SEXO Y SILENCIO. Presentación de Manuel Fernández Blanco

Agradezco a mi amigo Ignacio Castro el honor de proponerme presentar su último libro. No soy filosofo, soy psicoanalista. Por esto, me siento un poco abrumado porque es difícil, para mí, estar a la altura de la empresa. Sexo y silencio es una obra monumental que desborda erudición. En sus casi doscientas cincuenta páginas no hay una sola en la que no encontremos un destello que produzca el despertar. Por eso, a pesar de la extensión y profundidad, su lectura es ligera.

En su dedicatoria personal del libro, Ignacio me dice que «bajo la proliferación de las páginas» confía que encuentre la «sencilla seriedad» que esconden. Es una posible guía para mi presentación: referirme a algunos de esos destellos para vislumbrar la tesis a la que apuntan. Todo esto, espero, como invitación a una conversación.

Entre el Prólogo y el Epílogo encontramos once capítulos. Ya desde el inicio se sitúa una característica central de la época: «La obsesión actual por el diseño de identidades» y la pretensión de un sexo saludable. Esto lo encuadraríamos dentro de una alianza entre una pretendida pedagogía sexual liberadora y el discurso médico-científico.

Desde el comienzo, se apunta a una cuestión fundamental: «Fluido, hetero, homo o trans, nuestro sexo multinormativo es el escudo ideal ante cualquier vínculo físico». Es decir, el sexo supuestamente liberado es una defensa ante lo real del goce más singular. Disculpará Ignacio, abuso de su amistad, una traducción lacaniana de sus palabras en las que no tiene por qué estar de acuerdo, para así poder establecer una conversación, con el texto y con todos ustedes. El sexo, supuestamente un constructo cultural, tendría que ser deconstruido para, paradojas de la vida, construirlo a voluntad. Un sexo performativo, de identidades paródicas. Frente a esta supuesta emancipación a la carta, Sexo y silencio propone una «inmediatez recobrada». En lo que yo interpreté como una apertura a la contingencia del encuentro.

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Compromiso social y literatura

1. Sofía Lancho*: En todos los talleres y libros sobre literatura hay siempre un tema que se repite: la relación del texto con el autor y sus circunstancias. ¿Crees que se puede escribir un libro sin dejar que el mundo del autor se refleje en él?

Ignacio Castro Rey: No, no lo creo, pero “el mundo del autor” es una expresión extremadamente ambigua, de la misma manera que lo es la palabra “reflejo” o “biografía”. Se podría decir que existe la literatura, sencillamente, porque en una serie de cuestiones cruciales estamos solos, sin remedio y sin mundo. “Vivimos como soñamos, solos”, dijo una vez Conrad, y creo que sin tomar en serio algo de esta verdad, la literatura antigua y moderna se vuelven incomprensibles. O reducidas a una colección de tópicos eruditos, lo cual es todavía peor. Una cosa es que en Lispector, en Walser o en Sebald se reflejen estratos de un entorno. Algo muy distinto es que la literatura se limite a eso. Si hay un autor, hay un salto mortal por encima de la sociología de las “circunstancias”. Si hay literatura, es ella la que explica el “contexto”, y no lo contrario. La literatura existe debido a una ambigüedad radical en lo que llamamos mundo. Únicamente la inflación de la sociología en la modernidad, este desarrollo científico que difícilmente podemos separar de las tecnologías de doma del hombre, ha permitido desdibujar el escándalo de la ambivalencia real, este suelo sísmico del que brotan la novela y la poesía.

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EN ESPERA

Lo que sigue es una breve presentación del libro En espera escrita para un pequeño pueblo gallego donde no son habituales las discusiones en torno a libros de filosofía.

EN ESPERA

Se ha dicho que buena parte de las amenazas exteriores que vivimos a diario, sean o no reales, tienen una saludable función de blanqueo mental y anímico. Después de un telediario y su línea de desastres, la vida de cualquiera parece más normal, más justificada en su prudencia, en su discreto retiro.

Estamos acostumbrados a no dar un paso sin pedirle permiso a la sociedad o al estado. Nuestra normalidad actual incluye una interdependencia que no dejó de ganar puntos en estos últimos años de pandemia. Todo son etiquetas para sentirnos seguros. Vivimos rodeados de protocolos informativos que nos guían, poniendo en manos de los expertos las anomalías imprevistas. Sin embargo, en cada asunto importante nadie puede ocupar el lugar de nuestras decisiones personales, a veces muy solitarias. La vida común no tiene protocolos que la cubran. No hay una norma para ser padre o hijo; ni para llevar bien tal o cual carácter, que nunca fue elegido; ni para querer o ser querido; ni para ser feliz o infeliz.

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Hacia el encuentro

Texto de Ada Naval que presentó Sexo y silencio, el lunes 22 de noviembre en Madrid.

Quiero comenzar la presentación del libro de Ignacio Castro con una pequeña anécdota: el sábado por la noche, a eso de las once, una hora después de ese momento en el que se dice que ya no pasa nada bueno, un chico rodeado de más chicos recibe una llamada. Responde con cierto fervor propio de haber bebido, también porque la persona que está al otro lado del teléfono es su pareja. La llamada está motivada por algo muy cercano a eso que Ignacio apunta en las primeras páginas del libro cuando escribe que “todo lo que nos importa y obsesiona […] linda con una noche”. La persona que llama dice necesitar hablar porque ya no puede más. Necesita hablar, a toda costa, superponiendo ese individualismo característico de la sociedad actual, que se critica a lo largo del libro que pretendo presentar. Si he querido comenzar con esta anécdota tan común, tan poco puntual, tan continua que deja de ser anecdótica para ser una problemática constante de las relaciones actuales, es porque ejemplifica de qué manera el silencio se ha ido a pasear a una noche mucho más oscura de lo que pudimos imaginar. Lo único que permanece en esa llamada es, creo que lo están intuyendo, el sexo.

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TUVE UN LIBRO EN LAS MANOS

A pleno pulmón, como los tísicos

 

Son inevitables las repeticiones en este texto, pues hay cosas tan difíciles que han de volver cien veces para que las creamos. No importa si tal o cual idea no es exactamente fiel a la intención del autor de Todos los días. Importa que esta lectura corra en paralelo y dé lugar a un encuentro. Para que eso ocurra, hubo que escoger y acentuar en una larga maraña.

 

Destituyendo al sujeto para que acontezca lo real, la poesía es la verdad, la ciencia paradójica del ser único, trabajando el instante donde ocurren las cosas. De ahí su estatuto cultural tan equívoco. Por una parte, venerada por la imaginería popular. Por otra, condenada por las élites a las afueras de la ciudad, encerrándola en esa jaula dorada de unas veladas íntimas que han de suceder un poco antes de la noche. ¿Para que el dormir reparador la convierta en un sueño que no contamine la industria del día?

 

El poeta se hace preguntas secretas, el filósofo se hace preguntas secretas. Todo el mundo se las hace, con más o menos discreción, con mayor o menor disimulo. Por miserable que sea, no hay hombre que no sepa algo del dios de las preguntas sin respuesta.

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