NOTAS SOBRE UNA TRANSFILIA INDUCIDA

Ayer hablé con un amigo que está en tránsito. Sentí en Antonio, ahora Pilar, lo mismo de siempre, un parecido humor amargo, similar sufrimiento y hasta un timbre de voz familiar, aunque afinado «en femenino» por la ingestión de hormonas. Si todo va bien, y es de desear que así sea, Pilar acabará alcanzando una nueva y cálida comunidad humana. Será pronto el ser humano de siempre, con semejantes dudas, parecida angustia y similar humor, entre jovial y negro. Algún día morirá, como todos nosotros. Es un deber moral amar su eternidad mortal, su modo de ser, su manera manantial.

1. Al margen de la piedad obligada hacia todos los seres que sufren, es difícil no vincular la mercadotecnia del cuerpo «trans», de cuya fobia podemos hoy acusar a cualquiera que argumente valores morales de reserva, con nuestra vocación contemporánea de liquidar todo lo que sea referencia natural, herencia natal. Se dijo ya hace tiempo que la nuestra es una cultura del tránsito y el desarraigo, del aplazamiento perpetuo y la deconstrucción de cualquier intensidad real. Este es el motivo de fondo de la posverdad y la deconstrucción: el complot gregario contra lo «asocial», lo impolítico que late en la vida de los cuerpos.

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SEXO Y SILENCIO. Presentación de Manuel Fernández Blanco

Agradezco a mi amigo Ignacio Castro el honor de proponerme presentar su último libro. No soy filosofo, soy psicoanalista. Por esto, me siento un poco abrumado porque es difícil, para mí, estar a la altura de la empresa. Sexo y silencio es una obra monumental que desborda erudición. En sus casi doscientas cincuenta páginas no hay una sola en la que no encontremos un destello que produzca el despertar. Por eso, a pesar de la extensión y profundidad, su lectura es ligera.

En su dedicatoria personal del libro, Ignacio me dice que «bajo la proliferación de las páginas» confía que encuentre la «sencilla seriedad» que esconden. Es una posible guía para mi presentación: referirme a algunos de esos destellos para vislumbrar la tesis a la que apuntan. Todo esto, espero, como invitación a una conversación.

Entre el Prólogo y el Epílogo encontramos once capítulos. Ya desde el inicio se sitúa una característica central de la época: «La obsesión actual por el diseño de identidades» y la pretensión de un sexo saludable. Esto lo encuadraríamos dentro de una alianza entre una pretendida pedagogía sexual liberadora y el discurso médico-científico.

Desde el comienzo, se apunta a una cuestión fundamental: «Fluido, hetero, homo o trans, nuestro sexo multinormativo es el escudo ideal ante cualquier vínculo físico». Es decir, el sexo supuestamente liberado es una defensa ante lo real del goce más singular. Disculpará Ignacio, abuso de su amistad, una traducción lacaniana de sus palabras en las que no tiene por qué estar de acuerdo, para así poder establecer una conversación, con el texto y con todos ustedes. El sexo, supuestamente un constructo cultural, tendría que ser deconstruido para, paradojas de la vida, construirlo a voluntad. Un sexo performativo, de identidades paródicas. Frente a esta supuesta emancipación a la carta, Sexo y silencio propone una «inmediatez recobrada». En lo que yo interpreté como una apertura a la contingencia del encuentro.

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Taller: El vértigo de tener un cuerpo

El problema comienza con el verbo tener. No tenemos un cuerpo como tenemos un utensilio cualquiera. Tal vez Platón no se equivocaba cuando insistía en que el cuerpo nos tiene. Nadie nace en un cuerpo equivocado. Cualquier significado que seamos capaces de alcanzar se debe a un archipiélago de influencias que surge a través de un receptáculo corporal que no controlamos ni elegimos. Desconocemos lo que quieren decir las palabras alma y cuerpo, dónde acaba una y dónde comienza el otro. Solo hay fuerzas, eso es todo. Toda dolencia en el cuerpo es señal de que algo en el alma no va bien. Incluso las extravagancias carnales más inconfesables son engendradas por la aspiración espiritual a una independencia soberana. A la inversa, no hay ninguna necesidad corporal que no sea a la vez un deseo de mundo, de un cambio.

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CUESTIONARIO MORATO

Preguntas del colectivo Herederas de Morato.

1.-¿El Fin del Mundo antes que el fin del Capitalismo?

Es una idea bonita, que tiene sus razones. Me gustaría, en cierto modo, que fuera al revés. Pero la verdad es que el fin del mundo, en forma de tristeza o de apocalipsis momentáneo, nos libra a la vez del capitalismo. Al contacto con la muerte, todas las tontas evidencias de un universo de oposiciones -y el capitalismo no es más que la furia, organizada fríamente, de esa metafísica maniquea- desaparecen. De pronto, somos libres en una cercanía que es indetectable, ilocalizable para la vigilancia de la economía. Como decía un clásico del pasado siglo, «La historia vencida nos entrega las estrellas».

2.-¿Adaptarse a qué?

Otra buena pregunta. En el fondo, solo hay que adaptarse a lo no sabido de sí, a una existencia que nos espera tras este interminable y pueril narcisismo de las identidades. Por el contrario, adaptarse al conductismo idiota que nos comanda es cumplir la eutanasia a plazos que ordena una sociedad suicida. Suicida por no creer en la potencia de lo negativo. No sé si me explico: solo un apocalipsis de todas nuestras Soluciones puede salvarnos todavía.

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ARIEL. Sylvia Plath

(Quinta sesión del taller «Decálogo para salir del invierno»)

Me temo que estamos ante la crueldad de otro de esos libros «sádicos» que decía alguien. Ariel. La etimología arroja demasiados rastros, de los griegos a Shakespeare, de lo demónico a lo poético-lunar, para que nos detengamos en alguno de ellos. Creo que es la primera vez que encaramos en este taller un libro de poesía. Pero no importa. Se ha dicho que la poesía es la verdad de la prosa del mundo, su quintaesencia por fin desvelada, salvada. En tal caso, estaríamos ante un libro de alquimia, un concentrado de la sabiduría del mundo, de esas verdades que solo se dicen a media voz pero que todo el mundo entiende, pues ha pasado por ellas. En nuestras horas furtivas: antes en lo que en nuestro corazón queda de vulgo, de pueblo, que en lo que tenemos de doctos especialista.

Destituyendo momentáneamente la fortaleza del sujeto para que acontezca la vida, la poesía es la verdad, la ciencia paradójica del ser único. Trabaja el instante donde ocurren las cosas: de ahí su estatuto cultural tan equívoco. Por una parte, venerada por el corazón de la gente y la imaginería popular. Por otra, condenada por las élites a las afueras de la ciudad, encerrándola en la jaula dorada de esas veladas íntimas que han de suceder un poco antes de la noche. Tal vez para que el dormir reparador la convierta en un sueño que no contamine la industria del día. Ahora bien, ¿cómo, quien vive el instante de esta manera, va a sobrevivir en una sociedad cuya religión es precisamente la cronología que no deja hablar al instante?

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