Entre bestias y dioses. Ignacio Castro Rey

Entre bestias y dioses

Brownstone España
Entre bestias y dioses
Por Ignacio Castro Rey
abr 01, 2025

Diga lo que diga nuestra religión democrática, mujeres y hombres siempre estamos en el ruedo, en el círculo donde todos los extremos se enlazan jugando con nuestra integridad física, de los pies a la cabeza.

Tardes de soledad (Albert Serra, 2024) es toda una historia, entreverada con ráfagas de tensión. No estamos ante otro documental más sobre el universo del toreo, que ya tiene su dignidad y su leyenda épica, de sobra conquistadas. Nos las vemos primeramente con una lenta y tensa digresión sobre la misteriosa condición común a bestias y humanos. Hasta se podría decir, y no porque Serra intente ninguna «venganza» al estilo animalista, que estamos ante un trabajo fílmico sobre la banalidad de los hombres y la inmortalidad de las bestias. Las primeras tomas nocturnas de dos toros, mugiendo y piafando inquietos mientras amagan embestidas y miran fijamente a la cámara, son un primer índice de todo lo que no sabemos de esa otra antigua leyenda, el misterio de los brutos.

Naturalmente, al fondo la muerte, un peligro oscuro como horizonte compartido de metamorfosis. La muerte viva en planos interminables, en los ojos del animal que expira. De las mejores imágenes, en una cámara que no pretende hurtarnos nada, son esos primeros planos del semblante animal en trance de desfallecer. Tardaremos en olvidar la inmensa piedad de unas tomas con los ojos en blanco y leves gemidos, con el esfuerzo dramático por sostenerse y una lengua que limpia por última vez la boca manchada. Después de aguantar en pie hasta el límite de sus fuerzas, las pobres bestias estiran su cuerpo para el último viaje. Igual que hacemos mujeres y hombres. Y sobre todo, la soledad casi animal del hombre, la humanidad de la fiera en un vértigo intransferible, que no se puede compartir con nada. Impresiona el dolor mortal de otro ser, que es también el nuestro en el trance último. Esta es parte de la historia, lo que tenemos en común con seres que no hablan.

Gestos vagos, hombres que callan o susurran a medias, animales que jadean. Si esta película es «monumental» es por ocuparse con veneración religiosa de lo nimio. No es casual que Tardes de soledad pueda hacerse repetitiva e interminable, igual que una corrida aburrida. Albert Serra discurre como si fuera libre, al margen de los miedos que a todos nos tienen más bien trabados. La primera impertinencia de esta cinta es que, igual que en Pacifiction, parece que Serra busca filmar la nada, la indecisión, la incertidumbre y el tedio que es la vida de los hombres. Y esto aunque sean heroicos y tengan muchos huevos. No tiene poco mérito. Además, con un trabajo en extremo experimental y artístico sobre un torero que tiene fama de ser tímido y a la vez temerario, excesivamente arrojado al astado. ¿Le falta a Andrés Roca Rey el arte y la finura que un torero sabio debe tener? No exactamente, porque este hombre emana garbo e inteligencia por todos los poros, incluso en sus largos momentos de reflexión y silencio solitario. Y cierta timidez humilde, hay que decirlo. «No sé qué es vivir sin miedo», insiste.

Cuanto más grande es el hombre, diría Unamuno, mayor es su duda. Mientras su cuadrilla lo ensalza con entusiasmo, él permanece impávido. Con frecuencia ignorando también a un público que apenas se presiente, excepto en el griterío de su dura exigencia. Otra sorpresa en este universo de testosterona y sangre, alejado de la industria vegana que parece haber conquistado la hegemonía del progresismo, es que Serra nos muestre un universo afeminado hasta el delirio. No sólo asombra la estudiada silueta de Andrés ante el espejo, su mesarse continuo los cabellos, sino también, entre elogios abruptos, el silencio intermitente de su cuadrilla en la furgoneta de ida y vuelta. Bendito callar el de estos hombres que han rozado la muerte. En vez de estallar en una euforia chillona, al estilo de las y los futbolistas, estos trabajadores del ruedo descansan tras la cercanía del pavor. Callan y piensan, incrédulos de que otra vez vuelvan a estar intactos. Tal vez el roce con la muerte tiene tal dignidad, una música callada que pone en suspenso todas las certezas. Estos hombres rudos y apuestos se hacen amables, igual que se puede amar la indecisión del invierno. Que los dioses perdonen su enigmática angustia, también su indiscreta insolencia.

Conocedor de este universo, Evaristo Bellotti insiste en dónde se pone la cámara en este documental, en qué ángulo, con qué veracidad y cercanía. Nada parece ocultarse. Tampoco en cuanto a las voces y su decir a medias, en susurros escondidos. Mal que le pese al director de esta historia, es posible que haya una inconsciente voluntad de verdad en la aproximación al lance justo de la capa y la espada, al gesto animal del humano que entra a matar; al estertor de una fiera semejante, por fin con faz y con ojos, aunque inescrutables. Es impresionante también el mugido del toro cuando embiste, ya herido, entre la rabia y la desesperanza. También lo es el ronco gemido de su desfallecer. Como diría la Biblia, que se abstengan los tibios. Aunque a algunos nos alegra algo hecho por fin no a medias, precisamente a semejanza de la vida animal.

Quizá la suerte de Chacón con las banderillas no tiene su réplica en el arte un poco más impulsivo de Andrés Roca, que a veces hace girar la plaza entera en torno a su figura quieta. Es posible. Pero también, aparte de los «cojones» que una y otra vez menta su cuadrilla, el torero tiene su donaire, una especie de hidalguía al borde mismo de lo imposible. Se diría que Roca Rey no deja de representar lo que se ha llamado una aristocracia de la intemperie. Aunque se pueda presentir, nos encantaría saber con justeza por qué y en qué términos este hombre, que reconoce en público apenas haber oído hablar de Bergamín, no gusta mucho de la película que lo tiene en el centro. La verdad es que, en caso de duda y litigio, que en este caso no lo hay, siempre habría que estar con el torero que apenas lee. No con el intelectual que presume de seguir a Bresson o Pasolini. Aunque hay que insistir en que Serra, en este trabajo donde se mete en las entrañas de la soledad y el miedo, no es exactamente un intelectual. Menos todavía un señorito cualquiera.

¿Carne de cañón, se podría decir del torero que el director ha escogido para esta historia? Quizá para buscar el arte intrínseco de los toros, sin ensayos previos y al borde mismo del desastre. «Sé lo que quiere el público, mi muerte», llegó a musitar Manolete. El arte del torero, y en este punto Roca parece un artista de los grandes, es colar su faena en los entresijos de un público que como tal, con su famosa «exigencia» y todo, es a día de hoy bastante despiadado. Ante eso, la soledad de los elegidos es inenarrable. Preguntado qué se siente al torear, un novillero responde: No importa nada, sólo el toro y yo… y a veces ni siquiera yo. ¿Es la soledad del torero también una forma de desaparecer, de resucitar? Recordemos que la cara de Andrés Roca Rey en el momento de matar no es exactamente humana. Tal vez tampoco es casual que la música de fondo, que a veces sube de tono, recuerde a un clásico de amor y metamorfosis.

Tardes de soledad es lenta. Se hace incluso necesariamente larga, por cierto, como tantas corridas de toros. Quizá un encuentro bien vale una misa. Nunca lo sabremos, pero tal vez Serra eligió a Roca Rey porque precisamente él no es, en el microcosmos del toreo, el colmo de la finura artística y prudente, sino un hombre antiguo y de una pieza que no retrocede ante el miedo. Loados sean los humildes, aunque se vistan de bordados, luces y seda.

Darwin, ¿dónde te perdiste? Serra realiza un largo travelling sobre unas misteriosas bestias atrasadas que están dentro de nosotros porque tienen también la muerte. Y su horizonte desconocido de catarsis y transformación, hay que decirlo. Como escribió una mujer del pasado siglo, la muerte es de tal inmensidad que no es posible que «después» haya nada: ella misma es ya la eternidad. Sabiéndolo Roca o sin saberlo, a veces parece que esa inmortalidad animal, coexistente con la más breve duración, es lo que captan esos temibles planos de un semblante taurino que, en cuanto a reflejos del alma común, poco tiene que aprender de los hombres. ¿Por esos unos y otros comparten el mismo ruedo?

Diga lo que diga nuestra religión democrática, mujeres y hombres siempre estamos en el ruedo, en el círculo donde todos los extremos se enlazan jugando con nuestra integridad física, de los pies a la cabeza. Los rusos, que no torean, han sido maestros en esta rueda que todo lo junta. Asomémonos solamente a El beso de Chéjov. Allí el teniente Riabóvich, representante sin saberlo de la humanidad entera, no deja de estar en ningún momento en el ruedo: vale decir, entre la vida y la muerte, la emoción y la humillación, la máxima esperanza y el colmo de la desolación. De ahí que el final de este cuento siempre nos sorprenda. Es de celebrar que haya alguien que, en medio de nuestra hipocresía política, se atreva a volver hoy a una vieja sabiduría intocable.

La película de Serra es tan arriesgada que nunca dejará de ser polémica. «Sucesión inconexa de primeros planos de sangre, violencia, sudor, dolor y crudeza», dice Antonio Lorca en una inteligente y sentida crítica (El País, 10/3/25) de algo que reconoce no dejará indiferente a nadie. Algunos no estamos en absoluto de acuerdo con tal percepción, tanto en cuanto a los valores estrictamente cinematográficos como en lo que esta obra aporta al mundo específico del toreo. Tampoco en esta frase: «Y no hay más. No hay historia, sino ráfagas de tensión». Muy lejos de esto, sin ser una hagiografía lineal ni un homenaje al heroísmo de la «fiesta nacional», la película de Serra tiene un mérito crucial: darle una forma extremadamente poética a la violencia intrínseca al toreo. En suma, al peligro ancestral de donde se extrae un arte que, hoy por hoy, tiene una difícil comparación con las formas domadas que por norma exponen los museos. La lección conjunta de Andrés Roca y Albert Serra, cada uno con su suerte, es que el arte nace de la sombra de Minotauro, no de los reflejos de Narciso.


LA OVEJA MÁS NEGRA. Taller de cine y Filosofía online. Ignacio Castro Rey

LA OVEJA MÁS NEGRA. Taller de cine y Filosofía (online).

LA OVEJA MÁS NEGRA. Taller de cine y Filosofía online. Ignacio Castro Rey

LA OVEJA MÁS NEGRA. Taller de cine y Filosofía (online).

Imparte:
Ignacio Castro Rey

Sesiones:
Domingos consecutivos de 27 de abril al 22 de junio del 2025. De 17.00 a 19.00 Horas (desde las 10.00 horas en México).

Informes e inscripción en:
limo_producciones@hotmail.com


CVPVLA CLUB - IGNACIO CASTRO REY

La tarde del martes 25 de febrero se realizó un encuentro entre Ignacio Castro Rey y Oscar Villarroya, de la empresa audiovisual CVPVLA, sobre el sentido paradójico del arte en nuestras vidas guiadas. El acto transcurrió en una sala en penumbra, dentro de un ambiente de encantadora proximidad y con una activa participación del público que provocó una conversación expandida.    


Sombras sonoras (

Sombras sonoras ("¿Por qué hay música y no más bien la nada?"). Entrevista con Cristina Palmese y José Luis Carles. Radio Clásica: "La casa del sonido"*.

1-       ¿Qué papel juega la música, el sonido, en el mundo de las ideas y el pensamiento?

                No tengo ninguna formación musical, ninguna educación específica. Aunque, a la vez, puedo quizá decir que la música me salvó la vida. Permitió que me distanciara de entornos urbanos donde somos con frecuencia bichos demasiados raros. En mi caso pensar, reconstruirme con el pensamiento, tuvo un origen en buena medida sonoro, sensitivo y visual. Cuando era adolescente, en medio de una familia muy numerosa, me aislaba a veces en una esquina escondida de la casa natal. La vivencia de ese silencio incomunicable fue clave después para cualquier experiencia musical. Uno tenía entonces la necesidad de esconderse, de descansar del estrépito del día y recuperar otros rumores, entrando en las grietas del conductismo con una carga «bárbara» de sonidos e imágenes, de intuiciones y certezas. Entiendo la música como una forma trágica de resistir a nuestra comedia social, con su puritana separación entre lo sagrado y  lo profano. Con la música se trata de detener el tiempo, encontrando espacios de encuentro en medio de la superstición cronológica que es la aliada metafísica del capitalismo.

2-       ¿Cuáles son tus gustos y preferencias musicales? Parece que las músicas que nos traes se sitúan en espacios fronterizos entre estéticas de mundos marginales y momentos de vértigo. Y esto en un mundo, el de la música, tan marcado por el consumo, las modas y el éxito.

            Tanto o más que en cualquier otra época, vivimos en un orbe dictado por sonidos e imágenes opresoras. Casualmente, acabo de ser maltratado por unos gloriosos segundos de «nuestra representante» en Eurovisión: siento decir que todo eso es fascismo democrático, tanto desde el punto de vista sonoro como visual. Llevo más de 40 años amenazado por los 40 Principales, así que siempre he entendido la música como la posibilidad de una fuga urgente, de buscar estados de excepción a este aburrimiento degradante. Este es el objetivo político de nuestra música triunfal, degradar a la humanidad de carne y hueso, hacerla «desfilar». Y no hablo sólo de sonido, sino de la totalidad de la percepción y el pensamiento. De manera que, para frenar el Juicio Social, lo de menos son los estilos. De Rancapino a Wyatt, de Nick Cave a Martyn Bates, músicas muy distintas pueden servir para imponer un archipiélago en el que respirar. Estoy hablando casi de medicina, lo siento. Así lo he vivido.

3-       En uno de tus escritos señalas lo siguiente:  la importancia de los márgenes, del exilio (dice Bates) para poder ser alguien creativo en un mundo consumista que ya lo tiene todo a mano y lo ofrece al minuto. Por el contrario, el exiliado, el extranjero, el raro (¿el radical?) tienen todo por ganar, parten de cero como si ninguna herencia espiritual o material les fuera suficiente.

            Supongo que siempre ha sido así: los creadores y profetas vienen de una turbia maleza. Lo  nuevo surge del limo, de accidentes inconfesables. ¿María Callas y Nico existirían sin el maltrato de sus respectivos ámbitos familiares? ¿Lennon existiría si no fuera de origen católico y humilde? ¿Y Camarón, sin ser pobre y gitano? Los grandes cursos de formación se realizan, bajo cuerda, en las deformaciones a las que nos somete la vida. En el mundo contemporáneo esto se ha redoblado con la crueldad del supremacismo democrático y su vigilancia social, aliada desde hace décadas con una información que está al servicio de la homogeneidad y empeñada en la extinción de los especímenes y las plantas raras. La música extraña y los sonidos espectrales, que no existían, son un escudo que nos defiende de la marcha triunfal del mundo, de una versión tediosa de la vida, cruel y humillante.

4-       ¿Qué comunicación existe entre los grandes de la música y el oyente común, ya sea en el universo clásico, en el jazz, el pop o el flamenco? No nos referimos a cómo llegan estas músicas a los especialistas, sino a qué es lo que comparten con el oyente común. ¿A qué mundos nos traslada la música: es una lucha contra la tristeza, la soledad o el destino fatal de las cosas?

            Los pueblos lo saben todo, también lo han cantado todo. De Beethoven a Coltrane, creo que los grandes siempre están muy cercanos a la lírica popular, algunas veces limitándose a elevar sus tonos y motivos a la enésima potencia. Y viceversa: por ejemplo, el mayor ídolo de Nina Simone es Bach… El viaje de la música es hacia otra proximidad. La música nos traslada muy cerca, a una versión secreta de las cosas que la gente ya ha oído y en el fondo desea. Aunque lo que se llama «opinión pública», manejada por una nueva casta sacerdotal, le tenga miedo a ese regreso. No creo que John Cage estuviera bromeando al decir en una entrevista tardía que la música proviene de escuchar los rumores del mundo antes de que cuajen en lenguaje articulado, en código que circula. La música es muy cercana al silencio y al grito, intenta convertir una experiencia singular, con frecuencia solitaria y difícil, en una canción que pueda ser compartida. Tal vez es significativo que los trabajadores ya no canten: ¿cuando se acabó la dureza del trabajo, pegado a la necesidad, a los materiales y a la tierra, se acabó también la poética del sonido? Quizá el mayor enemigo de la música es la cobertura, la banda musical que acompaña nuestra ficción social y económica, cubriendo la aspiración flotante de clase media y su obediencia bovina. Perdonad las metáforas.

5- ¿Qué quieren contarnos estos músicos, pero también qué busca el oyente que escucha Eyeless in Gaza?

            No sé si podremos saberlo. Tal vez sólo se trata de vivir de otro modo, sin olvidar todos los secretos que, mal que le pese a nuestra vocación tecnológica de transparencia, siguen acosándonos. Hay en cierta clase de músicas, que siguen siendo muy minoritarias (como también lo son algunos clásicos de la talla de Maria João Pires), la voluntad moral de no olvidar los fantasmas y la voluntad política de continuar dándoles forma. No sé qué opinaría Taylor Swift de todo esto. Quizá, tras tanto éxito masivo, sea ya demasiado estúpida para entender siquiera la cuestión. Una joven comentaba recientemente que buena parte de la gente que triunfa (ponía el ejemplo de «La isla de las tentaciones») lo hace gracias a tener la inteligencia justa para evitar un tutor legal. ¿No resulta casi divertido?

6- ¿Cómo es la materia sonora, los instrumentos, las manipulaciones, los efectos sonoros que utilizan Eyeless in Gaza? ¿En qué se diferencian de los sonidos de otros grupos? ¿Son más ruidoso, tienen otro nivel, utilizan frecuencias más brillantes o más apagadas? ¿Más estridencias, en cuanto a las voces?

            Si nos referimos a Eyeless in Gaza, creo que provienen de una espiritualidad que entre nosotros, en el mundo occidental «avanzado», está en desuso. ¿Por qué? Porque cualquier espiritualidad es lenta y habla continuamente con lo otro: Walking on the wild side… Por el contrario, nuestra religión capitalista quiere correr y superar, escapando minuciosamente de todo lo que sean sombras, también sonoras. Bates y Becker provienen de una experiencia dramática de las cosas que la actual vida inglesa ha prohibido y condenado a la clandestinidad. Si se suele decir que la verdad es triste, tal vez la belleza también lo es. «Nos deja sin esperanzas», decía A. Carson. Pero es la fuerza trágica de esa tristeza, a la que Eyeless in Gaza nunca renuncia, la que les permite a estos dos hombres, con unos medios a veces muy pobres, componer algunos temas inolvidables. Naturalmente, no son los únicos y hay experiencias afines en otros mágicos «tenebrismos sonoros». Entre otras, la música de Robert Wyatt. Quizá se podría decir que si Talking Heads son herederos de Whitman, Eyeless in Gaza lo son de Poe. Y también de Trakl y Rilke, por cierto, pues ambos son muy europeos. En cualquier caso, viven de márgenes olvidados por el racista Occidente global. En conjunto, reprimir la verdad de lo trágico ha conducido a nuestro mundo sonoro y anímico hacia el miedo y la uniformidad. Incluso lo que hoy se llama «jazz», lo siento, es un ejercicio de virtuosismo técnico que confirma el tedio reinante y apenas logra sacarnos de la modorra. Sé que lo que digo puede parecer soberbio y elitista, pero en realidad querría ser todo lo contrario, algo bastante humilde: un homenaje a la indefinición que tenemos en común, esos umbrales callados de los que nunca sabremos mucho.

7- ¿Quiénes serían los herederos de este dúo tan peculiar?

            En cierto modo nadie, que yo sepa, pues ellos son una rara singularidad en el conformismo espiritual y musical de estas últimas décadas. Y además, son demasiado abruptos en su lirismo para tener seguidores… No obstante, el universo actual es un poco menos asfixiante de lo que parece, al menos sin conseguimos infiltrarnos en él y bajar a sus himnos escondidos. Si lo hacemos, haya o no influencias directas, veríamos que siempre que hay un inconsciente espectro sonoro, hay también un rastro de Eyeless in Gaza, un eco al menos implícito de ese valor sonoro para lo incierto. Posiblemente en los mejores momentos de Cave. Pero también puede ocurrir con los magníficos Animal Colletive, con Comet Gain y Extra Life; probablemente, quién sabe, también con Sky Ferreira… Hay rastros borrosos que nunca entenderemos. Los músicos actuales parecen hechizados en masa por los grandes códigos informativos, que les ahorran una indispensable minería sonora. Pero en el fondo casi todos están a la espera; sin muchas esperanzas, pero con la actitud de quien todavía cree que pudiera ocurrir algo. Es nuestro deber, moral y musical, extraer rumores de esta duda latente, de una grieta antropológica que atraviesa nuestra espantosa uniformidad.

* Esta entrevista se realizó la víspera de la grabación del programa sobre Eyeless in Gaza que «La casa del sonido» emitió, con Ignacio Castro Rey como invitado, la noche del domingo 16 de marzo. Actualmente figura en el podcast del programa.

ESCUCHAR ENTREVISTA


roberto-valencia-palacios-hangares-cuevas

Siete pensamientos sobre museos europeos

El 28 de enero el filósofo Ignacio Castro Rey mantuvo una conversación con el escritor Roberto Valencia en la librería Enclave de Madrid. El motivo era comentar el último libro de éste: el ensayo Palacios, hangares y cuevas, en el que el autor destila sus impresiones sobre doce museos europeos. El libro, a medio camino entre la crónica de viajes, el ensayo literario y el análisis estético, ha sido publicado por La Navaja Suiza, y ofrece una lectura sobre el modo en el que habitamos y miramos los museos hoy día. El siguiente texto, escrito por Ignacio Castro Rey, realza y amplía sus contenidos filosóficos.

1. Intensidad

Estamos con este libro en un viejo dilema. De cómo la relación con lo abierto, al menos con esas pequeñas grietas que abren nuestro habitual encierro, se cura parcialmente al entrar en recintos que recuerden al silencio concentrado de un templo. De lo mayor a lo menor, en vaivén, Roberto Valencia afronta en los doce ensayos que componen su libro el milagro de una intensidad que brota cerca de la penumbra. Hay que decir que su obra logra cierta frecuencia de este prodigio en un mundo agostado por la iluminación. Con el talante de un peregrino que sabe aproximadamente de dónde viene, pero no adónde se dirige ni qué es lo que busca.

2. Significados comunes

Para explicarnos con un viejo dicho, diríamos que en esta vida se puede ser cualquier cosa menos un experto. Sin necesidad de conocer tal certeza, este libro da la impresión de que su autor sabe algo de ese lema y se lo aplica, atreviéndose a una impertinencia de existir que le libra de la tentación fácil de refugiarse en un metalenguaje para especialistas, una hornacina que esteriliza el arte lejos de la supuesta vulgaridad exterior. Por encima de todo, una y otra vez Roberto Valencia busca el sentido, significados comunes que permitan que la obra de arte cumpla su primera función: operar en nosotros una metamorfosis que despierte la sensibilidad enquistada del ciudadano contemporáneo. No hay dinero que pague, leemos, “la fuerza con que un museo libera nuestras restricciones mentales”. Estamos, pues, ante un método de caída libre que busca compensar el tedio museístico de una colección simplemente acumulada. Igual que en un bosque, dice nuestro autor, el museo podemos recorrerlo con una guía segura que garantice nuestros pasos en el canon cultural o elegir perdernos, preparándonos para un encuentro. Posiblemente los creadores siempre eligen este último peligro.

Y así, con un estilo que evoca a veces una “franqueza americana”, sentimos este libro desenvuelto, ingeniosamente atrevido a la hora de mezclar sin miedo las resonancias de lo otro en nosotros, las que provoca un espacio destinado a intensificar la percepción. Palacios, hangares y cuevas es un ensayo sobre la cueva de sombras chinescas que somos, ese primer recinto de ecos que es nuestra compleja personalidad. Utilizando el “heraldo de la transgresión” que es la obra de arte, este libro consigue que la primera persona —presente a veces en los pronombres unose…— vuelva a ser lo que finalmente es, un pasaje para que lo impersonal acaezca. Se diría que los numerosos nombres propios que lo pueblan —de Oteiza a Bourgeois, de Kiefer a Benjamin— son una ocasión, una pista de despegue para el nombre común, aquel rosario de amplias designaciones en las que resuena un horizonte compartido. Exagerando un poco, diríamos incluso que los nombres propios son usados por Roberto Valencia como vasos comunicantes, jalones para un posible manual de especulación extraterrestre. Y no lo olvidemos, nadie ha conseguido nunca demostrar lo contrario: que es posible que el aura de algo muy lejano sea la esencia de la tierra. De ahí tantas especulaciones marcianas, antiguas y modernas, ante los cuadernos de Anna Frank, ante las momias egipcias o ante los cuadros de Ribera.

3. Descansar del estruendo

No siempre será verano, había recordado Hesíodo, construíos cabañas. Las inclemencias interiores y exteriores del tiempo, la “tormenta abstracta del afuera” (Deleuze) exige ventanas altas y moradas que resistan. Posiblemente los prejuicios de cualquier mente ya es la primera casa; desde ella a veces nos aventuramos, tanteamos las afueras. Las salas de los museos, los templos o las cuevas son recintos para protegerse de la influencia continua e indiscriminada del exterior, para que su precipitación —rumores, colores, formas de sombra— ocurran con cierto orden asumible.

Como recuerda una broma habitual, existe el tiempo para que todo no ocurra a la vez. Lo mismo con el espacio. Ahora bien, al margen de la hipocondría urbana es paradójicamente la intemperie, la fascinación y el pánico ante el exterior, lo que genera nidos del tiempo y espacios de recogimientoLas iglesias, los museos y conventos no existiría sin la necesidad de descansar, de concentrarse y destilar con cuidado un mundo de estruendo. Tanto en México como en España o en Rusia —es prodigiosa Santa María de Kazán en San Petersburgo— son adorables las iglesias para lograr esa primera oración que es el reposo. No sólo eso. Palacios, hangares y cuevas nos sugiere también que cada aparición, al detener el tiempo y desdibujar la ilusión de diversidad que es el resto, genera su propia gruta. Hay un benéfico “efecto túnel” en la percepción intensa (fenómeno que Virilio trata muy bien en su Estética de la desaparición). Se produce así la paradoja de que lo cerrado —una habitación propia, una timidez, una torpeza, un tartamudeo natal— es la ventana que nos abre, permitiendo atisbar lo inconmensurable y prepararnos para la hipnosis de las alteraciones perceptivas. Las afueras de Pasolini, que le importan a Roberto Valencia, no serían nada sin el límite sombrío —encierro y claraboya a la vez— que siempre nos acompaña.

4. Violencia perpetua

Se dice en una de sus páginas que los museos y las cuevas suelen afianzar una curiosa extrañeza con respecto a nosotros mismos. Tal vez todo depende de que guardemos una sana desconfianza hacia nuestras percepciones habituales y no descansemos siempre en la rutina de una observación que se repite. Debe darse, digamos, una rara bonhomía, una honestidad dubitativa para que la percepción abandone su tentación de duermevela y el recinto, casual o escogido, excite de algún modo esa “alucinación fundamental” (Lacan) que constituye a cada uno. De otro modo no ocurrirá nada memorable, nos limitaremos a engrosar las capas de “cultura” que garantizan una existencia blindada, con su inevitable dosis de autismo. En cada tramo de estas doce sendas que abre en su libro, Roberto Valencia se adentra en una especie de violencia perceptiva que eventualmente nos sacude, liberándonos del polvo informativo que otorga cobertura. Por egoísmo bien entendido, un poco altruista, no se trata tanto en Palacios, hangares y cuevas de acumular más datos del pasado, sobre la masa que ya nos hace sordos, sino de generar dudas en el presente. De otro modo, aunque uno acuda con frecuencia al gimnasio, la obesidad sensitiva está servida. Con ella, también cierta modorra intelectual que no debe ser muy buena para salud, al menos si a esta la entendemos al margen de los consejos televisivos.

Todo lo que no sea “iluminación, desvelo, catarsis”, insiste Valencia, es perder una oportunidad de transformación, aunque uno acumule muchas medallas turísticas del tipo “Yo he estado allí”. Aparte de los selfies del narcisismo obligado, una y otra vez subvencionado por una sociedad que se cree por fin global, la auténtica ganancia del museo consistirá en la función cuasi médica que hayamos logrado con la visita, logrando una pequeña metamorfosis a través de la “rumorología de la duda”. Al fin y al cabo, igual hoy que hace siglos, en el sentido mas amplio, el arte es una tecnología primaria, el primer reparador de la “gran tragedia universal”. No sólo en la crueldad de tiempos pasados, también en la ristra secreta de diarias humillaciones actuales, el empequeñecimiento ante el “misterio y el pavor de lo eterno” puede tener el provecho de curarnos de la neurosis expandida que es normal en la civilidad contemporánea.

5. Dos totalidades

Hay, leemos en este libro, una colisión de dos totalidades en la visita al museo. De un lado la vertiente “romántica”, que vive de zonas de sombra que vuelven, umbrales que no operan sin que a la vez nos impregnen. Del otro, la vertiente cultural y democrática, ligada a las nuevas tecnologías, a la información y a las pantallas planas. En aras de una transformación de la sensibilidad, siempre moralmente necesaria, Roberto Valencia apuesta por la primera. Se pronuncia a favor de un impacto casi cultual, una inmersión ritual que nos ahorre el tedio de los folletos informativos. Que además, están a mano y todo el mundo puede conocer.

6. Nostalgia de la pérdida

Con el arma de este libro podríamos preguntarnos qué es lo genuino. Aquello que nos parte. Lo que divide el día, parece sugerir Valencia, aunque sea con dulzura. El autor señala que a, veces, ocurre una atmósfera sigilosa que duele, y eso nos arroja a los segundos, a un milagroso transcurso temporal que no estaba contabilizado. De este modo uno entra en “el alba de nosotros mismos”, diría Cézanne, una especie de registro virginal que todavía subsiste en la percepción. Es difícil no asociar este acontecimiento con la vuelta alucinógena de lo atemporal, un tiempo sin cuenta que surge a través del habitual tiempo histórico. A pesar de las prevenciones propias del ilustrado anómalo que es, ocurre como si Roberto Valencia nos propusiera mantener una duda atemporal, aunque con la otra mano mantenga ciertas prevenciones cívicas. No es casual quizá que Palacios, hangares y cuevas cite tanto a Nietzsche. Tal vez uno de los bajos obstinato de sus páginas es el combate moral contra la “superstición de la cronología”, tal como nos pedía Simone Weil.

7. Nostalgia de la pérdida

Lejos de esa furia progresista que se propone erradicar toda nostalgia, a Valencia no le cuesta reconocer, en medio del hechizo de tantos altares olvidados, cierta melancolía por la hermandad perdida. Otra antropología universal vuelve a pesar del tiempo fósil y veloz, casi sin historia, que tiende a sepultarnos. Nuestro orden social parece devuelto entonces a los intersticios de una cultura primitiva, de ahí el espectáculo clandestino de nuestro desconcierto. A su vez, esto remite al mito de unas primeras tecnologías donde, conviviendo con los elementos, sólo nos queda el reto de superar el vértigo al empuñarlo. Escribiendo sobre Baudelaire, Bataille habla de un modo de salvación que consiste en “asir el desasimiento”. Vencer la muerte atravesándola: ¿tendremos que volver, gracias a la bendita fatalidad de ciertos heraldos de transgresión, a este suelo elemental? En cualquier caso, los momentos culminantes de este libro parecen respirar muy lejos del turismo cultural, pues en ellos la mera tragedia de vivir que la obra de arte recuerda propone silenciosamente envolver la humillación contemporánea de vivir así, en medio de protocolos de seguridad.

Publicado en Zenda libros. 
24 de febrero 2025


Resumen de privacidad

ignaciocastrorey.com usa únicamente utiliza cookies propias con finalidad técnica, no recaba ni cede datos de carácter personal de los usuarios sin su conocimiento. Sin embargo, contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas a la de ignaciocastrorey.com  que usted podrá decidir si acepta o no cuando acceda a ellos. Tiene más información en nuestra Política de cookies