ESTATALIZAR LOS CUERPOS (La trampa biopolítica del progresismo)
Asistimos al ataque inusitado a unas libertades individuales que siempre han partido de la "libertad natural" (Thoreau), de una escucha a la patología y las inclinaciones natales sin las cuales no somos nada. Ministerio de Igualdad. Autodeterminación de género. Para empezar, si el sexo natal ya no cuenta, y cualquiera que así lo sienta puede ser mujer, ¿en qué queda la reivindicación feminista? ¿No consistía en ser mujer -cuerpo con vulva, útero, pechos y menstruación, un cuerpo capaz de traer hijos al mundo- el origen de una justa protesta contra la moderna discriminación civil de lo femenino? Si ahora, en un giro demagógico del mismo sistema que ayer marginaba a las mujeres, todo consiste en cómo uno se siente, al margen de las condiciones natales, un enjambre de potenciales oportunistas pueden invadir una condición y un espacio que costó mucho darle dignidad política. ¿Tantas alforjas para este final de viaje? Miles de feministas se encolerizan ante esta nueva brigada político social que nos quiere gobernar, revolviendo el escenario social en función de algo tan caprichoso y variable como el sentimiento. Si el género sentido ocupa el lugar del sexo, algo que jamás uno elige -como tampoco elegimos nacer, ni la estatura, el color de los ojos o el tono de voz- toda la lucha de las mujeres se desdibuja en esta nueva versión sexual del "café con leche para todos"*.
Pelo verde, ojos amarillos, género sentido: es la extensión del terrorismo de la moda, del consumo y el capricho hasta el infinito, sirviéndole a los ciudadanos -especialmente jóvenes, explotados también hasta el infinito- un demagógico campo de decisión en terrenos secundarios. Con la salvedad de que, en cuanto al cuerpo y su sexo, las decisiones pueden ser irreversibles. No estamos vendiendo humo, sino ilusiones letales. Es como si el poder que nos maltrata mayoritariamente quisiera blanquear con la rareza minoritaria y el mimo del narcisismo la enorme sombra de sospecha con la que hoy carga ante los ciudadanos. Dios nos libre de estar en contra de ningún trans, de ningún ser que sufre o ninguna minoría discriminada. Lo que incomoda en este penúltimo espectáculo "progresista" es que no deja de ser sospechoso de levantar una enorme trampa política. La sensibilidad extrema hacia las minorías, por exiguas y raras que sean, es una cortina de humo para tapar el desprecio mayoritario y correcto, sin sangre a la vista, del que todos somos objeto por parte del sistema.
INDIA SONG. M. Duras (1972)
"La lluvia disminuye. En su lugar una luz blanca, manchas lunares en las avenidas del parque. No sopla viento. Los tres cuerpos de ojos cerrados duermen"
"La historia de amor inmovilizada en el punto culminante de la pasión. En torno suyo, otra historia, la del horror -el hambre y la lepra mezcladas con la humedad pestilente del monzón-, inmovilizada también en su paroxismo cotidiano". La mujer, Ana María Stretter, es como si hubiera nacido de ese horror. Está en medio del horror con una gracia en la que todo se abisma, con un silencio inagotable". Cerca de esa mujer, fascinante por la dulce belleza con la que parece bailar en ese vértigo, giran unos cuantos hombres, entre el éxtasis y la parálisis.
Una sonrisa que no acaba da miedo. Entre adelfas y palmeras de un parque tropical, Duras nos narra la lentitud de los que no van a ningún lado, de aquellos que no pueden escapar, como en algunas pesadillas. Podríamos situar esta obra dentro de un teatro experimental afectado por la inmovilidad, tal vez no muy lejano de algunas composiciones de Beckett. Lentitud, cambios de escenario y luces, vértigo, cuerpos dormidos o bailando, voces y sombras... Voces, una dulzura perniciosa. Su delirio es la vez tranquilo y ardiente. Casi nadie alza la voz, en una constante suavidad que aumenta el espanto. La angustia se desenvuelve en un escenario de altura. Hasta parece que los enrejados de los campos de tenis son parte de esa angustia. Así como el cargo diplomático de casi todos los personajes en el ambiente exótico y miserable de la India.
El amor, también el que ella genera, no puede con el horror. Más bien lo acoge en su seno, lo prolonga hasta una dulzura extraterrestre. La lluvia no se ve. Solo se la puede oír. Como si lloviera en todas partes menos en ese parque excluido de la lluvia. De ahí esos personajes en suspenso, las escenas detenidas, agotadas por una historia anterior de la que poco más sabemos que de su cansancio.
La luz es distinta, parece venir de fuera. Es azul, lunar. Incluso los objetos, la bicicleta roja de Anna María, parecen dar miedo. Pero la música lo inunda todo, como si el conjunto fuera una partitura para interpretar y descifrar. Tal vez para resaltar un misterio de fondo, hay algo de mecánico en esas veladas diplomáticas, en esa coreografía colectiva de bailes, conversaciones entrecortadas y música, gente que entra y sale, que mira en una dirección u otra. Como si todo tuviera un sentido roto o fuera visto en el absurdo, empujadas las escenas que se superponen, las luces que cambian y los personajes y voces que se superponen, por un oculto resorte.
Gritan regularmente los mercaderes, hay ladridos de perros, llamadas lejanas. Los rumores de la gente, del viento, de la proliferación vegetal, ayuda a una mezcla onírica de realidad y sueño. Todo ello bajo la lentitud de pesadilla de los ventiladores que no consiguen aliviar un calor infernal. Los que hablan no son nunca los que se ven. Duras busca una discordia de los sentidos, que el horror que cuenta no pueda ni apoyarse en la continuidad de los sentidos. Todas son escenas dislocadas, sin correspondencia, en las que el espectador debe abismarse o poner su hilo. Además, las voces femeninas y masculinas producen un efecto de extrañamiento, de tal modo que nunca podemos descansar en ninguna situación. Hasta los mendigos parecen a veces sentir miedo, tal vez de una miseria moral mayor que el hambre o la lepra.
En realidad, la lepra parece brotar de los corazones de esta gente rica, que nada en una opulencia similar a su vacío. Solo el amor, tensado hasta el paroxismo, parece querer saltar por encima de esa inmovilidad, de esa lentitud que no va a ninguna parte. Finalmente, el amor aumenta la inmovilidad y no puede con nada. Los personajes ni pueden morir. Anna María, sencillamente, desaparece en lo que parece una evasión trágica, pero implícita.
La amo con deseo absoluto. No hay respuesta. Silencio. Cada escena, cada personaje funciona solo, aislado en pensamientos apenas susurrados. Parece que solo la desolación une a esos grumos de vida. Los personajes son expulsados de un obra anterior, El vicecónsul, lo cual tal vez aumenta su aislamiento, a la manera de calcomanías recortadas, pegadas en una superficie extraña. Están como solos. Les separa el cansancio de la noche. A veces hasta los criados cruzan las salas como si no vieran a los invitados. Hay una especie de ceguera, nuestro sentido mayor, que intenta ser suplida por los sonidos, los rumores, algunas frases sueltas, casi caídas.
La luz violeta en la niebla del Delta. Unos lugares se transmutan en otros, en una fluidez cromática y musical del mismo vacío. Con cambios continuos de luces, de músicas, de franjas horarias y de escenas. La opulencia obscena de los decorados, esas rosas traídas todo los días del Nepal, rezuma una desazón que perece duplicar el horror popular de la lepra y el hambre. De hecho, parece haber una complicidad oculta entre Anna María y esa mendiga que les sigue, desde hace diez años, entonando la canción de Savannakhet. Y sin embargo, puede que ese confort autista es el que hace de la India un abismo de indiferencia, donde Los leprosos estallan, como sacos de polvo.
Bruscamente, estallido de la inmovilidad. Una de las cosas que parecen perder a Anna María es que todos -el Joven Agregado, el Vicecónsul...- la adoren, sin nadie que le diga: Ama. Sal de tu noche (P. Verlaine).
Ella se da a quien quiere tomarla... Cristiana sin Dios. Anna es como una encarnación adorable del vacío. Entre otras mil, hay una frase que le encantaría a Lispector: El latir de tu corazón me da miedo. Pero Lispector, incluso en La hora de la estrella, lleva toda desolación a la carne, a una vida llena de vida. Marguerite Duras no, pues lo deja todo en suspenso. En cierto modo, el magnetismo de India Song, su despiadado vértigo, culmina el nihilismo de la laicidad francesa y europea. Hay una tensión aterradora. Pero nada rompe el tranquilo encanto de la muerte.
No se duerme, se espera la llegada de las tempestades. Me pregunto si, con toda su altura ética y estética, no hay en esta obra una cobardía en el hecho de no dar el giro final, que sí dan Lispector y Weil, hacia un desamparo vuelto hacia lo abierto, trasmutado en cierta inocencia. Hacia una dulzura pueril, que asuma todo el vértigo de vivir dentro y sin embargo no sea terrible. Como esas luces teatrales que cambian, pero hacia una día que acoge y hace fluir la noche. Tal vez la propia Duras reconoce algo de esto cuando al final dice: ¿Cuál es el mal? La inteligencia. Esto es, la inteligencia que no es capaz de volver a una imprescindible necedad.
Ignacio Castro Rey. Picón, 19 de abril de 2022
Séptima sesión del taller Doce maestros sin discípulo: Jacques Lacan.
Miércoles 30 de noviembre: 18'15 horas (limo_producciones@hotmail.com)
Jacques Lacan
(1901-1981)
"Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en cuanto al deseo".
Tres cuestiones previas. Una atañe a la inteligibilidad, a una huida de la reiteración lacaní. En buena medida, el pensamiento de Lacan resulta más digerible si se acepta lo peor, la hipótesis más audaz y antigua. Quiero decir, si el lector abandona la jerga analítica que le rodea -con la que Lacan en parte se protegió- y se sitúa en un plano de desnudez real, en una intemperie donde la muerte -ese "horror fundamental" que es imposible para el pensamiento- se sitúa en el eje de la experiencia real, al margen de cualquier jerga o vulgata especializada. Muchos de nuestros clásicos modernos, Nietzsche y Lacan no son una excepción, creen haber descubierto algo único, sin precedentes en la historia ni antepasados a los que se deba la nueva forma de pensar. Es posible que Lacan -y Heidegger- se haya alejado progresivamente de esta ilusión, de la idea de poseer la exclusiva de una verdad que se debe a una experiencia oriental de lo mortal, no a ninguna disciplina occidental en particular. Fijémonos en esta frase de Encore: "Los cristianos, como los psicoanalistas, tienen horror de lo que les fue revelado. Y con mucha razón". Dos, si tenemos en cuenta el delirio común en el que beben los clásicos, Lacan es en principio mucho más comprensible que sus seguidores [1]. Tres, la cuestión de la praxis clínica. Es cierto que la obra de Lacan es incomprensible sin ella, pero ella, un modo u otro de cura, está en cualquier pensamiento que haya atravesado el vértigo de lo real. Una teoría así -igual que la de Buda- no nace de una "formación" de altura, sino de lo traumático, de las deformaciones que nos impone la vida. Por eso es imposible pensar, lo que se dice pensar, sin que uno se transforme en otra cosa, en otras relación con la existencia. Por supuesto, el ejemplo supremo de esto es la poesía y la literatura. Hablando de M. Duras, Lacan dirá que el analista no tiene más que tomar notas al pie de quien desbroza la maleza de ser, prescindiendo de la "bellaquería analítica" de una interpretación que pretende llevar a un metalenguaje la violencia de lo vivido. No hay metalenguaje... no hay un Otro del Otro [2]. En otras palabras, es posible que haya curado, que haya "salvado" tantas vidas Joyce como Freud.
POLUSTANOK (The train stop) (S. Loznitsa, 2000)
Una pueblerina estación de tren entre Moscú y San Petersburgo. El bieolorruso Sergei Loznitsa, en uno de sus primeros trabajos, parece hacer un homenaje al expresionismo de sus maestros rusos. De los que, por cierto, no reniega a raíz del actual conflicto ucraniano, lo cual le valió sanciones de la Academia de cine en la nación dirigida por el actor Zelenski.
La filmación es del año 2000, pero es tal la pobreza, es tal la sencillez de estas indumentarias campesinas que las escenas son casi atemporales y valdrían para cualquier otra década. Un lugar cualquiera, un momento cualquiera: precisamente allí donde no suele haber ninguna cámara informativa... Ni los políticos, de cualquier ideología, que quieren "cambiarnos la vida". Para explicar su cine, Sokurov se preguntó en su momento: ¿Qué ocurre cuando no pasa nada? Así Loznitsa. Va directo al corazón de una humanidad desnuda, pillada cuando las defensas están bajas por cansancio, agotamiento y sueño. Fijaos en ese niño derrumbado de un cartel que anuncia la película. Es como si nuestro director pintase una pietà donde la Madre que sostiene el cuerpo yacente del Hijo no son la Virgen y Jesucristo, sino cualquiera. Sería curioso conocer las referencias pictóricas de Loznitsa para este retablo de todas las posturas posibles de una lasitud de los cuerpos vencidos. También en El sueño de Jacob, del portentoso José de Ribera, el rostro sin ojos del protagonista se desdibuja -por el sueño- en un limbo de dulzura donde cualquier expresión es posible. Solo queda el enigma de ser, el vértigo tranquilo de tener un cuerpo.
As bestas (Rodrigo Sorogoyen, 2022)
¿De un lado las bestias? ¿Del otro, los cultos ecologistas? Pues no, gracias. No hace falta leer a Benjamin ni ver Fahrenheit 11/9 para aceptar que hay toda una amplísima línea de bestialidad civilizada. Hitler no nació en Tanganika. La bomba atómica no la arrojó Corea. Incluso sin contar el genocidio de Irak, repasemos otra vez la lista de países que EE.UU. arrasó en nombre de la democracia. O el trato despiadado de Obama con la inmigración latinoamericana. En fin, un largo etcétera. La barbarie late por doquier, sobre todo, oculta en los pliegues de las naciones que poseen una alta definición en cuanto a sus exigencias estatales. No hace falta que Sorogoyen se apoyase en un supuesto caso real de la Galicia profunda para encontrar materia prima con la que documentar la bestialidad humana. Es un error, que Sorogoyen no comete, ambientar la xenofobia en Galicia. Además, esta película no va de xenofobia. No se entiende cómo algún crítico se ha despistado tanto.
A pocos se les ha ocurrido que Los olvidados de Buñuel sea una película pensada contra México. O que Deliverance, de Boorman, sea una película pensada contra los estadounidenses. O Perros de paja contra Inglaterra. No perdamos el tiempo. La verdad es que la película de Sorogoyen, que es magnífica y a la vez muy discutible, se desmarca desde el comienzo de cualquier maniqueísmo fácil. Hasta los siniestros hermanos Anta tienen algo de humanidad, de sensibilidad y humor, unos rasgos que les hacen todavía más temibles. Sin ninguna clase de efectismo, sin sangre a borbotones ni gritos, el terror se mezcla en esta película con la dulzura de la vida agrícola. Aunque vista por unos ojos un tanto alienígenas, los de los franceses Olga y Antoine, los de su alucinada hija Marie, cuando vuelve tras la muerte de su padre.




