Variaciones sobre una respuesta

Querido M.,

Con diferencia, creo que la tuya ha sido la crítica más «convencional» y dogmática (perdona que lo diga así) que ha recibido una entrevista que, gracias precisamente a su simplicidad sumaria, ha hecho dudar y ha gustado a más de uno, que a veces se encontraba muy lejos de mis parámetros filosóficos.

Aprovechando unas preguntas rotundas, hechas con no sé qué intención, he intentado estar a la altura de mi venerable edad, sin medias tintas ni subterfugios intelectuales. Y precisamente con un esfuerzo juvenil de revisión, de subversión, que es necesario para afrontar la ambivalencia de un último tramo, este trance de madurez entre la vida y la muerte. Lamento que, a primera vista, no te hayas sentido cómodo con mis propuestas, que pretendían ser de un renovado materialismo.

Claro, darse la vuelta, convertirse a un inmediatez recobrada es de lo que hablo. Lo contrario a ese grupo de curiosos con sus telescopio que, absortos, ignoran completamente el incomparable prodigio cotidiano que a sus espaldas realiza el despuntar del alba.

Comparto muchas cosas de tu carta: «A estas alturas, no te sorprenderá que te hable un ateo que no deja de maravillarse, incluso entusiasmarse, con ciertas formas divinales y con recidivantes encuentros con lo sagrado». «No entiendo otra manera de aproximarse a algún dios, sino por la audacia».

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Dos reinos

Querido M.,

Tenemos dos manos. Con una hay que atender a la verdad, a la existencia. Con otra, a las tonterías de la época. Te escribo intentando corresponder al respeto y cariño que siempre me has mostrado, también en tu reciente correo. Mis últimas cosas, incluida esta entrevista y esos dos libros, más otros textos que están en marcha -todos ellos muy problemáticos-, son producto inevitable mi modo de ser y, muy particularmente, de este periodo tan especial que estoy pasando.

Yo siempre atravieso «un periodo especial». Te puedo decir que de pequeño me daba la vuelta rápidamente para sorprender a las cosas sin actuar, por si la realidad era un ensueño, o una ficción destinada a mantenerme engañado… Cuando en el 76 o 77 conocí el pensamiento de Lacan, me pareció el colmo del sentido común. Sobre este modo de ser, harto espectral o romántico, se ha depositado en los últimos años el crudo realismo de tener que hacer un balance. Y no todo es dulce, la verdad. Te jubilas y pierdes el contacto intenso con la juventud. De pronto, ya no eres tan joven. Te casas con una mujer joven y preciosa, y que te entiende muy bien, pero a la vez pone el nivel de exigencia -social, económico, de hogar y seguridades- alto. Y esto coincide, como por casualidad, con una situación económica desastrosa, o muy precaria de ambos, que mejor no te detallo. Y a la vez tu hija crece, ya no es una niña pequeña, sino una mujer que te hace preguntas y puede tener muy justas exigencias.

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Lo que se dice aguardar

Estimado M.,

Su correo es tan conmovedor como sus libros, de los cuales mi mujer Jazmín y yo somos hace tiempo devotos. Gracias por la prontitud de su respuesta, por estas palabras sentidas, sopesadas, llenas de iluminaciones y de una amarga ironía. Gracias de verdad.

Por si su correo deja traslucir un tono de desánimo, que no estoy seguro, le envío un párrafo reciente de otra entrevista mía. A pesar de que uno tiende siempre al Apocalipsis, aquí me abro a un ¿Quién sabe? que también Freud pronunció, y al parecer en español.

«¿Se puede dar algún cambio importante en este panorama de servidumbre interactiva? No parece fácil, pero quién sabe. La gente vive como hechizada, inmersa en una especie de automatismo anímico, pero a la vez podría estar aguardando algo. Lo cierto es que hoy en día apenas conocemos a los vecinos, así que mejor preservar un fondo de duda optimista».

Sepa que en España hay mucha gente que le quiere y le admira, cautivada por su coraje intelectual y la orfebrería de sus frases. Tenga por seguro que en sus combates también encuentro mi paz. Un fuerte abrazo desde el otro lado del océano,

Ignacio Castro

Santiago, 18 de mayo de 2022

Dos manos

Querido M.

Tu carta es deliciosa, plagada de sentido del humor, sinceridad e ingenio. Empezaré por el final: nos vemos, sí, el próximo domingo y lunes estaré ahí presentando un libro, esta vez no mío. ¿Te apuntas a lo que surja, comida, cañas, cena…? Tienes en la tarjeta adjunta la cita, pero puede haber otras.

Te agradezco de veras la seriedad con que me has tomado y sé que eres sincero cuando dices que mi entrevista te removió. No me extraña tanto. A pesar de que todos parecemos hechizados, todos estamos a la vez aguardando algo, incluso necesitaríamos un «milagro». Como dice Aksel, un personaje inolvidable de La peor persona del mundo: «Estoy harto de fingir que todo va bien».

En mi caso concreto, el diagnóstico es rotundo: mi vida es muy dudosa, necesito otra transformación (cuando creíamos haber llegado a puerto, dice Leibniz, nos sentimos arrojados de nuevo a alta mar). Quiero decir que es inseparable esta entrevista «tardía», este próximo verano cumplo 70 años, de la urgencia de hacer cuentas, cuanto antes. Y a ser posible, no dejar muchas deudas pendientes.

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