Piedad hacia el otro lado Entrevista con María Rodríguez (O Sil)

"Escuchando la espera". Entrevista de María Rodríguez (O Sil)

Pregunta: – En una sociedad global, dominada por la tecnología, por la inteligencia artificial y el consumismo, con continuas crisis socioeconómicas y políticas, ¿qué lugar debería ocupar la filosofía?

Respuesta: – Desde cierta distancia anímica, la filosofía debería ser el reverso de nuestro espectáculo social para poder discutirle a los medios la exclusiva de lo que es la actualidad y pensar un presente que no cabe en el esquema periodístico. Se debe leer nuestro mundo entre líneas, adivinando lo que está enterrado en un enjambre social que en gran medida funciona en circuito cerrado, girando en torno a su desconfianza hacia el «atraso» exterior. Ahora bien, dado que hay tantas filosofías como personas o periódicos, cada una tiene su visión de la realidad. Muchas veces, al faltar la independencia frente a la velocidad del impresionismo informativo, la filosofía parece sólo un eco «intelectual» de la ceguera de los medios. Algunos filósofos discutimos la idea misma de «sociedad global», que sólo nos parece pertinente en el círculo vicioso de los temas de moda, dentro de nuestra redundancia viral. Realmente, ¿qué es lo «global»? Si estoy en paro, deprimido o con un intenso deseo de ligar, ¿de qué me sirve esa cantinela? Sin duda, para la diversidad del consumo y el endiosamiento de los titulares informativos, para un conductismo de masas que entretiene el ocio de una décima parte de la humanidad. Pero todo esto es muy limitado, pues buena parte de la Francia, la España o la Italia reales viven sumergidas bajo la superficie estadística que la casta política gestiona. A veces la globalización parece sólo una «complejidad» construida para que la gente corriente no pueda tomar decisiones. Lo que ocurre en un día cualquiera y en un lugar cualquiera resulta invisible para nuestro impresionismo informativo, que opera en bucle y tiene una inteligencia artificial muy corta. Tras su ideología y su identidad expresiva, un ser humano tiene problemas y potenciales soluciones muy secretas, a veces casi inconfesables.

P:  –  ¿Estamos hablando entonces de una superstición, de un simple mito?

R: – En cierta medida, sí. En momentos y cuestiones cruciales, ¿dónde está lo global? Aunque el trabajo de un carpintero se vea afectado por la guerra en Ucrania o el conflicto de Oriente Medio –el encarecimiento de los materiales, del combustible y los portes-, él tiene que buscar una solución particular, con frecuencia escondida. Donde está la ley general siempre hemos de buscar una fuga, una trampa vital. Pienso que vivimos en un absoluto local que se debate cara a cara con el peligro, con inquietudes, alegrías y miedos secretos, medio enterrados. La vida y la muerte, el bienestar y la pobreza, la tranquilidad y la zozobra, tienen siempre una raíz existencial y cultural. Ante eso, con frecuencia lo «mundial» sólo es un barullo elitista que intenta enredarnos. La dependencia de la mitología global es enfermiza, desarma el alma y los cuerpos. Bajo cuerda, es el mundo mismo el que resiste la mundialización. Aunque no se trata de volver a otro individualismo, que ya es excesivo. Se deben buscar soluciones elementales que han de tener un carácter real, libre de una «interdependencia» que está dirigida por expertos que ni siquiera nos conocen. La interdependencia es la ideología «horizontal» con la que hoy se disfraza la cruda dependencia del ciudadano medio con respecto a los grandes poderes que abusan de él. Tus propias preguntas, pienso, brotan de un suelo de tormento y vivencia, de una percepción singular y encarnada que no tiene cobertura planetaria. Tanto en la pasada pandemia como en las actuales matanzas, sobran respuestas «globales» y faltan preguntas vitales. Nuestros orgullosos valores universales son, desde hace demasiadas décadas, una disculpa para la sordera y la agresión. Creo que, entre otros muchos pueblos, los palestinos saben algo de esto.

P: – Hoy el hecho de pensar, ¿resulta más difícil que antes? La sociedad actual, ¿está perdiendo la capacidad de ser crítica con los poderes? Desde su experiencia de profesor, ¿cómo ve a las nuevas generaciones?

R: – Pensar fue siempre difícil, pues significa darle forma a lo que viene, en principio sin forma. Si hoy pensar resulta más difícil que antes es tal vez por dos motivos. Primero, se trata de pensar nuestra inmediatez envolvente, no un pasado sobre el que guardemos una cómoda lejanía. Segundo, entre la clase media el poder contaminante de la llamada sociedad del conocimiento es inmenso, tanto o más que en cualquier época anterior. Desde mi experiencia de profesor, de adulto rodeado de jóvenes, no sé muy bien qué pensar de las nuevas generaciones. Por un lado, pervive en ellas una adorable energía, un coraje y una generosidad intactos, atemporales. Al mismo tiempo, hay toda una moda joven, mimada por el sistema, que es casi lo peor de este mundo. Es cierto que ser joven nunca fue una garantía: los neonazis también son jóvenes. Pero en cualquier edad la juventud es un don, una actitud de aventura que nunca debemos perder. Por eso hoy existe, revestido de un aire lúdico y juvenil, una trampa mortal en la conexión masiva, dirigida en la sombra por cerebros seniles. El sistema adula a la juventud para corromperla, impidiendo que de ella surja nada distinto. Nuestra diversión obligada esconde una especie de fascismo emocional manejado por expertos fríos y maduros. Bajo la disculpa novedosa de «estar al día» buena parte de lo que el sistema nos ofrece es reiterativo y adictivo. Si un cambio verdadero fuese posible actualmente, tendría que partir de una alianza en nosotros entre el corazón y la cabeza. Entre una jovialidad muscular y perceptiva, que nunca debimos perder, y un cierto temple anímico que es propio de los adultos.

P: – En su obra ha analizado la sociedad y el mundo actuales. Durante la pandemia escribió En espera y Sexo y silencio. ¿Que ha supuesto para usted el Covid y cómo se ha reflejado la experiencia en estos libros, en su forma de afrontar el momento? ¿Qué pretende con ello?

R: – Escribí mucho en estos últimos años, madrugando incansablemente para apartarme de la inercia colectiva y seguir pensando sin pánico, al margen de la alarma permanente que es difundida por el Estado-mercado. La pandemia fue también un experimento temible de gobernanza, redoblando los mecanismos de coacción para lograr una obediencia mayoritaria. Desde entonces, casi cualquier espontaneidad ha desaparecido bajo las normativas y los protocolos: antes de llamarte por teléfono, tengo que preguntarte si puedo llamarte; para ir a cenar a cualquier restaurante, tengo antes que reservar. Etcétera. Nuestras élites padecen un indisimulable pánico a la sencillez. Es moral y políticamente aconsejable librarse de este histeria normativa para volver a ser fieles a una vida que sigue siendo muy física y nunca puede sentirse segura. Por mucho que lo pretenda el capitalismo woke, nunca viviremos en una cárcel de vigilancia intensiva. No debemos ceder ante el miedo, ante unos accidentes que en la vida real son inevitables. Esos dos libros, muy distintos, tienen en común el himno al coraje de una vieja libertad que ha de lidiar cada día con la incertidumbre, con un riesgo corporal y anímico para el que no hay cobertura. Los dos actualizan asimismo cierta ironía crítica sobre los grandes mitos gregarios de este momento histórico, unos mantras que nos hacen esclavos de una concepción vigilante y más bien policial del mundo. Pienso que nos hace falta un nuevo realismo, que tendrá que volver a pisar el suelo y atreverse a ser sucio, aunque eso ofenda a los partidarios de la democracia normativa y la corrección política.

P: – Realmente, ¿fue el Covid el virus que más ha debilitado física y mentalmente a la humanidad?

R: – No sé en los mundos exteriores, pero entre nosotros el virus que más debilita a la humanidad es el miedo. Nos están degradando los temores inducidos y una especie de depresión guiada que nos impide incluso la tristeza que, personal e intransferible, es una brújula genial para vivir y elegir. Lo contrario de la vida no es la muerte, sino el miedo. Esto lo sabe muy bien el poder y sus especialistas aliados, que se pasan la vida asustando a la gente para que dependa de la solución «global» que ellos manejan. El miedo es necesario, pues nos despierta, pero tenemos que modularlo. En el fondo, cada uno está bastante solo ante el riesgo, como hace mil años. Igual que entonces, hay que sufrir y morir un poco cada día para estar vivos, para ser de mortalmente eternos e inventar defensas ante el pánico inducido que los poderes de turno nos venden.

P: – Cuando estábamos recuperándonos de la pandemia y de su crisis sanitaria, social y económica, se produce la invasión rusa, un conflicto larvado que justamente entonces. Más tarde, las horribles escenas de Gaza. ¿Es una casualidad?

R: – No, no lo creo. Los tres acontecimientos tienen en común la histeria ante lo otro, un pánico infinitamente manipulable. Pienso que no fue ninguna casualidad el conflicto con los rusos y más tarde con los palestinos. Parece que los gobernantes, y un «cuarto poder» que casi siempre es cómplice de la casta política, buscan mandar desde la emergencia, con unas supuestas catástrofes inminentes que mantienen al público cautivo y lo empujan a una obediencia bovina. Tal vez por esta razón el comando estadounidense de nuestra moral democrática, tan unánime como sorda, no tuvo ningún interés en acortar el conflicto de Ucrania. Tampoco parece tenerlo ahora en detener la matanza, el terror y el hambre en Gaza.

P: – ¿Qué opina del papel que están teniendo los medios de comunicación y las redes sociales en esta espiral?

R: – Esta es la palabra clave: espiral. Con geniales excepciones, los medios y las redes se dedican a alimentar una dependencia viral, en bucle. El sistema busca que nadie tenga impresiones independientes, libres de la empresa política y económica de la opinión pública. De ahí que la censura haya vuelto con fuerza en plena democracia. La función de los medios es adelantarse a las sensaciones populares, lograr que la más elemental percepción esté regida por los modelos ideológicos, bastante sectarios, con los que Occidente encara el mundo. Este colectivismo tecnológico, personalizado en las redes para que cada uno tenga un papel narcisista e interactivo, es un sistema tan despótico como el viejo feudalismo. Pero más eficaz, pues se apodera de las almas con una violencia suave, casi vegana. Por eso hoy tanta gente, incluso después de ver escenas espantosas, sigue indiferente. Como máximo, consumiendo opiniones. La sangre de las tragedias se mezcla y refuerza la publicidad consumista, de modo que también ejerce un papel de anestesia. La muerte sangrienta de los otros escamotea nuestra muerte lenta. La libertad de expresión, ruidosamente emocional, es el calmante que hace invisible nuestra nula libertad de acción. Supongo que algún día debíamos dejar de trabajar en red para Elon Musk.

P: – La dinámica en la que estamos muestra retrocesos y síntomas de lo que algunos autores consideran una medievalización. ¿Qué piensa usted?

R: – No estoy lejos de este diagnóstico, aunque pienso que sabemos muy poco de una Edad Media sistemáticamente injuriada. Parece ser que todo lo que permanece en la sombra implica hoy un pecado del que hay que apartarse. Ante la penumbra de lo otro, vivimos protegidos por una especie de apartheid portátil. Evidentemente, la tecnología no es ajena a esta especie de racismo democrático. Por todas partes funciona un autoritarismo horizontal, pretendidamente transparente, que nos ahorra habitar la tierra como seres individuales. Hasta en la salud, en la orientación sexual y en la alimentación, tenemos que seguir a un Estado que externaliza en la sociedad civil la publicidad de sus dogmas. Como se ha dicho a veces, somos prisioneros políticos del terrorismo sonriente de la actualización, de una violencia inclusiva que demoniza cualquier independencia. Nadie debe quedarse atrás, ni fuera. Ante el dolor de vivir debíamos tener la obligación moral y política de partir de estar solos, dentro de nuestra piel y sus silenciosas percepciones. Sin individuos libres, que escuchen su patología, no hay comunidad, ningún encuentro posible. Es la única manera de recuperar cierta fortaleza, también de refundar comunidades con arraigo.

P: – ¿Qué se podría hacer para rebelarse contra esta dinámica de retroceso y quién podría o debería hacerlo, teniendo en cuenta que también la política está en crisis?

R: – La política es parte de este espectáculo endogámico que tiene la función de mantener apretadas las filas detrás de nuestro elitismo, con sus líderes y sus tropas. Esto no quiere decir que no debamos elegir con cuidado entre las distintas alternativas. En el conflicto con Rusia o con el mundo musulmán, Corbyn o Mélenchon no son lo mismo que Sunak o Macron. Lo mismo ocurre con Belarra o Gideon Levy frente al sionismo perfumado de una Ursula von der Leyen. Buena parte de nuestros líderes son simples camareros del autismo occidental, este servilismo francés o alemán ante un delirio angloamericano que cree, desde su isla auto-elegida, hablar en nombre del bien universal. De todos modos, la elección entre posiciones públicas distintas depende de una insurrección personal que debemos mantener contra viento y marea. Si delegamos nuestros sentimientos en la gigantesca empresa política e informativa, cedemos también el único terreno desde el cual podemos ejercer una fuerza. Debemos abrir todos los canales, también los prohibidos, para lograr que nos mientan todos y así, entremedias, lograr una percepción acorde con nuestra experiencia. Nadie debe imponer cobertura al sentir de cada uno, a las necesidades más íntimas. Sólo a partir de ellas podemos percibir lo que nos toca y encontrar pequeñas comunidades que resistan el imperio global, en realidad muy sectario. Sobre el sectarismo armado de nuestros valores universales sería bueno, de nuevo, preguntarle a unos palestinos que están en el horno crematorio día tras día.

P: – ¿Tiene en proyecto algún nuevo libro ahora mismo?

R: – Estuve estos años muy ocupado presentando dos libros que, cada uno en su terreno, defienden la idea de cierto vitalismo libertario, Sexo y silencio y En espera. Este pasado verano escribí Antropofobia, en torno al autoritarismo lúdico que esconde la Inteligencia Artificial. Acabo de terminar El materialismo de Dios, sobre la subversión política, cognitiva y moral que todavía encierra el humanismo cristiano y su concepto de persona. Tengo por delante un largo invierno dedicado a explicar y defender estos dos libros.

P: – En alguna ocasión da la impresión de tener una mentalidad «apocalíptica» ante los desafíos actuales. ¿Cómo ve el futuro de la sociedad, cuando menos la europea? Supongo que España y Galicia están dentro de este contexto general. ¿O ve alguna particularidad en nosotros?

R: – Etimológicamente, la palabra apocalipsis remite a la idea de revelar algo desde lo oculto. Pienso que sólo una nueva sacudida anímica puede librarnos de esta protección envenenada que nos paraliza con su inmensa legión de salvadores profesionales. Habría que atreverse a volver a una crudeza real que nos permita tomar tierra y buscar encuentros. No podemos ser optimistas en cuanto a esto, cuando los poderes establecidos han conseguido una obediencia dispersa casi perfecta. Con todo, hay que mantener la esperanza: «También hay vida al otro lado de la montaña», decía un viejo refrán. Y no perdamos de vista que el otro lado comienza hoy en uno mismo, en un interior que hemos dejado adormecer. No creo que la obediencia tome en España niveles particularmente apocalípticos. En cuanto a Galicia, es cierto que a veces parece un reflejo melancólico del miedo incrustado en Europa. El alabado «sentidiño» podría ser una versión hipocondríaca de la servidumbre terciaria que se vende desde el norte, envasada especialmente para los países vicarios del sur. Aunque ahora la unanimidad parece quebrarse con el escándalo de Gaza, en nuestra democracias la obediencia ha sido casi unánime, mientras las voces discordantes son aún tachadas de negacionistas, «hijas de Putin» o «cómplices de Hamás». Es como si la normativa triunfante fuese una verdad religiosa que sólo puede tener enfrente herejes, aunque hoy a los herejes no se les lleve al fuego, que apesta, sino a la invisibilidad y la cancelación. El silencio al que se condenan las voces disidentes es la cara siniestra de la diversión espectacular, conseguida a veces con una alianza temible de mayorías y minorías, de derecha e izquierda. Los verdes alemanes son abiertamente partidarios del «derecho de Israel a defenderse», es decir, del derecho del sionismo a asesinar a mansalva. ¿Se puede dar algún cambio importante en este panorama de despotismo con apariencia democrática? No parece fácil, pero quién sabe. La gente vive como hechizada, inmersa una especie de coma moral e instalada en el automatismo anímico. A la vez, parece estar aguardando algo. Es nuestro deber conectar con esa espera silenciosa. Dado que actualmente apenas conocemos a los vecinos, conviene preservar un fondo afirmativo de duda.


"Un cielo infernal", entrevista de Mikel Arranz y Luis Roser a Ignacio Castro Rey para elpTV

«Un cielo infernal», entrevista con Ignacio Castro.

En esta entrevista a Ignacio Castro realizada por Luis Roser y Mikel Arranz, corresponsales de ELPTV, se aborda la problemática de las nuevas identidades a partir de la crítica que el autor realiza sobre el libro de Paul B Preciado Dysphoria Mundi (1). De allí a la despatologización y los conceptos de diversidad e igualdad.

Ignacio Castro Rey, es filósofo, crítico de cine y arte, gestor cultural y profesor. Es autor de múltiples artículos y conferencias. Ha publicado numerosos libros en lengua gallega y en español, como “Sexo y Silencio” en 2021. (2)

Su pensamiento abarca desde la tolerancia ilustrada a la crítica de la violencia cultural del poder contemporáneo.

Ver entrevista


Ignacio Castro Rey.

Ignacio Castro Rey. "I. A. y crueldad calculada". Facultad de Filosofía de la UB. Seminario de Filosofía Política "Juan Luis Vives"

7 Miralls al Dau 1 y Barcelona Arts Cultures presentan la conferencia de Ignacio Castro Rey sobre Inteligencia Artificial celebrada en la Facultad de Filosofía de Barcelona, dentro del seminario de filosofía política Juan Luis Vives el 19 de mayo 2023. Vídeo documento realizado por Jordi Traperho, con la colaboración de Parigi.


Documental publicado por lahoradigital.com: ¿Qué pasó con Yugoslavia?

Documental publicado por lahoradigital.com
¿Qué pasó con Yugoslavia?
Boris Kozlov
24 de noviembre, 2023

¿Qué pasó con Yugoslavia? El engaño de nuestra vida” es un cortometraje documental en el que cuento lo que fue Yugoslavia para mí, en mi infancia y también mi versión sobre su violenta destrucción.


Sociopatía de la última normalidad. Ignacio Castro Rey GETTY IMAGES

Sociopatía de la última normalidad

Después del ridículo de la inteligencia israelí en el espantoso y extraño atentado del 7 de octubre, se trataba de restaurar el pánico a «la única democracia de Oriente Medio». El rock de Apocalypse now, mientras se mataban vietnamitas, tenía así que ser ampliamente superado. Lo nuestro es un fascismo ambiental adornado con música techno, como el de esos jóvenes de las FDI que, con cualquier orientación sexual, bailan frenéticamente después de reventar palestinos con sus temibles Merkava. Pero algunas lluvias de sangre caen sobre almas mojadas. Aunque el mismísimo Elon Musk reconozca que cada niño asesinado genera diez milicianos de Hamás, ¿no se trata precisamente de hamasizar, de fanatizar al máximo el orbe musulmán? ¿Lo conseguiremos? Nos vendría de perlas para tener los misiles siempre listos y justificar de antemano el amasijo sanguinolento de cadáveres civiles. Habrá que destrozar a muchas mujeres pero, ahora que hemos aflojado la generosa ayuda humanitaria a Ucrania, municiones no nos faltan. Tampoco bombas de fósforo ni proyectiles de uranio empobrecido.

¿Qué pinta, en este espléndido panorama de carnicería ejercida en plena democracia vegetariana, las constantes alarmas tipo Que viene el Coco? Milei, Le Pen, Abascal, Trump, Orbán, Meloni… ¿De qué hablamos cuando hoy usamos el miedo a un retorno del «fascismo»? Es esencialmente una patraña, la impostura de un espantapájaros manejable. Es la coartada encubridora que hace todavía más invisible la violencia perfecta del sistema, el glamour de diversidad con el que opera el narcisismo genocida de nuestras costumbres. La matanza apocalíptica de Palestina, impune para Israel y para Estados Unidos, no se explicaría sin la inquisición institucional en que han entrado hace tiempo las democracias, una ferocidad neocon que convierte al fascismo clásico en un exótico trampantojo. Como el nihilismo occidental cree no tener ya ningún referente exterior y ha conseguido sentirse rodeado de una jungla bárbara más sus representantes interiores, los ultras-, se puede permitir el lujo de no tener nada vitalmente afirmativo que ofrecer. Le basta con sus horribles enemigos, así que dedica buena parte de su energía a satanizar el resto de la tierra.

Ni vale la pena volver a repetir la lista de bestias, personificados o culturales, que semana tras semana acosan y refuerzan las fronteras de «Occidente». Es preciso darle forma incansable a los fantasmas externos. Intramuros, el ejemplo ideal de todos ellos es el viejo fascismo, trasmutado también en islamismo radical o en despotismo paneslavo, viejos fantasmas que blanquean la interactiva y limpia violencia simbólica del sistema. Si puede, incluso sexy. Fijémonos en el confort sonriente de cualquier reunión de Davos, la OTAN, el FMI o el G7. Las élites sionistas, de cumbre en cumbre; los pueblos, de abismo en abismo. Para justificar esta escandalosa desigualdad no hay nada como una posibilidad todavía peor, el retorno de los fachas.

¿Para qué los necesitamos? Pensemos otra vez en la suave Úrsula. Aunque partidaria impasible de la venganza sangrienta de Israel, no es de «extrema derecha». Al menos, comparada con Javier Milei. Pero a fin de cuentas qué más da, pues si ella no es «fascista» es sólo para cumplir mejor el despotismo neoliberal del imperio. ¿Recordemos con qué aplomo frío y serpentino encaraba las críticas del diputado irlandés Boyd? Igual que otras elegantes muestras de nuestro bestiario democrático –Trudeau o Rishi Sunak no le van a la zaga-, ella representa un «fascismo» tan encarnado y consumado que puede prescindir de cualquier simbología totalitaria. Mientras avanza con su casco de peluquería en la aplicación de la agenda 2030, sonríe levemente. Apenas se notan los hilos de veneno occidental en las comisuras de sus labios pintados. La izquierda debía tomar nota de este fascismo correcto, casi cool, que ya no se llama fascismo. ¿Lo hará? No, está demasiado ocupada en servir a un capitalismo reciclado.

Von der Leyen se basta sola con su equipo de maquillaje democrático. Le sobra Le Pen, ya no digamos Orbán, que serían un estorbo demasiado creyente y vehemente, demasiado explícito. ¿Para qué exhibir un ideario agresivo y abiertamente racista si este ya está cristalizado en la marcha imparable de la conspiración europea? Asomémonos a The Great Narrative, el documento Schwab & Malleret que es guía de fondo de la azulada agenda colectiva. Úrsula se basta en ella con su inglés cuasi perfecto, su resolución fría y democrática. Investida de dolor solemne, sólo hay que verla desfilando en el monumento al Holocausto de Berlín para imaginarse qué nuevos hornos crematorios, pero a fuego lento, están en su mente inescrutable. Este es el fascismo que viene, la pulcritud silenciosa de su globalismo en jet. ¿Alguien se imagina a esta mujer gritando, no ya por los niños de Gaza, sino por la muerte de su propia madre?

Tiene razón Marine Le Pen cuando insiste en que no es de extrema derecha. Con este tipo de inteligencia artificial encarnada que nos lidera, sobra el fascismo. Lo mismo vale para Yolanda Díaz, Jacinda Ardern o Boris Johnson. ¿Qué queda en ellos de corazón, de espontaneidad, de pasiones primarias? Nada. Les une la niebla, la tibieza flexible de su centrismo mundial. Se dijo cien veces, pero nadie estaba escuchando, que el calentamiento global es la cara virtual de un analógico enfriamiento local. Es fácil que Marx se haya quedado corto al retratar la crueldad sibilina, la ausencia absoluta de alma en esta burguesía socialdemócrata o derechista que nos dirige. Netanyahu arrasa Gaza y Cisjordania no con el racismo primario que explicitan algunos de sus subalternos, sino ante todo con el odio sistémico y tranquilo de una Hillary Clinton, una Kamala Harris, un Scholz. Racismo democrático que admite la bandera LGTBIQ+ ondeando sobre los tanques que aplastan palestinos. Es el sistema el que el radical en su voluntad integral de desarraigo y obediencia interactiva, y esto nos ahorra vociferantes extremistas. Estando al mando el estado de gracia democrática en la planificación del espanto, los radicales sobran. Son sólo un eventual adorno, útil para jugar con su amenaza y enseguida desmarcarse de ellos. Nuestro fascismo es fluido, como las pantallas de plasma. Hay inevitables daños sangrientos al defender la democracia, pero al menos no rajamos mujeres indefensas al estilo de Hamás o Hezbolá. Siempre hay algo potencialmente mucho peor, y eso es lo que hace sostenible el sistema.

En el reino de la trasparencia democrática  el odio ha de ser modulado y progresista. Si puede, esbelto. Se dice que Sánchez no descuida el espejo ni el cuidado diario de su cuerpo. Igual que su adorado Obama, tiene mucho cuidado en no recordar la corpulencia campesina del húngaro Viktor Orbán, no digamos de Trump o Putin. Nuestro airoso despotismo ni siquiera debe parecerse a Juncker, cuya relativa humanidad le llevaba a beber como un cosaco. ¿Qué significan en realidad estos signos de adelgazamiento anímico? La gobernanza occidental debe alejarse lo más posible de lo que se llamaba carácter y su rastro de vicios, de cualquier espontaneidad, con sus gases en el vientre y sus pulsiones visibles. Hasta las emociones han de ser de centro. Si buscamos en los diccionarios el significado de «psicópata» o «sociópata», diagnósticos aplicados hasta ayer a nuestros asesinos en serie, veremos que ambas categorías clínicas se ajustan a nuestros líderes de trajes y rictus impecables. «Déficit de afectos y de remordimiento». «Narcisismo y alta capacidad intelectual». «Uso malicioso de la seducción». «Manipulación de los otros en función de un fin escondido…». Todas las variantes de un trastorno bipolar son cada día más compatibles con una normalizada visibilidad, con los recomendables ademanes telegénicos donde sobra el mal aliento y la espuma de feria en la boca.

Los medios se pasan el día denunciando formas groseras de la violencia –el machismo, la extrema derecha, el islam homófobo, la caza y los toros…-, pero todo esto es un enredo para lavar las conciencias, el dispositivo de blanqueo de una violencia interactiva tan plana como las pantallas de moda. En el plano de nuestra arrogancia autista, sigue siendo útil la frase de la socialdemócrata Golda Meir: «Podemos perdonarle a los árabes que maten a nuestros hijos. No podemos perdonarles que nos hayan obligado a matar a los suyos». Y es esta violencia afelpada, común al amplio espectro del sistema, lo que hace que Massa se sienta tranquilo y confiado ante el triunfo de Milei, incluso tras sus loas al Estado que sigue asfixiando niños prematuros en los destartalados hospitales que quedan en Palestina.

Ignacio castro Rey. Madrid, 21 de noviembre de 2023


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