POLUSTANOK (The train stop) (S. Loznitsa, 2000)
Una pueblerina estación de tren entre Moscú y San Petersburgo. El bieolorruso Sergei Loznitsa, en uno de sus primeros trabajos, parece hacer un homenaje al expresionismo de sus maestros rusos. De los que, por cierto, no reniega a raíz del actual conflicto ucraniano, lo cual le valió sanciones de la Academia de cine en la nación dirigida por el actor Zelenski.
La filmación es del año 2000, pero es tal la pobreza, es tal la sencillez de estas indumentarias campesinas que las escenas son casi atemporales y valdrían para cualquier otra década. Un lugar cualquiera, un momento cualquiera: precisamente allí donde no suele haber ninguna cámara informativa... Ni los políticos, de cualquier ideología, que quieren "cambiarnos la vida". Para explicar su cine, Sokurov se preguntó en su momento: ¿Qué ocurre cuando no pasa nada? Así Loznitsa. Va directo al corazón de una humanidad desnuda, pillada cuando las defensas están bajas por cansancio, agotamiento y sueño. Fijaos en ese niño derrumbado de un cartel que anuncia la película. Es como si nuestro director pintase una pietà donde la Madre que sostiene el cuerpo yacente del Hijo no son la Virgen y Jesucristo, sino cualquiera. Sería curioso conocer las referencias pictóricas de Loznitsa para este retablo de todas las posturas posibles de una lasitud de los cuerpos vencidos. También en El sueño de Jacob, del portentoso José de Ribera, el rostro sin ojos del protagonista se desdibuja -por el sueño- en un limbo de dulzura donde cualquier expresión es posible. Solo queda el enigma de ser, el vértigo tranquilo de tener un cuerpo.
As bestas (Rodrigo Sorogoyen, 2022)
¿De un lado las bestias? ¿Del otro, los cultos ecologistas? Pues no, gracias. No hace falta leer a Benjamin ni ver Fahrenheit 11/9 para aceptar que hay toda una amplísima línea de bestialidad civilizada. Hitler no nació en Tanganika. La bomba atómica no la arrojó Corea. Incluso sin contar el genocidio de Irak, repasemos otra vez la lista de países que EE.UU. arrasó en nombre de la democracia. O el trato despiadado de Obama con la inmigración latinoamericana. En fin, un largo etcétera. La barbarie late por doquier, sobre todo, oculta en los pliegues de las naciones que poseen una alta definición en cuanto a sus exigencias estatales. No hace falta que Sorogoyen se apoyase en un supuesto caso real de la Galicia profunda para encontrar materia prima con la que documentar la bestialidad humana. Es un error, que Sorogoyen no comete, ambientar la xenofobia en Galicia. Además, esta película no va de xenofobia. No se entiende cómo algún crítico se ha despistado tanto.
A pocos se les ha ocurrido que Los olvidados de Buñuel sea una película pensada contra México. O que Deliverance, de Boorman, sea una película pensada contra los estadounidenses. O Perros de paja contra Inglaterra. No perdamos el tiempo. La verdad es que la película de Sorogoyen, que es magnífica y a la vez muy discutible, se desmarca desde el comienzo de cualquier maniqueísmo fácil. Hasta los siniestros hermanos Anta tienen algo de humanidad, de sensibilidad y humor, unos rasgos que les hacen todavía más temibles. Sin ninguna clase de efectismo, sin sangre a borbotones ni gritos, el terror se mezcla en esta película con la dulzura de la vida agrícola. Aunque vista por unos ojos un tanto alienígenas, los de los franceses Olga y Antoine, los de su alucinada hija Marie, cuando vuelve tras la muerte de su padre.
Formas de vida, tipos de muerte (Berlín,1892-Portbou,1940)
Después de una vida errante, la muerte sorprendió a Benjamin en Portbou, solo y angustiado, muy lejos de casa. ¿Qué le mató, aparte de la obvia amenaza del III Reich? Solo pudo escribir una breve nota de despedida, de noche, mientras sus compañeros de exilio esperaban unos kafkianos trámites burocráticos. Él no pudo esperar más. Hay en esta errancia tantos paralelismos con otros profetas del siglo -algunos en este taller- que apenas tiene sentido intentar enumerarlos.
Por muchas razones, ante todo quizá para disipar la inquietud que genera su pensamiento, hace tiempo que la vida y la obra de Benjamin se ha convertido en objeto de culto. También en un negocio editorial a veces dudoso. La hagiografía cultural llega al extremo, al menos en España, de una multiplicación de los mismos textos -con traducciones idénticas o similares- en muy distintas editoriales. Todo ello, como es habitual en este bendito país, para que el traductor o los editores acaben defendiendo aproximadamente lo contrario de lo que dice la letra y el espíritu de este raro pensador de origen judío, cuyo trágico final estaba casi anunciado.
Segunda sesión del taller "Decálogo para salir del invierno"
El beso (A. Chéjov, 1887)
Quiso imaginársela dormida. La ventana de la alcoba abierta de par en par; las verdes ramas que se asomaban a ella; el fresco de la mañana; el olor de los álamos, de las lilas y de las rosas; una cama y una silla, y sobre ésta el susurrante vestido de la noche anterior.
Una golondrina no hace verano, se ha dicho, pero aquí un solo beso accidental -y no precisamente en la boca, en contra de lo que sugiere la portada de esta edición- cambia durante meses una vida anodina, arrancándola de su tedio y su tristeza. No ser nadie aparece en este cuento de Chéjov la condición para desearlo y soñarlo todo, para imaginarlo todo. Como en otra versión de aquella vieja sentencia que algunos hemos repetido cien veces: "Tú quisieras un mundo, por eso lo tienes todo y a la vez no posees nada".





