ELOGIO DE LA VIOLENCIA INTELECTUAL

Texto publicado el 26 de enero de 2023 en Vozpópuli

Leer no es sexy, es peligroso. En este punto tiene razón nuestra policía política inconsciente. Leer exige entrar en otro tiempo, atreverse a interrumpir el estrés ruidoso que nos salva del vacío y quedarse a solas, en una suspensión del sentido colectivo. Es atreverse a que «no pase nada», quizá para que ocurra algo en nosotros que habíamos aplazado. Si nuestro mundo marcha tan deprisa es porque teme lo que podría ocurrir en los pocos segundos que le concedamos al «tiempo muerto». Tal vez la lectura es dejar hablar, a través de alguien que también se ha parado, a un tiempo sin dueño ni definición. Y trabajar sobre ello, subrayando las líneas de un sentido imprevisto.

Releer, volver atrás, cavilar, saborear el timbre de las palabras. Quizá un libro que no hay que releer tampoco vale la pena leerlo una sola vez. Mala cosa, si nos ha ayudado a vivir y a entender de otro modo el pasado y sus pecados, que un libro no se aprenda casi de memoria.

Leer más

ALMAS TALLADAS

Texto publicado el 8 de enero de 2023 en Vozpópuli

«Amigues míes, estoy llene de alegría». Dysphoria mundi, Paul B. Preciado

A pesar de ser larguísimo, y de repetirse más que la cebolla, hay que reconocer que el libro de Preciado apenas tiene desperdicio. Conviene hojearlo, aun con cierta fatiga, para conocer al detalle el tipo de amenaza normativa que se cierne sobre los habitantes del llamado primer mundo. Preciado se propone hacer mutante, más sutil y eficaz, una vieja internacional del odio. En cierto modo lo consigue, de la manera más correcta posible. Tal vez es esta una de las razones por las que un conocido diario estadounidense, también la adorada J. Butler, lo declaran uno de los más importantes filósofos de la actualidad. Por su complicidad íntima con el tipo de coacciones que van a estar de moda durante mucho tiempo, como alternativa a la rancia opresión heteropatriarcal de ayer, estamos ante un auténtico best seller político. Conviene entrar en él para conocer por dónde vendrán algunos de los disparos que nos buscarán como diana.

No hay por qué negar que el Dysphoria mundi puede despertar en los más radicales hijos de Occidente, lectores de Debord, Foucault y Tiqqun, la ilusión de una revolución todavía pendiente, el cambio que le daría una última forma posible a la vieja aspiración ilustrada de evitar un universo humillado por la economía y el espectáculo. Es en realidad una ilusión funesta, pues nos obstaculiza perseverar en la posibilidad humana de atreverse por fin a existir, sin muchas esperanzas pero también sin miedo. Pero es una ilusión que Preciado despliega con una muy actualizada inteligencia. ¿Por qué atender a unas minorías que, con respaldo estatal, prometen prolongar con estilo «microfísico» el abuso que el estado ejerce sobre nosotros? Precisamente por eso, porque encarnan la violencia correcta que viene.

Leer más

ODIO DE HORMIGAS

Sería grato que todo el mundo delirase, como piensan algunos psicoanalistas. Lo preocupante es más bien lo contrario, un masivo conductismo que hace previsibles a los otros hasta en su mala educación. Posiblemente la repetición de la exigencia «Demuestra que no eres un robot» expresa un peligro de automatización en la misma carne. Si es así, asistiríamos a una pavorosa pérdida de mundo en cada uno de nosotros.

Lo que hoy se ha extendido en una amplia clase media urbana es algo distinto al individualismo descarado de antaño. Es un tipo de dispersión anímica compatible con el funcionamiento grupal, la solidaridad enlatada de las redes y la sonrisa perpetua en las normas cotidianas. El marketing se ha apoderado hasta de la tristeza. Al fin y al cabo, lo que se llama ubereconomía significa que las cosas antes gratuitas, desde un viaje familiar a una habitación vacía en la casa, ahora son puestas a producir pequeños beneficios. A nuestro odio de hormigas le corresponde un capitalismo de hormigas, su ubereconomía.

Lo paradójico de nuestra situación actual es que el egoísmo es interactivo y funcional. En este sentido, genera empleo: el de la visibilidad, con un gigantesco colectivismo en las costumbres. Lo que hemos perdido como productores, en un trabajo cada día más precario, lo ganamos como empleados a tiempo completo del consumo. Finalmente lo que producimos es precariedad, un tiempo entretenido que no pesa. Consumimos espacio terrenal, cualquier esquina de tiempo muerto. Producimos velocidad social, cronología, tiempo contado y espectacular.

Lo que enfrenta al «primer mundo» con las otras culturas, sea la latinoamericana, la árabe a la eslava, no es la democracia o la retórica vacía de los derechos humanos. Nos opone al resto del mundo nuestro odio sordo a lo analógico, al atraso y la irregularidad de la vida terrena.

Entre nosotros funciona un realismo capitalista que deja las diferencias personales para el narcisismo de las pequeñas opciones minoritarias, sexuales o culturales. Son inocuas para la obediencia mayoritaria y resultan fácilmente comercializables. Sería reconfortante que el ciudadano medio tuviera en Occidente algún tipo de relación con la espiritualidad, con lo que hoy consideramos asocial o inhumano. Pero nuestra adoración narcisista de lo minoritario es un sedante, un preservativo para no abrirnos al mundo, a la comunidad silenciosa de una humanidad que ignoramos.

En virtud de este individualismo blindado, la antigua alienación del ciudadano occidental se libera de cualquier complejo de culpa y saltase a la pista de baile.  Como si el viejo egoísmo competitivo, que era molesto pero se le veía venir, se haya encriptado y convertido en fluido, compatible con el espectáculo de mil conexiones calientes. El capitalismo que primero desencantó el mundo, ahora lo reencanta virtualmente, en una ficción social que nos invade hasta la médula.

Nos encontramos entonces con la paradoja de que, en el universo de la transparencia, nunca sabes con quién estás hasta que ocurre algo irreparable. El prójimo es hoy un misterio, pero a  la vez participa en mil iniciativas sociales. Cualquier vecino es así hermético en su normalidad. Vivimos en una visibilidad cegadora, sometidos al oscurantismo de una infinita normativa que regula la vida hasta detalles infinitesimales. De ahí que cuando nos damos cuenta de quién es realmente nuestra compañía, pueda ser ya demasiado tarde.

Las mil sorpresas que hoy nos ocurren con los que llamamos «amigos» tienen relación con un nuevo autismo de rotación veloz y género no binario. Este tipo de sujeto casi nunca llegará a la agresión física, salvo que un día estalle generando una matanza, pero tampoco se entregará a nada que no sea su fría estrategia de selección permanente.

Consideraciones

Buenos días, O., y perdona esta dilación. Llegamos hace poco de Murcia y allí no hubo tiempo para nada.

Ante todo, mil gracias por tus preguntas y observaciones. Sé que estás muy ocupado y eso le otorga un doble mérito a tu esfuerzo. Voy a las cuestiones que me planteas.

I) Desde hace no sé cuánto, pienso que la crisis es en Occidente un modo de vivir y un modo de gobernanza. Estar en crisis es un manera de que cada quien -y cada empresa- pida disculpas por no cumplir plenamente, por no ser completamente formal: «Estamos en obras, disculpen las molestias». Además, en el plano gubernamental, la crisis -Covid, Ucrania…- justifica un estado de excepción permanente que permite superar la creciente desafección de los ciudadanos por la política. Ya solo por esta razón se prolongará lo de Ucrania todo lo que se pueda. No hay nada como un enemigo externo para exorcizar males interiores. Como esta sociedad no cree en nada mortal, ni tiene nada vital que ofrecer, la crisis, con la consiguiente amenaza de una catástrofe externa al bienestar, disculpa nuestro estado larvario, un perpetuo enclaustramiento.

En el plano personal, la crisis es ideal. Nadie debe ser fuerte, entero, salvo que quiera arriesgarse a ser odiado. Estar en crisis es el modo mínimo en la clase media de ser una víctima y estar en deconstrucción, que es lo que se lleva. Así pues, la crisis nos conviene a todos… y disculpa también nuestras adicciones, además de nuestras faltas, la famosa procastinación. La normativa es tan gigantesca, tan minuciosa, que siempre estamos en falta.

Leer más

Colmados

Querido Ll., perdona mi despiste crónico, aumentado por el trasiego familiar y etílico del verano, eso que se podría llamar chiringuipanteísmo. También este correo tuyo se me despistó. Enseguida voy a tu whatsapp de ayer.

Antes, gracias por la enésima lectura. Sí, soy efectivamente yo mismo. La entrevista es lo que tiene, te saca del «sistema» que te protege y te hace vibrar en carne viva.

Ciertamente, el sentido del humor -la cintura para lo nimio- es lo que nos falta a tantos intelectuales. Y a mí no menos que a otros. Me crezco ante algunas situaciones, naufrago lastimosamente en otras donde la gente que no sabe nada de Heidegger se maneja muy bien. No siempre estoy a la altura de una vida ordinaria que, teóricamente, defiendo a capa y espada.

Después, en cuanto a la melancolía, también la defiendo a capa y espada. No es nostalgia de lo «sagrado» o algo así, sino simplemente nostalgia del riesgo real, de que por fin ocurra algo, un acontecimiento que nos cambie y nos haga sentirnos vivos.

Pero no, no creo que sean otras convenciones las que añoremos desde estas. Hubo un tiempo, no sé si sigue, que las inevitables convenciones recubrían a duras penas un mundo lleno de seres y de vida. No sé si es exactamente al caso de la actualidad. A veces parece que cada vez cuesta más encontrar algo de carne y de alma en este universo vegano, esta cultura de la diversidad ahíta de una violencia afelpada.

En cuanto a la montaña, te juro que hice lo imposible por lograr ser otro, o simplemente para lograr «alcanzarme». No sé si he logrado bajar de esas alturas, descender de la infatuación en la que tantos -filósofos y artistas- vivimos, posiblemente por cobardía y prepotencia juvenil.

Pero en fin, supongo que es una tarea permanente. Uno nunca es suficientemente adulto para volver a recuperar el niño que fue. Ahora paso a leer tu mensaje de ayer.

Mil gracias de nuevo por tu infinita amabilidad y disculpa mi retraso. Abrazos y hasta ahora, por el móvil,

Ignacio

Santiago, domingo 24 de julio de 2022