ELOGIO DE LA VIOLENCIA INTELECTUAL

Texto publicado el 26 de enero de 2023 en Vozpópuli

Leer no es sexy, es peligroso. En este punto tiene razón nuestra policía política inconsciente. Leer exige entrar en otro tiempo, atreverse a interrumpir el estrés ruidoso que nos salva del vacío y quedarse a solas, en una suspensión del sentido colectivo. Es atreverse a que «no pase nada», quizá para que ocurra algo en nosotros que habíamos aplazado. Si nuestro mundo marcha tan deprisa es porque teme lo que podría ocurrir en los pocos segundos que le concedamos al «tiempo muerto». Tal vez la lectura es dejar hablar, a través de alguien que también se ha parado, a un tiempo sin dueño ni definición. Y trabajar sobre ello, subrayando las líneas de un sentido imprevisto.

Releer, volver atrás, cavilar, saborear el timbre de las palabras. Quizá un libro que no hay que releer tampoco vale la pena leerlo una sola vez. Mala cosa, si nos ha ayudado a vivir y a entender de otro modo el pasado y sus pecados, que un libro no se aprenda casi de memoria.

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INDIA SONG. M. Duras (1972)

«La lluvia disminuye. En su lugar una luz blanca, manchas lunares en las avenidas del parque. No sopla viento. Los tres cuerpos de ojos cerrados duermen»

«La historia de amor inmovilizada en el punto culminante de la pasión. En torno suyo, otra historia, la del horror -el hambre y la lepra mezcladas con la humedad pestilente del monzón-, inmovilizada también en su paroxismo cotidiano». La mujer, Ana María Stretter, es como si hubiera nacido de ese horror. Está en medio del horror con una gracia en la que todo se abisma, con un silencio inagotable». Cerca de esa mujer, fascinante por la dulce belleza con la que parece bailar en ese vértigo, giran unos cuantos hombres, entre el éxtasis y la parálisis.

Una sonrisa que no acaba da miedo. Entre adelfas y palmeras de un parque tropical, Duras nos narra la lentitud de los que no van a ningún lado, de aquellos que no pueden escapar, como en algunas pesadillas. Podríamos situar esta obra dentro de un teatro experimental afectado por la inmovilidad, tal vez no muy lejano de algunas composiciones de Beckett. Lentitud, cambios de escenario y luces, vértigo, cuerpos dormidos o bailando, voces y sombras… Voces, una dulzura perniciosa. Su delirio es la vez tranquilo y ardiente. Casi nadie alza la voz, en una constante suavidad que aumenta el espanto. La angustia se desenvuelve en un escenario de altura. Hasta parece que los enrejados de los campos de tenis son parte de esa angustia. Así como el cargo diplomático de casi todos los personajes en el ambiente exótico y miserable de la India.

El amor, también el que ella genera, no puede con el horror. Más bien lo acoge en su seno, lo prolonga hasta una dulzura extraterrestre. La lluvia no se ve. Solo se la puede oír. Como si lloviera en todas partes menos en ese parque excluido de la lluvia. De ahí esos personajes en suspenso, las escenas detenidas, agotadas por una historia anterior de la que poco más sabemos que de su cansancio.

La luz es distinta, parece venir de fuera. Es azul, lunar. Incluso los objetos, la bicicleta roja de Anna María, parecen dar miedo. Pero la música lo inunda todo, como si el conjunto fuera una partitura para interpretar y descifrar. Tal vez para resaltar un misterio de fondo, hay algo de mecánico en esas veladas diplomáticas, en esa coreografía colectiva de bailes, conversaciones entrecortadas y música, gente que entra y sale, que mira en una dirección u otra. Como si todo tuviera un sentido roto o fuera visto en el absurdo, empujadas las escenas que se superponen, las luces que cambian y los personajes y voces que se superponen, por un oculto resorte.

 

Gritan regularmente los mercaderes, hay ladridos de perros, llamadas lejanas. Los rumores de la gente, del viento, de la proliferación vegetal, ayuda a una mezcla onírica de realidad y sueño. Todo ello bajo la lentitud de pesadilla de los ventiladores que no consiguen aliviar un calor infernal. Los que hablan no son nunca los que se ven. Duras busca una discordia de los sentidos, que el horror que cuenta no pueda ni apoyarse en la continuidad de los sentidos. Todas son escenas dislocadas, sin correspondencia, en las que el espectador debe abismarse o poner su hilo. Además, las voces femeninas y masculinas producen un efecto de extrañamiento, de tal modo que nunca podemos descansar en ninguna situación. Hasta los mendigos parecen a veces sentir miedo, tal vez de una miseria moral mayor que el hambre o la lepra.

En realidad, la lepra parece brotar de los corazones de esta gente rica, que nada en una opulencia similar a su vacío. Solo el amor, tensado hasta el paroxismo, parece querer saltar por encima de esa inmovilidad, de esa lentitud que no va a ninguna parte. Finalmente, el amor aumenta la inmovilidad y no puede con nada. Los personajes ni pueden morir. Anna María, sencillamente, desaparece en lo que parece una evasión trágica, pero implícita.

La amo con deseo absoluto. No hay respuesta. Silencio. Cada escena, cada personaje funciona solo, aislado en pensamientos apenas susurrados. Parece que solo la desolación une a esos grumos de vida. Los personajes son expulsados de un obra anterior, El vicecónsul, lo cual tal vez aumenta su aislamiento, a la manera de calcomanías recortadas, pegadas en una superficie extraña. Están como solos. Les separa el cansancio de la noche. A veces hasta los criados cruzan las salas como si no vieran a los invitados. Hay una especie de ceguera, nuestro sentido mayor, que intenta ser suplida por los sonidos, los rumores, algunas frases sueltas, casi caídas.

La luz violeta en la niebla del Delta. Unos lugares se transmutan en otros, en una fluidez cromática y musical del mismo vacío. Con cambios continuos de luces, de músicas, de franjas horarias y de escenas. La opulencia obscena de los decorados, esas rosas traídas todo los días del Nepal, rezuma una desazón que perece duplicar el horror popular de la lepra y el hambre. De hecho, parece haber una complicidad oculta entre Anna María y esa mendiga que les sigue, desde hace diez años, entonando la canción de Savannakhet. Y sin embargo, puede que ese confort autista es el que hace de la India un abismo de indiferencia, donde Los leprosos estallan, como sacos de polvo.

Bruscamente, estallido de la inmovilidad. Una de las cosas que parecen perder a Anna María es que todos -el Joven Agregado, el Vicecónsul…- la adoren, sin nadie que le diga: AmaSal de tu noche (P. Verlaine).

Ella se da a quien quiere tomarla… Cristiana sin Dios. Anna es como una encarnación adorable del vacío. Entre otras mil, hay una frase que le encantaría a Lispector: El latir de tu corazón me da miedo. Pero Lispector, incluso en La hora de la estrella, lleva toda desolación a la carne, a una vida llena de vida. Marguerite Duras no, pues lo deja todo en suspenso. En cierto modo, el magnetismo de India Song, su despiadado vértigo, culmina el nihilismo de la laicidad francesa y europea. Hay una tensión aterradora. Pero nada rompe el tranquilo encanto de la muerte.

No se duerme, se espera la llegada de las tempestades. Me pregunto si, con toda su altura ética y estética, no hay en esta obra una cobardía en el hecho de no dar el giro final, que sí dan Lispector y Weil, hacia un desamparo vuelto hacia lo abierto, trasmutado en cierta inocencia. Hacia una dulzura pueril, que asuma todo el vértigo de vivir dentro y sin embargo no sea terrible. Como esas luces teatrales que cambian, pero hacia una día que acoge y hace fluir la noche. Tal vez la propia Duras reconoce algo de esto cuando al final dice: ¿Cuál es el mal? La inteligencia. Esto es, la inteligencia que no es capaz de volver a una imprescindible necedad.

Ignacio Castro Rey. Picón, 19 de abril de 2022

Consideraciones

Buenos días, O., y perdona esta dilación. Llegamos hace poco de Murcia y allí no hubo tiempo para nada.

Ante todo, mil gracias por tus preguntas y observaciones. Sé que estás muy ocupado y eso le otorga un doble mérito a tu esfuerzo. Voy a las cuestiones que me planteas.

I) Desde hace no sé cuánto, pienso que la crisis es en Occidente un modo de vivir y un modo de gobernanza. Estar en crisis es un manera de que cada quien -y cada empresa- pida disculpas por no cumplir plenamente, por no ser completamente formal: «Estamos en obras, disculpen las molestias». Además, en el plano gubernamental, la crisis -Covid, Ucrania…- justifica un estado de excepción permanente que permite superar la creciente desafección de los ciudadanos por la política. Ya solo por esta razón se prolongará lo de Ucrania todo lo que se pueda. No hay nada como un enemigo externo para exorcizar males interiores. Como esta sociedad no cree en nada mortal, ni tiene nada vital que ofrecer, la crisis, con la consiguiente amenaza de una catástrofe externa al bienestar, disculpa nuestro estado larvario, un perpetuo enclaustramiento.

En el plano personal, la crisis es ideal. Nadie debe ser fuerte, entero, salvo que quiera arriesgarse a ser odiado. Estar en crisis es el modo mínimo en la clase media de ser una víctima y estar en deconstrucción, que es lo que se lleva. Así pues, la crisis nos conviene a todos… y disculpa también nuestras adicciones, además de nuestras faltas, la famosa procastinación. La normativa es tan gigantesca, tan minuciosa, que siempre estamos en falta.

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Colmados

Querido Ll., perdona mi despiste crónico, aumentado por el trasiego familiar y etílico del verano, eso que se podría llamar chiringuipanteísmo. También este correo tuyo se me despistó. Enseguida voy a tu whatsapp de ayer.

Antes, gracias por la enésima lectura. Sí, soy efectivamente yo mismo. La entrevista es lo que tiene, te saca del «sistema» que te protege y te hace vibrar en carne viva.

Ciertamente, el sentido del humor -la cintura para lo nimio- es lo que nos falta a tantos intelectuales. Y a mí no menos que a otros. Me crezco ante algunas situaciones, naufrago lastimosamente en otras donde la gente que no sabe nada de Heidegger se maneja muy bien. No siempre estoy a la altura de una vida ordinaria que, teóricamente, defiendo a capa y espada.

Después, en cuanto a la melancolía, también la defiendo a capa y espada. No es nostalgia de lo «sagrado» o algo así, sino simplemente nostalgia del riesgo real, de que por fin ocurra algo, un acontecimiento que nos cambie y nos haga sentirnos vivos.

Pero no, no creo que sean otras convenciones las que añoremos desde estas. Hubo un tiempo, no sé si sigue, que las inevitables convenciones recubrían a duras penas un mundo lleno de seres y de vida. No sé si es exactamente al caso de la actualidad. A veces parece que cada vez cuesta más encontrar algo de carne y de alma en este universo vegano, esta cultura de la diversidad ahíta de una violencia afelpada.

En cuanto a la montaña, te juro que hice lo imposible por lograr ser otro, o simplemente para lograr «alcanzarme». No sé si he logrado bajar de esas alturas, descender de la infatuación en la que tantos -filósofos y artistas- vivimos, posiblemente por cobardía y prepotencia juvenil.

Pero en fin, supongo que es una tarea permanente. Uno nunca es suficientemente adulto para volver a recuperar el niño que fue. Ahora paso a leer tu mensaje de ayer.

Mil gracias de nuevo por tu infinita amabilidad y disculpa mi retraso. Abrazos y hasta ahora, por el móvil,

Ignacio

Santiago, domingo 24 de julio de 2022

Mitad del verano

Buenas tardes, querido,

Sí, la expresión «hombre moral» no explica mucho. Y sin embargo, se siente cuando alguien así está cerca, aunque se equivoque en todos sus actos. En principio, tampoco yo entiendo a ningún Dios que no habite en un hombre moral, en alguien que siempre tenga en cuenta el corazón de los otros. Pero de acuerdo, no es garantía de nada. Es posible que Charles Manson se considerase a sí mismo un hombre moral. Supongo que alguien moral debe pasar la prueba de los otros, no de una secta de afines.

En el taller que proponemos, la palabra fiebre creo que solo se refiere a la intensidad que al parecer nos interesa. Nada más que eso; es otro modo de nombrar lo que hace que una película o un lectura se convierta en inolvidable, aunque en el momento desagrade profundamente.

En cuanto a las películas, te envío una lista incompleta que confeccioné este verano. Sin orden ni concierto, algunas las he puesto en clase (marcadas con una +) y otras nunca me atreví. O sencillamente, no cabían en ningún aula. Curiosamente, la mayoría son de génesis angloamericana, una cultura media que aborrezco. Tal vez por eso me he pasado media vida extrayéndole la savia poética de su ganga inmisericorde.

He excluido de antemano una infinidad de películas españolas y extranjeras, actuales o no, que supongo que has visto. Así como un cine de culto (Huston, Sokurov, Malick) que te recomiendo encarecidamente. Solo te enumero algunas rarezas que, a veces con proyección comercial, no me han dejado como estaba. Todas tienen en común que operaron en mí una pequeña cirugía invasiva.

De modo que cuando terminan, aunque no se note por fuera, no eres exactamente el mismo. Te convierten otra vez a tu existencia, por debajo de tu última identidad, y nunca logras olvidar esas obras. Tal vez no me interesa otra cosa que eso, el beneficio lento, la dulzura de lo traumático. No te digo nada en concreto de ninguna de ellas, pues sería un trabajo muy largo. Solo te digo que he logrado respirar gracias a este tipo de cosas, igual que con la música de Coltrane, Wyatt o Soft Machine.

Creo que estoy con el proyecto de otro nuevo libro, simple, breve (bastante más que En espera) y sin jerga filosófica. Ya te contaré.

Un abrazo muy fuerte, querido, y hasta pronto,

Ignacio

+Más extraño que la ficción (M. Forster, 2006)

Fuerza mayor (R. Örstund, 2019)

Boyhood (R. Linklater, 2014).

Detachment (El Profesor, T. Kaye, 2012)

El regreso (A. Zvyagintsev, 2003)

Un hombre soltero (T. Ford, 2009)

+Fresh (B. Yakin, 1993)

+Deliverance (Defensa, J. Boorman, 1985)

Far north (A. Kapadia, 2007)

Two lane blacktop (Carretera asfaltada en dos direcciones, M. Hellman, 1971)

Europa (L. von Trier, 1991)

Afliction (Aflicción, P. Shrader, 1997). Más Blue collar y Hardcore

The chosen (Elegidos del gheto, J. Kagan, 1981)

+MrNobody (J. van Dormael, 2009)

Border (N. Carlsen, 2018)

Locas de alegría (La pazza goia, P. Virzì, 2016)

Half Nelson (R. Fleck, 2007)

Martha Marcy May Marlene (S. Durkin, 2011)

El caso Villa Caprice (B. Stora, 2020)

La peor persona del mundo (J. Trier, 2021)

Todo el mundo gana (Everybody wins, K. Reisz, 1990)

Picón, sábado 23 de julio de 2022