tradicional formado por casas adosadas a un muro verde de silencio. Se ha de perforar el viejo centro, ahuecarlo, quitarle espesor, la densidad de sus capas vivas. Se busca adelgazarlo y reducirlo al tamaño inofensivo de una maqueta. Los cinturones periféricos logran un cortocircuito con el contexto histórico, evitando los monumentos que dan testimonio vivo de lo permanente. A lo largo de la autopista se multiplican las referencias a las curiosidades locales, con una alusión al tiempo y lugares antiguos que completa el imperio de una actualidad veloz que no soporta la gravedad del pasado. Sólo se nombran los sitios, se cruzan, como en una campaña que buscase liberar constantemente el Santo Lugar abstracto de lo Global ("A la derecha del avión, pueden ver la ciudad de Lisboa", dice una voz, aunque de hecho no se percibe nada). De igual modo, los nombres en las guías no crean parajes, ni reconocen los esplendores del terruño, sino que los trasmutan más bien en pasajes para atravesar[4].
Todo tipo de folletos publicitan las más importantes áreas de expansión de las urbes, orgullosas de su desarrollo. Se vende, una vez asegurada la distancia, "lo más próximo al centro", prometiéndose de tal manera que aislados nunca estaremos solos, pues se puede llegar con rapidez al núcleo sin verse implicados por su vejez, su sentimentalidad y su mezcla. La publicidad privilegia lo que está "al lado de importantísimas vías de comunicación", aquello cuyo entorno urbano crece a un ritmo acelerado, con más y mejores servicios públicos y privados (casa de salud, guardería, grupo escolar, colegio privado, supermercado, entidades financieras). Se ofrece el beneficio de vivir en la entrada de las flamantes circunvalaciones ciudadanas, eligiendo entre la velocidad de la autopista ("al pie de su casa") o la fluidez de la circulación periférica. Zonas con vía directa al centro comercial, cercanía de los complejos hospitalarios, manzana residencial completa, con una serie de dotaciones y servicios destinados a uso exclusivo de los propietarios completan el último ideal. En conjunto, se esquiva metódicamente la dualidad campo-ciudad (el muro que resaltaba el afuera desconocido, por tanto, la parcial civilidad de la polis) con un territorio intermedio que no sería ni campo ni ciudad; en primer lugar, no tendría enfrente, marcando los límites del burgo, lo agreste de la naturaleza[5]. Ciertamente, el territorio, urbano o rural, no es unmedio, un escenario neutro dispuesto para la acción del hombre. Ahora bien, la velocidad y la telecomunicación sí lo son, un medio que debe suplantar al viejo territorio. Se trata de un fenómeno que significa de hecho eliminar todo lo que tiene profundidad, pues el relieve territorial desaparece actualmente en beneficio de la superficialidad, atomizada y controlable, de un intercambio informático. Un orden entrópico, el del azar, es aplastado por un orden determinado, manejado por cierto poder.
Poco a poco edificamos estas metrópolis sin corazón, todas ellas cáscara, que ya nos resultan familiares. El dictado de la movilidad se inscribe en el terreno con la dominación de las vías rápidas, que imponen una dispersión día a día más fuerte. Las casas se polarizan pasajeramente alrededor de las fábricas de distribución que son esos gigantescos hipermercados o centros comerciales alzados en solares abiertos, con un "parking" por pedestal. Y estos templos del consumo precipitado están a su vez en fuga en el movimiento centrífugo. Frente al pequeño comercio tradicional, el atractivo arrollador de las grandes superficies comerciales es presentar justamente la diversidad del mundo (alimentos, cines, sociabilidad, libros, bebidas) como artículo de consumo, reunido por el estruendo de una disponibilidad concentrada, multitudinaria. Pero la organización técnica del consumo no es sino el primer plano de la disolución general que ha llevado a la ciudad a autoconsumirse de esta manera. Tal organización hace del momento en que comienzan a desaparecer la urbe y el campo, no la superación de su división, sino su hundimiento simultáneo. El urbanismo que destruye las ciudades reconstruye un falso campo (animales domados, parques, plantas en línea, césped en lugar de hierba) en el cual se han perdido tanto las relaciones simbólicas y afectivas del viejo mundo rural como las relaciones sociales directas. Las "nuevas ciudades" del pseudo-campesinado tecnológico inscriben claramente en el terreno la ruptura con el tiempo histórico sobre el cual, a costa del cual fueron construidas. A tenor de la tranquilidad que quieren asegurar estas urbanizaciones, su divisa podría ser: "Aquí nunca ocurrirá nada, y nunca ha ocurrido nada"[6]. Parece evidente que las fuerzas del "fin de la historia", de la ausencia histórica, comienzan a componer su propio paisaje exclusivo. En efecto, eso sería el ideal. Pero si en los paisajes mediáticos falta el espesor de una herencia, la épica de la historia, no es tanto porque falten "citas" a un pasado manejado como porque falta la memoria y la posibilidad de una relación directa con el peligro de la exterioridad, aquella indefinible existencia que impulsaba una y otra vez a la gesta histórica.
Mientras tanto, el fúlgido cielo encauzado que crea el rascacielos y el laberinto de calles se prolonga con las autopistas interurbanas, donde el campo es tan lejano, tan ordenado, que bien podría ser virtual (hace tiempo que hay árboles y plantas artificiales). Parece claro que la ideología dominante, en un sentido profundo, no abiertamente "político" sino más bien "técnico", sentido del que participa la mayoría de la izquierda intelectual, querría una megápolis continua, sin afueras ni adentro, que correría desde Singapur a Los Ángeles[7]. Querría no ver la muralla ni la puerta a los campos, una naturaleza indómita que impone la otredad en el conocimiento. Según aquella mentalidad, ya no se entra en la megápolis; las antiguas "afueras", provincias, África o Asia, forman parte de ella, mezcladas con los indígenas occidentales de diversas maneras. Todo es extranjero y nada lo es. No hay, efectivamente, adentro y afuera para quien, por no tener el referente de ninguna Naturaleza (como es el caso de muchos habitantes), pierde el significado de la tierra. Más allá de los arrabales modernos, las emergentes "zonas residenciales" (perfecto oxímoron, recuerda Lyotard, si es verdad que no se puede residir en la zona) se infiltran en los agros, los bosques, las colinas costeras. Son regiones fantasmas, habitadas y desiertas a la vez. Anudan sus tentáculos de una comuna a otra, formando ese tejido intersticial entre los órganos urbanos que llamamos conurbación. Su tejido querría rodear el planeta, de punta a punta, como una zona completa entre nada y nada. ¿Qué quedaría con valor en ella, cuando todo objeto está herido por la irrealidad del tránsito? A falta de naturaleza, todo sería artificio, en realidad, un armazón falsamente "nihilista", puesto que está guiado por todo un telos que huye del suelo, del vértigo local que funda la comunidad humana.
Es normal que después de acabar con el mundo aldeano, esta época intente acabar poco a poco con cualquier vestigio de ruralidad urbana. En esta línea, tampoco la calle debe ser un espacio de encuentro, tener aceras para caminar, esquinas en las que detenerse. La urbe moderna debe integrar a los individuos en un conglomerado del aislamiento. La cosmética estandariza y endurece los rostros al mismo tiempo que la urbanización estandariza la naturaleza, tapando una irregularidad que es entendida como "obstáculo" (cubriendo el olor del barro con el cemento, la superficie rugosa y dotada de profundidad con el conglomerado aséptico del asfalto o el cemento armado). Con los pies se palpaba el suelo, pero ahora también ellos han de estar revestidos con toda clase de aislantes, y el primero es ese suelo alisado de las urbanizaciones[8]. Anchas avenidas, aluminio y cristales pulidos, parques enmoquetados, árboles numerados, terreno encajonado... son los elementos de ciudades enteras construidas sin centro, articuladas en torno a las grandes vías abstractas de circulación. Cuando en ellas alguien se apea para andar es casi un delincuente, una amenaza potencial para los demás o un ser digno de conmiseración. Si imaginamos un pueblo del futuro (es decir, del presente más o menos "americano") veremos un sitio con distancias tales que sea imposible, hasta peligroso, recorrer a pie. Una gran área comercial ocupa el lugar del centro, lo cual es suficientemente significativo, pues ese "centro comercial" es imagen misma del vacío hilado por las relaciones contractuales entre desconocidos, por la rapidez sin fin del valor de cambio. El área comercial es la viva expresión de un centro descentrado, dislocado, sin eje: su sentido es el consumo de todo eje en la diversidad de los servicios, las galerías y las ofertas. El resultado de este modelo es una urbe sin aceras ni corazón, con una arteria abstracta que recorre su desierto y un área comercial como lugar público de un encuentro asistido por el consumo, donde el aislamiento se conecta y se disimula con la masividad del intercambio. Tal ciudad, para contrarrestar el vacío, ha de dar forzosamente una prioridad absoluta al movimiento.
Junto con la caza, la agricultura o el comercio, la arquitectura era una de las primeras medidas de la Tierra. Quizás nunca sirvió solamente para alojar o para proteger al hombre de la intemperie (para eso la caverna bastaba, pero incluso ésta tenía una añadida "utilidad" cultual, simbólico-religiosa). Por el contrario, las proporciones a las que uno se adapta en una casa son el comienzo de la relación con el mundo. Vivir en un barrio no es vivir en un alojamiento porque la morada es el indicador de las dimensiones y, por tanto, de nuestra relación con el exterior común. Aparentemente, si consideramos el paisaje rural, en él existen más paisajes que acontecimientos; por contra, en el paisaje urbano se darían más acontecimientos que paisajes. Sin embargo, la historia de los campos es una historia de hechos mucho más importante que la de la urbe, aunque lo hemos olvidado. El mundo rural que hemos perdido con el abandono del cultivo era un paisaje de vivencias surgido del inicio del cultivo por los hombres, de la vid, el trigo, el maíz, etc. Todo ese campo ha conocido una drástica transformación. Si, por ejemplo, pensamos en el cambio de la configuración rural en Galicia (un país que ha conocido en treinta años un desarrollo acelerado y a veces salvaje), veremos que se ha producido una transmutación del añejo paisaje de setos y pequeñas labranzas, el llamado bocage, en las grandes extensiones diáfanas, sin rincones y donde literalmente es difícil detenerse. La campiña de la agricultura intensiva está extirpada de profundidad y secreto, de escondrijos donde demorarse (donde sea posible el diálogo, la visión, el erotismo, la música). En suma, se reproduce en el nuevo campo idéntico discurso productivo que en el paisaje post-urbano: en un caso y en otro, es previsible la eliminación de los rincones, de todo lo que suene al irreductible daimon de los sitios. Lo que evoque la discontinuidad, la soberanía, el secreto, un espacio singular de experiencia, es borrado de la faz de la superficie en beneficio del intercambio comunicacional. Tal vez es esa lógica la que hace desaparecer al mismo tiempo "campo" y "ciudad" en beneficio de un reciente espacio híbrido, esas "zonas" de definición inter-media.
En ellas, cual telarañas urbanas conectadas al planetario global, millones de vidas se ignoran, puerta con puerta. Vemos una extensión sin discontinuidad, una planicie o gran espacio abierto libre de indios, esos "últimos indios" que ahora son nuestros campesinos[9]. Otro aspecto de esta soledad es, hacia arriba o a lo ancho, la disipación de la población en átomos aislados envueltos en mares de asfalto, vegetación y césped, sin apenas aceras ni plazas donde encontrarse (las llamadas en USA edge cities). Los blancos huyen ante la inmigración de negros e hispanos, huyen para reduplicar su profiláctica ideología en las afueras, un territorio que permite el muy puritano pragmatismo de partir con limpieza de cero. Pero una ciudad sin centro, sin casco antiguo, no tiene el exterior dentro, pues eso representaba justamente la densidad monumental, el laberinto de la plaza y los portales, de las callejas. La democracia de masas y la extensión acumulativa crea este Edén igualitario, nivelado por un modelo que excluye el espíritu de la existencia singular, su pulso local. Y no es exacto que esta "anarquía" posea sin más belleza salvaje, libre de orden o cálculo. Por el contrario, tiene el completo orden "complejo" de la época. Todo lo que sea oscuro, melancólico, profundo o lento resaltará en un escenario que de hecho es diáfano como una pantalla de control.
Baudrillard recuerda que no hay nada comparable a un vuelo nocturno por encima de Los Ángeles[10]. Es como una inmensidad luminosa, geométrica, incandescente e infinita que resplandece en el intersticio de las nubes. Sólo el infierno del Bosco produce esta impresión de brasero. Aquí las freeways no desnaturalizan la ciudad o el paisaje, sino que lo atraviesan y desanudan sin alterar el carácter desértico de la metrópoli, respondiendo idealmente al único placer profundo, el de circular. Ni que decir tiene que la ciudad es anterior al sistema de autopistas, pero en la actualidad parece construida alrededor de esa red arterial, que se mueve con el vacío del aislamiento en las venas. Tal aislamiento nos recuerda que si en estas urbes centrífugas te apeas del coche eres una amenaza para el orden público, como los perros vagabundos en las carreteras. Únicamente los "espaldas mojadas" o los inmigrantes del Tercer Mundo tienen derecho a caminar. Es, en cierto modo, su privilegio (el de la pobreza, sin la cual no hay esa libertad salvaje de la que surgirán otros profetas), junto al de la ocupación del corazón vacío de las ciudades. Para todos los demás, caminar, la fatiga, la actividad muscular, se han convertido en bienes escasos, servicios que se venden a precio muy alto. La antigua vida y su sudor (como la vieja comida casera), es en la civilización un artículo de lujo. Igual que en otros casos, también aquí el progreso se reduce a un enorme rodeo que hace aparecer lo antaño elemental como una excepción más o menos cara. Así se invierten irónicamente las cosas. Por idéntica ironía, las colas ante los restaurantes de lujo o las discotecas de moda son a menudo más largas que ante los comedores de beneficencia.
1. En España, no solamente en ciudades como Oviedo, Cáceres o Santiago de Compostela. Veremos, por ejemplo, en qué queda el polémico acondicionamiento de la aldea "prerromana" de Piornedo, en la sierra de Ancares, entre Galicia y León.
2. Cfr. Félix de Azúa, Diccionario de las Artes, Planeta, Barcelona, 1995, p. 92.
3. "Hoy existen de hecho dos valoraciones de las ciudades: o nos referimos al grado en que son museos o nos referimos al grado en que son fraguas". Ernst Jünger, El trabajador. Dominio y figura, Tusquets, Barcelona, 1990, p. 162.
4. Cfr. Marc Augé, Los "no lugares". Espacios del anonimato, Gedisa, Barcelona, 1993, pp. 74-90.
5. Nietzsche aún podía hablar de "la gran ciudad alemana, ese vicio hecho edificios, un lugar donde nada crece, en donde toda cosa, buena o mala, ha sido traída de fuera". Friedrich Nietzsche, Ecce homo, Alianza, Madrid, 1978 (3ª ed.), p. 49. Ahora, con los servicios y una tecnología espectacular se ha encontrado el mejor remedio para recubrir esa dependencia externa, facilitando un encierro sin complejo de culpa, plenamente satisfecho.
6. Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Castellote, Madrid, 1976, p. 124.
7. También Lyotard parece caer a veces en ese espejismo, típicamente postmoderno, que excluye cualquier referente arcaico o natural. Véase Jean-François Lyotard, "Zona", Moralidades posmodernas, Tecnos, Madrid, pp. 21 ss.
8. A esto tal vez obedece esa manía tan nuestra, en una España volcada en lo terciario, de no dejar que en las plazas la tierra sea hábitat de animales y pobres, cubriéndola con una superficie lisa y dura. Illich comenta que cuando las ciudades se construyen alrededor de los vehículos, devalúan los pies humanos, primer contacto con el suelo de toda comunidad. De igual modo, cuando las escuelas acaparan el aprendizaje devalúan al autodidacta. Iván Illich, Némesis médica. La expropiación de la salud, Joaquín Mortiz, México, 1976, p. 59.
9. Sobre las razones metafísicas y económicas del imparable exterminio del campesinado es magnífico, una vez más, un texto de Berger. John Berger, "Epílogo histórico", Puerca tierra, Alfaguara, Madrid, 1989, pp. 254-279.
10. Jean Baudrillard, América, Anagrama, Barcelona, 1987, p. 74.
Ignacio Castro Rey, Madrid, septiembre, 2003