Estrategias Fetales

“La producción técnica es la organización de la separación”. M. Heidegger: “¿Y para qué poetas?, Holzwege.

 

Toda la violenta incomodidad de este hombre, cuyo estilo a veces roza para nosotros la filigrana incomprensible, proviene de un orden histórico que ha conseguido totalizar un viejo sueño de la humanidad: la furiosa aversión a la vida común y la esperanza de una prisión ideal que nos salve de ella, como ya pronosticara Nietzsche hace cerca de siglo y medio. No se puede entender casi nada del pensador de Las estrategias fatales sin tomar en serio esta escandalosa afirmación nietzscheana: la fuerza decadente de Occidente proviene de una aversión a la finitud, el suelo mortal en el que vivieron nuestros antepasados y en el que siguen viviendo la mayoría de los habitantes de la tierra. Y hay que insistir en que de esta voluntad de separación proviene un poder temible, el que detentan los que han conseguido elevarse y desde ahí se erigen en vanguardia histórica, imbuida de una misión trascendente.

 

De este orden social mayúsculo, de su espíritu de organización sin precedentes, proviene, como su envés, la energía caliente de Baudrillard. En correspondencia con una separación día a día más portátil, la analítica de Baudrillard (retomando una tradicional distinción de Eco) lograría un pensamiento apocalíptico integrado, incrustado en esta normalización total que ya corre por nuestras venas. En tal aspecto el pensamiento de tantos libros, a pesar de su fama de cinismo político, es insobornable en su resistencia ontológica y cultural. Pocos como él han mantenido el sur de una trágica referencia real que nos convierte a nosotros, los elegidos por la urbanización norteña, en una cabina artificial muy frágil, siempre a punto de depresurizarse. Baudrillard no quiere además que nadie se parezca a nosotros porque ya nosotros no nos parecemos a nosotros mismos, solo a una caricatura de la estirpe que fuimos. Critica al orden occidental por su voluntad total de despegue y perfección, no por sus defectos parciales. Se puede volver a hablar aquí de elitismo, pero solo si se ignora la desvitalización, el maltrato microfísico al que Baudrillard se enfrenta.

Leemos en La agonía del poder: “Si ya no podemos escenificar nuestra propia muerte es porque ya estamos muertos. Y estas son la indiferencia y la abyección que planteamos como reto a los otros: el desafío de envilecerse a su vez, de negar sus propios valores, de mostrarse al desnudo, de confesarse, de admitir; en definitiva, de responder mediante un nihilismo como el nuestro. Procuramos arrancarles todo esto a la fuerza, mediante la humillación en las celdas de Abu-Ghraib o la prohibición del velo en las escuelas. Pero eso no nos asegura la victoria: es preciso que vengan por su propio pie, que se autoinmolen en el altar de la obscenidad, de la transparencia, de la pornografía y de la simulación mundial; que pierdan sus defensas simbólicas y emprendan por sí mismos el camino del orden liberal, la democracia y el espectáculo integrales”. ¿Se atreverían muchos intelectuales a una crítica así de amarga al conjunto de un capitalismo ontológico que, para cerrar integralmente el odio a la finitud, necesita el concurso del progresismo alternativo?

 

Recordemos la risa incontenible del protagonista de la reciente Joker. Y también ese chiste final que Joker ya no cuenta: no lo pillaría, le dice a la atónita psiquiatra. El drama antropológico, a la vez extremadamente cómico, que Baudrillard describe en los dos textos de este libro no ha dejado de acentuarse. Nuestro platónico arte de la desaparición, buscando evitar los viejos límites terrenos, consiste en estar siempre ausentes, flotantes en un reemplazo que nos permite orbitar a perpetuidad sobre una humanidad subdesarrollada, en un nomadismo existencial donde nada real es cercano. Hasta el viejo principio de realidad, que sostenía al Yo clásico en su oscilación neurótica, habría desaparecido a manos de un principio de circulación compartida donde nada debe ser único, secreto o intransferible. Nuestro estruendo global se asienta, según Baudrillard, en un profundo silencio personal que ha interiorizado, hasta el mutismo, venerables prohibiciones puritanas. Nuestra miseria moral no es de ayer, viene de lejos.

 

No exageran tal vez los que dicen que hoy la primera crisis es la del encuentro, la de una presencia real sometida por doquier a una anorexia programada. Hasta la voz, incluso en la llamada telefónica, está en retroceso ante la brevedad esquemática de los mensajes electrónicos. La mutación antropológica que retrata Baudrillard incluye un ensimismamiento que ha logrado ser interactivo, como un arresto doméstico de paredes tan móviles que se confunde con la pantalla coloreada del día.

 

No olvidemos que una prisión perfecta, como recuerda D. Foster Wallace en Esto es agua, es aquella en la que nadie se siente prisionero, pues logra el retiro (sea con la imagen narcisista o con el perfil curricular y conceptual) en cada momento donde surge una variación sensible. Ocurre como si la antigua carrera espacial, que enfrentaba a dos bloques en un mundo donde aún había negatividad, se hubiera personalizado en un solo plano de vibración inmanente. Multitudes solitarias. Todos sobrevivimos pegados unos a otros, en un constante intercambio de gestos ruidosos que protegen nuestro más íntimo miedo y su masivo pacto de silencio.

 

Frente a esta desaparición virtual de la carne, Baudrillard propone un juego con el envite mortal, más próximo a un arte marcial que a la huida privada estilo indie o hipster. Un arte que se atreva a usarla violencia de vivir sin miedo, entrando de nuevo en la potencia afirmativa de la muerte. En un mundo donde nadie daría su vida por nada, ya resulta fundamentalista (es una de las tesis de “El espíritu del terrorismo”, en Power inferno) que uno crea o apueste por algo hasta el final. Hasta el extremo incluso de morir, intentando revertir la muerte desde su mismo vértigo, en una especie de inocente resurrección espectral. Al menos desde esa dura crítica de la teleología marxiana llamada El espejo de la producción, Baudrillard usa a fondo, ante la incomodidad del progresismo medio (excepto Ferlosio, pocos han seguido este libro en España), una vieja leyenda: la única manera de vencer la muerte es entrar en la cripta de su secreto, desactivando su carácter letal al abrazar su potencia mortal. Esta reversibilidad es lo que desbarata una teleología laica de la historia que hace mucho se ha erigido en sustituto genial de la religión. Realizado tal gesto, el de una afirmación no positiva que el propio Foucault reivindica mientras sigue a Bataille, es la muerte la que encarna un final abierto, una forma insólita de inmortalidad. El capítulo 7 de un libro cuidadosamente apartado, el San Pablo de Badiou, es rotundo al respecto.

 

De manera que, en su áspera senda inmanente, mucho más trágica de lo que indican sus gestos refinados, Baudrillard conspira contra una industria cultural de la separación que precede a nuestro complejo técnico-militar. Trabaja, como pocos, contra el pánico micrototalitario de nuestra opulencia posmoderna, de origen ilustrado, a cualquier roce con el desorden del afuera. Es normal que quien piensa así se haya ganado un rechazo prácticamente unánime en una izquierda normativa que es la vanguardia natural de nuestro arresto civil y moral. Irónico ante él, nuestro pensador persevera en la analítica de nuestro debilitamiento compartido. La mediación infinita, la intolerancia cero ante la seducción de cualquier evento exterior ha supuesto que el suceso más mínimo dé lugar a ríos de palabras e imágenes: “El film más trivial sólo será proyectado a cambio de una discusión absurda e inútil”. Existe en nosotros un generalizado temor a cualquier original, tocado a la fuerza por la sombra de lo que no tiene antecedentes, que nos convierte a la vez en letales para los demás y para nosotros mismos. No lejos del George Steiner que defiende la ambigüedad de la presencia real, frente a la metástasis reproductiva de nuestra ciudad secundaria, para Baudrillard la imagen intenta horadar el acontecimiento, taladrarlo, segarle la hierba bajo los pies. La imagen de los medios y el arte mismo son parte de nuestra guerra preventiva contra lo real, contra el enigma de su persistencia discontinua.

 

La histérica alta definición de la imagen, su omnipresente perfección, racial en distintos colores, produce una pantalla infinita sin imaginación posible, con una baja definición ante cualquier posibilidad real. Al no conservar ninguna relación con el vacío, con lo inimaginable que es eje de la común geografía, la proliferación de imágenes torna imposible el beneficio del trauma, incluso el primer acontecimiento de la percepción. De alguna manera, se ha producido una estetización monstruosa en la que el arte mismo desaparece al realizarse socialmente. Es como si las cosas se hubieran tragado su propio espejo, perdiendo de este modo cualquier posibilidad de ilusión, de choque que nos rehaga. La hipervisibilidad, leemos en La ilusión y la desilusión estética, ha devorado la mirada.

 

Este poder uterino que nos envuelve permite ocultarnos a la vista, mientras cultivamos la religión del reconocimiento, en una especie de estrategia fetal de nuevo cuño. Esto facilita el sadismo banal, tan bien subvencionado, de la víctima crónica que somos cada uno de nosotros. Como sea, de manera similar a Nietzsche, Simmel o Canetti, para Baudrillard categorizar y liquidar es lo mismo. Al representar las cosas, al nombrarlas, o solamente fotografiarlas, las hacemos entrar en vías de extinción. Jünger dijo algo parecido de los efectos planetarios de fotografiar La Meca, Leni Riefensthal hizo exactamente esto con la tribu de los Nuba. Las cosas se convierten en clichés, souvenirs de un turismo que comienza en la propia existencia, piezas visitables de un museo que se confunde poco a poco con nuestro universo exterior. Pensemos en los osos asturianos, hoy tan controlados y catalogados que son de hecho convertidos en simulacros que los turistas miran a distancia, mientras se hacen continuos selfies que indican que el objetivo es la autorreferencialidad de lo social, no una vida salvaje que se ha convertido en parte de la oferta cultural. Dentro de nuestra endogamia incestuosa, tanto las especies terrenales como los humanos pasamos de un modo de extinción por fuego real a otro por control remoto.

 

Nuestros sueños de evasión se funden con una exterioridad en pantalla: The drone is our dream. Y así en todo, sea la infancia, las razas primitivas, los exóticos inmigrantes o la mujer. Del cruel castigo infantil de antaño hemos pasado a una sobreprotección que es nuestra forma de doma, desarme y maltrato algodonoso. De la quema de brujas hemos pasado a un feminismo mediático que infantiliza a la mujer y la convierte en víctima que solicita ayuda, alistándola en dogma social de la integración, que desintegra cualquier singularidad que no sea genérica. Camille Paglia lleva años insistiendo en esto, pero preferimos atender a Judith Butler, que al fin y al cabo dice lo que la élite urbana quiere oír. El resultado es que dentro de poco todos estaremos integrados socialmente, repite el autor de Pantalla total, con lo cual solo habrá excluidos: vale decir, marginales ante el peligro mortal que nos hacía vivir. Compárense las luchas actuales por la inclusión o la independencia, incluso cuando son violentas, con nuestra voluntad general de integración, de domesticación civilizada. ¿Es una excepción a esto las protestas de los jóvenes de Hong Kong contra al Estado chino? ¿Lo es la revuelta de los jóvenes catalanes? Hoy todo el mundo quiere un estado, pero a medida, para que sea más eficaz en la extinción de la intemperie de vivir. Es incluso posible que la balcanización militar de los Balcanes, valga la redundancia, no sea ajena a esta deliciosa uberización del privilegio de la violencia estatal.

 

Es necesario satanizar y domesticar cualquier naturaleza independiente, desde la infancia a los inmigrantes, de las naciones milenarias a la mujer, las tribus urbanas a la fauna silvestre. Para justificar nuestro encierro en la cárcel abierta de la integración global, la tierra misma debe perder su leyenda soberana bajo la humillación del cambio climático. Y es preciso recordar que Baudrillard (mucho más campesino de lo que indica su fama) no piensa jamás en una naturaleza mecánica, naturalista o darwiniana. Heredero de Nietzsche, piensa más bien en la potencia de lo que todavía ama esconderse. La naturaleza de El paroxista indiferente nos reta de hecho en cualquier singularidad real, que ha de ser deconstruida por nuestra hipocondría en lo que tiene de opaca, renuente a esta voluntad miedosa de transparencia. La indiferencia de los árboles a la historia, dijo en su momento nuestro pensador, la intentamos ignorar con la indiferencia interactiva de la sociedad ante la tierra.

 

Nuestra obscenidad estructural consiste en que cada singularidad (etnia, territorio, película, frase, persona o acontecimiento) ha de ser descompuesta hasta sus entrañas, destripada hasta que no queda nada en ello de misterio terrenal, nada del erotismo sombrío de cada fenómeno real. En esto consiste también el puritanismo de la pornografía, abriendo el secreto de los cuerpos y eliminando incluso su vello. Tal voluntad nuclear de violación consensual, la deconstrucción no es otra cosa, supone el triunfo de un oscurantismo poderoso como ha habido pocos, pues logra la forclusión (Lacan) en la misma transparencia en la que un cuerpo se expone, desactivando lo real en la sombra de su misma fuente. Esta pérdida de carácter de objeto, que brotaba de un cuerpo sin derechos ni posible reconocimiento civil, supone en nuestra incansable república de intercambio (como después desarrolló Han) el fin del erotismo y de casi cualquier posibilidad de seducción. A cambio nos queda esta pulsión masturbatoria que, en medio de una soledad multitudinaria, necesita estímulos más o menos escabrosos.

 

También una agresividad sin precedentes en la caza del hombre: ¿es otra cosa la información como blanqueo anímico de nuestras almas? Un odio sordo que brota del rencor por todo lo que no ocurrido, lo que ya no puede ocurrir entre nosotros. Las vidas, saturadas de papeles civiles y estatales, pierden la carne de vivir. En este punto Baudrillard siempre ha recordado que utilizamos los derechos de los marginales, nuestra solidaridad a distancia, para marginalizarnos a nosotros mismos, justificando nuestro derecho al exilio. De paso que los inmigrantes pasan al centro de las urbes, nosotros nos refugiamos en las seguras urbanizaciones de las afueras. La masificación urbana nos convierte a todos en extranjeros, nunca seguros de entender lo que les rodea.

 

Ecologismo, cultura, solidaridad, economía colaborativa. La fluidez civil prolonga hasta lo infinitesimal el poder del Estado. La analítica existencial de Baudrillard, también en estos dos textos tardíos, se dirige contra la línea de flotación de esta coacción inclusiva de una inmanencia múltiple, laica, infinitamente ambiental. De ahí que Foucault, ese nombre que hoy encanta a los académicos, se quede corto (el caso de Deleuze podría ser muy distinto) en un análisis que oscila entre la crueldad apocalíptica de las metrópolis, donde parece no poder ocurrir nada que no sea en pantalla, y la ternura de cierto humor negro, cómplice de una humanidad primitiva que todavía persiste, con frecuencia callada. Tal vez la salida, sugiere una y otra vez Baudrillard, comenzaría por percibir y vivir nuestro encierro de otro modo, habitando unas grietas que jamás serán obturadas. Basta el gesto de una empleada, los pasos perdidos en la soledad nocturna, para que esa pequeña variación convierta lo que parecía un infierno en un limbo donde el aliento es todavía posible.

 

Pero en la estrategia del día tomar conciencia, formarse e informarse, significa seleccionar y extinguir, firmando un decreto de ejecución silenciosa contra lo anómalo, aplazado y disperso en un tiempo social que mata endeudando y nunca concluye nada. Unos en el corredor de la muerte, otros en el corredor de la vida. Como todo funciona a plazos, pues no soportamos la duración de la finitud, no hay tanta diferencia entre un corredor y otro. Incluso la mayoría de los suicidas siguen entre nosotros, convertidos en enfermos crónicos, en depresivos larvarios que de vez en cuando estallan en acting out brutales o en desapariciones misteriosas.

 

Fuera del espectáculo de efectos especiales en tarifa plana, donde el horror analógico y la violencia clásica quedan para los otros, que alimentan las pantallas, las víctimas elegidas que nosotros somos debemos morir electrónicamente. Vale decir, a cámara lenta y fuera de campo. La economía negociada de una muerte en vida, y después un tránsito anestesiado, es la norma. Vivimos bajo un privilegio absoluto de la química sobre la física. Solo nos asusta la violencia analógica, que nos salpica de sangre, no la digital, que liquida a distancia y con silenciador del consenso. De manera que el carbón y el petróleo contaminan, no así la información. Las relaciones tóxicas contaminan, no el amor o cualquier forma de relación pasional. Tampoco mata la interactividad social frenética, ni la organización minuciosa del tiempo. Solo contamina y daña, en nuestra moral normativa, lo que mancha el azulado de la pantalla de la transparencia. De ahí el privilegio posmoderno de la electro-química sobre la física. Pocos condenados estadounidenses elegirían hoy la ejecución por fusilamiento a la inyección letal, ¿no creen? Descarbonizar significa entonces que el poder y sus matanzas, que nunca han dejado de ser vitales, se ejerza de forma limpia, gradual y fotogénica, sin que el condenado que es cualquiera de nosotros deje de estar presentable. Sonría: le sonreirán, leemos en América.

 

Bajo estos escenarios iluminados criticar y catalogar liquida, extingue. Nombrándolas y exacerbándolas, Marx mismo firma el decreto de extinción de la lucha de clases y de las contradicciones sociales y reales. Pronto lo masculino, dice Baudrillard en estos textos desconocidos en España, no necesitará de lo femenino. Y viceversa. Ni la infancia necesitará a la vejez. Ni la agenda de noticias a las fuentes. Cada ser aislado realmente, y conectado virtualmente, respira en el reino inmanente de la fusión, que resulta arrollador no solo en el campo musical. Nuestra promiscuidad incestuosa nos ahorra sostener la grave y aburrida aspereza de sostener una sola posición. A partir de ayer somos múltiples, compartimos la coreografía de un flas mob perpetuo que, con un puritanismo enrollado, expulsa lo negativo al otro lado de los efectos especiales. Baudrillard insiste, tras la pista de Nietzsche y Bataille: en la nueva república de la poscrueldad, bajo la ideología del consenso infinito y la interactividad, las relaciones de poder siguen siendo implacables. En esto consiste el terror de la moda: que el crimen (sin el cual, no solo según Freud, ninguna sociedad es posible) se realice sin gritos y, a ser posible, fuera de campo. Como en Funny games, pongamos por caso. O en nuestras matanzas industriales de animales: nada de chillidos desgarrados, por favor, ni de manchas de sangre. La anestesia que convierte al animal en un zombi, ya desde la forma masiva de crianza y alimentación, debe convertir su muerte en un click, poco más que digital, igual que su vida clonada. ¿Sueñan las ovejas con matarifes eléctricos?

 

Tal anestesia animal en vida, solución final a una vida terrena con la que ya no podemos, se prolonga también en el consumidor que no llega a ver jamás la cabeza del animal muerto, ni un rastro de sangre en el paquete de carne perfectamente etiquetada. No solo el maíz es transgénico, es que la cultura misma donde los bienes de consumo aparecen es transgénica. Nada de muerte, ni noche, ni demonios: así pues, nada de vida tampoco. La banalidad del mal se prolonga en la banalidad del bien. Animales, plantas y hombres parpadean en un invernadero climatizado, una eterna primavera donde cada ser goza de un aplazamiento perpetuo. El piercing, las series televisivas mutantes y las ropas rasgadas cubren unas vidas integralmente hilvanadas.

 

Desde la desaparición de la URSS, que consumó la peor amenaza con que nos podía asustar, robándonos el espantoso enemigo que nos dignificaba, nos pasamos el día inventando simulacros de pérfida exterioridad. Encarnaciones del mal y enemigos horrendos frente a los cuales todavía simulamos representar el Bien. Un bien tan banal, claro está, como banal es el mal frente al cual nos erigimos: el tabaco, la carne, el maltrato animal, los rusos, los árabes, el machismo, la ablación, el islamismo, los narcos iberoamericanos… La lista del mal es interminable, como si estuviéramos rodeados de peligros. Todo ello, claro, después del blanqueo anímico de la información, que convierte nuestra muerte a cámara lenta en una trepidante vida en pantalla. Es lo que se llamó xenogenia, una guerra preventiva que nos ahorra la xenofobia. Resulta curioso que jamás haya habido tantos conflictos regionales (mundiales para quien los sufre, sea en Palestina, México o Siria) desde que cayó el Muro. Desde que aquel cemento se hundió, bajo la piqueta de la juventud, todos son muros, físicos y simbólicos. Mi cuerpo es mío. Mi piso, mis fines de semana, mi familia oficial y mis amantes consentidos, mi música favorita, mis amigos. Etcétera.

 

La nuestra, dialogante y participativa, es una ablación anímica, de marca blanca. Nada de cortes, sangre o represión. Solo se trata de conseguir, incentivando al máximo un deseo trasmutado en goce ad libitum, que cada quién sea igual a su imagen reconocible y permanezca (única fidelidad permitida) casado con ella, sin ningún resto primitivo de alma, sombra o atavismos que perturben la ansiada alta definición con restos de ningún comunismo afectivo. El imperio político de la economía, de una ideología inglesa que Marx no vio en absoluto acercarse, tuvo siempre el fin de clonar las almas y conseguir que no quedara en ellas ninguna exterioridad asocial, nada del diablo de un desamparo común, a la vez comunista y solipsista. Solución final, decíamos, al comunismo existencial del individuo, aquel estar a solas con una multitud de seres latente en nosotros. Si es necesario, para desgastar su singularidad el buen ciudadano debe compartirse hasta la más íntima miseria en el reality que es nuestra entera vida social. Es necesario erradicar (palabra que repetimos a diario) la sangre de lo real, su soledad común, como si fuera terrorista. De hecho, lo es, pues toda nuestra larga lista de temores viene de ella.

 

Un socialismo exterminador, de mercado y de Estado, ocupa el lugar de cualquier resto de comunismo, empezando por la cultura de los sentidos (Weber). Estados Unidos domina como vanguardia occidental por su fluidez en la separación, ya sin ningún resto de complejo de culpa. La posibilidad de que lo real sea al fin disuelto en una pantalla total de estrellas aisladas unidas si cesar por barras brillantes nos fascina a todos. Sin embargo, para el propio autor de América es el mundo mismo el que se opone a la mundialización.

 

¿América? Baudrillard perdió el interés por su potencia salvaje, desértica. Incluso diría que Trump es solo un epifenómeno. Posiblemente creería también que la Alt Right está cuidadosamente clonada. Toda la extrema derecha americana o europea expresa a gritos el desprecio por las otras culturas que el entero arco parlamentario progresista susurra con la boca pequeña. Al fin y al cabo, si el progresismo más radical quiere “que se vengan y entren todos” es porque supone, con toda la razón universal de nuestro racismo ilustrado, que la población exterior vive en un mundo infecto, abominable, ya que no gozan de nuestros valores humanos, ni del reconocimiento digital de la igualdad ni de la política de transparencia. Así es el nuestro universal racismo, político y teórico, de la sociedad internacional. Católico, musulmán, inmigrante, radical, violento, machista, taurino, derechista, ruso o hispano: da igual, el otro es el que resiste, quien no se rinde ni comparte su exotismo en la oferta turística. Una y otra vez, nuestro incómodo moralista repite: la forma larvaria que toma nuestro odio al Otro brota del rencor por todo lo no ocurrido entre nosotros. La nuestra es una cultura que, sin necesidad de palabras, ha prohibido existir ante la muerte, lo que se dice vivir. Y esto genera a la fuerza agresividad hacia todo aquello (sea nación, cultura, etnia o persona) donde quede algo de lo que nosotros hemos decidido abandonar, dejar morir en nombre de una economía que es finalmente un perpetuo aplazamiento de la vida para mañana. Odiamos en el otro que encarne en presente algo de lo que fuimos y, lo que es peor, de lo que en el fondo todavía somos y podría volver.

 

El problema no son ya los rusos, los mexicanos o los árabes (la caza o los toros, la carne o el tabaco), sino cualquier resto de vida que indique que aún podría haber una gota de sangre en las venas. Esto es lo intolerable, porque automáticamente nos sitúa en la pasarela de los zombis. Y los extraterrestres solo deben aparecer en los efectos especiales de la caída de la tarde, fuera de nuestra vigilancia diurna. Utilizamos continuamente el terror de la ficción para ocultar nuestro terror a lo real, el adelgazamiento que estamos consiguiendo en nuestra relación con lo trágico. Y esto es lo que nos convierte a los demócratas en potenciales criminales, aunque naturalmente del modo más correcto posible.

 

En el planetario de nuestra transparencia obligada el fantasma no son ya las formas groseras de lo primitivo, la carne roja o los riesgos del sexo anal. Se trata más bien, para la deconstrucción global que es la única ideología del sistema, este puritanismo disperso llovido del norte, de erradicar integralmente cualquier violencia. Y que conste que la palabra incluye ya todo lo que no sea pactado y no circule en el planetario del consenso. En definitiva, se trata de erradicar cualquier gesto vital que dialogue con la muerte. Si nuestro prohibicionismo interactivo puede permitirse el lujo de ahorrarse grandes discursos y prescindir de ideología (o sea, atravesarlas todas) es porque su ideario es transideológico, basado solamente en el complot implícito contra lo real, esa sombra que siempre amenaza con regresar.

 

El skyline actual de la doctrina progresista es que no quede entre nosotros nada de intensidad sanguínea, una pasión de vivir que hemos de transferir a las vacaciones minuciosamente programadas, a nuestros ídolos de ficción, autorizados a una serie de aberraciones que confirman nuestra limpieza ética, o a la humanidad victimaria de unas afueras horrendas. También a nuestro precariado alternativo, sean jóvenes explotados o inmigrantes subempleados.

 

Si la corrupción es nuestro envés obsesivo, señala con frecuencia Baudrillard, es debido a la furia de una corrección delirante. La tolerancia cero con la pasión en el día, a las 11 de la mañana, necesita en los bordes vespertinos la sangre fresca de algunas bestias sin freno. Ellos son los protagonistas de nuestra masiva ficción de éxito. De ahí la atracción indisimulable que ejerce el criminal, que a veces lo convierte en impune. A falta de suspense real, reducido a los avatares de nuestro contrato laboral, los efectos especiales de la información dibujan un permanente estado de excepción que nos hace parecer vivos. Todo el puritanismo Halloween coloca el horror fuera para que nuestro terror inmanente, interactivo día tras día, sea perfectamente invisible en su imparable avance larvario. Salvo lo que dejamos para la oferta turística, todo lo sagrado debe ser convertido en profano; cualquier singularidad debe ser una noticia o revelación sensacional en la punta estadística del dispositivo informativo que nos nivela.

 

Así pues, como bien sabía Pasolini, también es necesario deconstruir las metáforas de la comunidad católica. El día de Todos los Santos debe desaparecer a manos de la noche de todos los demonios, así como los Reyes Magos debe pasar por la cirugía estética que los convierta en un solo y bailarín Santa Claus.

 

Nos hemos inventado un demonio completamente inocuo para fortalecer nuestro frágil día radiante. De ahí tanto escándalo diario, destinado a normalizar nuestro complejo de culpa. En la extrema vulnerabilidad de todo nuestro sistema cualquier broma puede producir un efecto viral o catastrófico. De ahí el temor a cualquier rogue event que pueda pinchar y hacer estallar esta lábil estabilidad. Nuestra cordura tiene la inestabilidad neurótica del nerviosismo bursátil: basta una frase mal entendida en Singapur para que haya cien muertos Sâo Paulo. En la red infinita de la expansión, una multiplicación que es nuestra única defensa contra el aura real, se propaga la cobertura igual que se propaga un virus catastrófico. Un pequeño hacker filipino puede lanzar un virus (I love you) que tenga efectos mayúsculos. Una y otra vez se muestra que la famosa sociedad global solo es el interior de una secta masiva, triunfalmente expandida.

 

De ahí que nuestro entero sistema político sueñe con la catástrofe, necesite imaginarla como su límite epistémico. Sabe que no tiene nada que ofrecer excepto salvarnos de un peligro terrenal inminente: el espectro de lo real, la vida cualsea (Agamben). La misma red tecnológica que propaga el despegue galáctico propaga también la multiplicación del desastre, como en el final de El origen del planeta de los simios. Por eso en “El espíritu del terrorismo” Baudrillard recuerda que en el 11-S las Torres parecieron hundirse a la señal de los aviones, como si los estuvieran esperando. De hecho, a toro pasado, hubo que censurar distintas imágenes que había imaginado casi exactamente el colapso.

 

Lo dijo Debord hace mucho tiempo. No tenemos nada que ofrecer salvo invadir y satanizar el resto del orbe, entendido como una noche de la tierra teñida de toda clase de desastres. Borrando cualquier referente terrenal, se disimula también lo patético de nuestro retiro autista. En este sentido, se puede admitir que a veces Baudrillard puede confundir con la endogamia promiscua que critica, sin ofrecer “ninguna alternativa”. Pero es justamente lo contrario. Finalmente, Baudrillard es bastante insoportable no porque parezca hacerle el juego a la derecha, no porque su proliferación verbal nos fatigue con una visión apocalíptica sin salida, sino porque sencillamente nos recuerda la vida que hemos traicionado, la pasión que hemos malbaratado en este Todo a cien planetario. Hablando todavía de la actualidad de lo real, él menciona la soga en la casa del ahorcado: nos recuerda además que solo el trauma real podría salvarnos. Por eso insiste en que la dualidad no puede ser borrada ni liquidada por ninguna hiper-normalización. Cuando la reprimimos en los sujetos, pasa a los objetos El conductismo masivo, por múltiple que sea, provoca estallidos monstruosos. Cuando la ironía subjetiva desaparece, entonces la ironía pasará a los objetos. De ahí el régimen de terror en el que vivimos cuando la velocidad social se detiene y todo queda en silencio. De Psicosis a Poltergeist o Misery, no hay casi ni una película de terror que no comience con una avería de la velocidad interactiva que nos sostiene.

 

Frente a la mejor máquina, la ventaja del hombre es que es tecnológicamente incorrecto, portador de una inteligencia mezclada con los peores elementos irracionales. Kaspárov llega a decir, frente a Deep blue, que cuando juega bien sus manos piensan más rápido que el cerebro. La información y su infinito tiovivo de Significantes Amo excluye un pensamiento que se alimenta de las irregularidades, del asombro, de lo negativo y la contradicción (de aquello que, invirtiendo un emblema psicoanalista, llamaríamos significantes siervo). Hace falta algo minoritario, que atraviese y se libere de las minorías reconocidas, y son reconocidas precisamente por su vocación de hegemonía, para que consigamos sentir. La propia hegemonía, como obsesión geopolítica de moda, es el representante político de la pasión por lo igual, por esta xenofobia ontológica que debe expulsar todo resto de negatividad. Admitiremos al otro cuando aprenda alemán y nuestros valores, en cuanto se parezca a nosotros, dejando su religión y su cultura para el secreto exótico de su oferta turística o el culto privado de la mezquita. Toda nuestra cultura funciona así, liquidando la inmediatez de lo real. Fijémonos que hasta los incidentes de estos días en Cataluña, o el psicodrama del Brexit, transmitidos día a día en directo, no hacen variar un ápice el funcionamiento endogámico de los medios, de una cultura política que vive del aplazamiento perpetuo, de un diferido incesante.

 

Pero a los cuerpos les pasa lo mismo que a las almas: pierden musculatura por cobertura, en el adelgazamiento de su relación con lo traumático. Toda nuestra cultura espectacular busca en la excepción contratada, en franjas horarias parceladas, aquella aventura que hemos traicionado en lo cotidiano. Pagamos por gritar de pavor. Pero gritamos en las horas de ocio (parques temáticos, fútbol, series de terror) en la misma medida en que callamos y obedecemos el resto de la semana.

 

Un mundo integralmente objetivo, automatizado informáticamente, permite que ya no haya nadie para verlo. Y así es nuestro mundo: nunca hay nadie en él. El estruendo de las multitudes está condimentado con la soledad de millones. De hecho, el protagonista de Her no tiene a nadie enfrente, y lo mismo le ocurra al complejo programa con el que tontea y quiere amar. Así pues, comenta Baudrillard, el ser humano queda como enfermedad infantil (más o menos finisemanal) de la máquina. La intuición humana queda como enfermedad infantil o concesión sentimental de la inteligencia artificial. Es necesario solo que quede un resto, un simulacro de vida para casos extremos.

 

Mientras tanto, el exceso de vida asistida hace inconcebible la muerte. De ahí el cáncer como enfermedad de la época: en la apoptosis las propias células, por exceso, desencadenan su autodestrucción. Preferimos la metástasis a pararnos, a la posibilidad de soportar preguntas para las que no tendríamos, ya no respuesta, sino siquiera un lenguaje para poder entenderlas y guardarlas, como cuestiones que podían servirnos mañana. El mañana debe estar prometido a la seguridad del aplazamiento perpetuo. Corremos para no tener destino. Muy lejos de lo que pensaba Marx, la historia no tiene una sustancia propia. Aproximadamente igual que lo que ocurre con la ideología marxiana, tampoco hay ninguna Ley de la historia. La única sustancia de la Historia, esa superstición moderna de la cronología (Weil), es negar la sustancia de una vida mortal que no va a ninguna parte. Por eso casi siempre la Historia no sabe lo que hace y repite, no dos veces sino infinitas, como farsa lo que antes fue un supuesto acontecimiento real.

 

¿Límites de Baudrillard? Cómo no. Si precisamente critica a este mundo por su monstruosa voluntad de perfección, ¿cómo no iba a hablar desde sus defectos? No tiene otra tecnología punta. Sin duda, además, otros existen añadidos, como en todo pensador que provenga de una trayectoria y una patología vividas, igual que Nietzsche o Heidegger. Tal vez incluso Baudrillard no conoce bien la independencia inconcebible de millones personas, fenómenos de resistencia y regiones de la tierra. Pero es que solo escribe, o básicamente, para los mutantes que somos. Como Virilio, Foster Wallace y otros, escribe ante todo para los marcianos del Primer Mundo. Y ya solo esto no está nada mal, lo convierte en imprescindible. Somos nosotros los que necesitamos regresar, no las comunidades zapotecas de Sierra Juárez que habitan la tierra. Es aquí, en Madrid o Berlín, en Barcelona o Milán, donde algunos le echamos mucho de menos.

 

Sobre todo, ante esta fluidez apocalíptica de nuestro orden social, la escritura de Baudrillard tiene la impertinencia humanista, hasta el consuelo, de un moralista irónico y felizmente peligroso, a la manera de lo que Sócrates, Pascal o Kierkegaard intentaron en su tiempo, quizá parecido al nuestro. Byung-Chul Han y el Comité Invisible, entre otros, serían dos efectos políticamente muy distintos, pero ontológicamente siameses, de esta analítica existenciaria que, basada en la energía impolítica de lo real, le debemos al autor de La comedia del arte. Hay que decir, sin embargo, a pesar de estas dos magníficas señales despreciadas por el progresismo alineado, que lo que vivimos en las páginas de Baudrillard tiene difícil comparación con cualquier cosa que encontremos en esta aburrida actualidad.

 

*Este texto se publicó como Epílogo en Jean Baudrillard, ¿Por qué todo no ha desaparecido aún?, Enclave, Madrid, 2020.